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CRÍTICA / Competencia y buen orden


Madrid. Auditorio Nacional. 17-II-2018. Orquesta y Coro Nacionales de España. Violeta Urmana, mezzosoprano. Dirección: Mark Elder. Obras de Berlioz y Strauss.

Arturo Reverter

No había dirigido nunca este sir británico a la Orquesta Nacional. A sus 70 años luce todavía una apuesta figura, una hermosa cabeza y una planta directorial atractiva, con nerviosos y punzantes, aunque generalmente claros y precisos, movimientos de batuta (es de los que todavía no han abandonado este adminículo). Se lo ve muy atento, partitura sobre el atril, al viejo estilo, a todo lo que sucede en el hemiciclo y conecta con facilidad con cada una de las familias subrayando con presteza el discurso sinfónico y desmenuzando con vitalidad cada uno de sus acontecimientos.

Desde la introducción de Ein Heldenleben apreciamos que además tiene una idea de cómo controlar la planificación de voces, de cómo construir texturas inteligibles y de cómo transitar del piano al forte o fortísimo. En esos primeros compases se consiguió clarificar el tejido orquestal y se alcanzó el primer clímax, con el tema del héroe proclamado a los cuatro vientos, de manera paulatina y lógica. Las primeras apariciones de los "enemigos" del protagonista –el propio compositor, por supuesto- fueron bien remarcadas con la agria tímbrica y la aviesa acentuación. En el episodio siguiente pudimos admirar el bello sonido, el fraseo bien cincelado de uno de los dos concertinos de la Nacional, Gjiorgi Dimcevski, que estuvo cálido, efusivo y preciso en sus caracoleos y nos trajo una fiel imagen sonora de la “compañera”.

Después de una de sus intervenciones se produjo justamente una entrada en falso del tutti; cosa de relativa importancia cuando enseguida las maderas cantaron admirablemente y cuando poco a poco, en tensión bien medida, nos sumergimos en el fragor de "las hazañas del héroe", que se constituye en el auténtico desarrollo de una composición que, como se ha dicho muchas veces, está edificada con arreglo a la tradicional forma sonata. Todo estuvo aquí en su sitio con excelente contribución de la sección de maderas. 

El agitado pasaje se ejecutó con tino y el monumental despliegue se hizo con orden hasta la aparición del glorioso tema del poema Don Juan, escrito diez años antes (Una vida de héroe se estrenó en 1899). La Nacional, muy entregada, sonó como en sus mejores días sin que se perdiera casi nada de todo lo que se cuece en esa tan compleja refriega sinfónica. Las vertiginosas escalas descendentes, como latigazos, que preceden a la vuelta a la calma, fueron realizadas con exactitud y dieron paso a las nuevas intervenciones del violín solista, cuyo canto acabó por fundirse de manera natural, como está mandado, con la tranquila superficie preludiando el esplendoroso cierre con el impresionante acorde de mi bemol mayor protagonizado por todos los vientos. Digno y tranquilo final.

El concierto comenzó con la magnífica cantata La muerte de Cleopatra de Berlioz. Obra de juventud en la que se advierte ya el talento descomunal y en la que se reconoce el peculiar tratamiento de la voz por parte del músico francés. Herencia de Gluck, de Rameau, de los italianos, esta composición en siete partes da ocasión al lucimiento de una mezzosoprano dramática o una soprano falcon. Creemos que Violetta Urmana está más cerca de esta que de aquella. Durante toda su carrera ha ido de un sitio al otro, a veces con peligro para su integridad vocal. En efecto, el instrumento se ha resentido más de una vez de esos improbables viajes.

Justo es decir que en esta ocasión hemos disfrutado de su mejor versión, pese a que hubo de atender la urgente solicitud de la ONE de sustituir a la anunciada Alice Coote con poco tiempo. El timbre, oscuro, sensual, rico de armónicos, voluptuoso, ha lucido con general igualdad, con graves naturales, algo descoloridos, eso sí, centro cremoso y satinado y agudos (hasta el si bemol) bastante redondeados, con escasas estridencias y tonos agresivos. Además matizó cada línea con mucho sentido teatral. Estupendo el inicio del aria Grands Pharaons, atacada piano y coloreada a satisfacción en un crescendo dramático y continuo bien tramitado por el acompañamiento, que tuvo intención y color y que, bajo la batuta de Elder, marcó y reguló muy bien los silencios y los latidos que anuncian y comentan después la muerte, víctima de la picadura de un áspid, de la reina de Egipto. Escuchamos a Urmana al día siguiente por Radio Clásica, en el concierto del domingo, y nos pareció que la voz corría de forma menos fácil y que los agudos se resentían y adoptaban un tinte acre. Ya se sabe que por las mañanas las gargantas están lago agarrotadas.

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