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CRÍTICA / Comienzo luminoso


Madrid. Auditorio Nacional. 16-IX-2017. Inauguración de la temporada de la Orquesta Nacional. Javier Perianes, piano. Director: David Afkham. Obras de Schumann y Mahler. 

Arturo Reverter

Bello programa inaugural, enmarcado, como sugestivamente apunta en sus notas Gonzalo Lahoz, por el amor: el de Robert Schumann por Clara Wieck y el de Gustav Mahler por Alma Schindler. Un sentimiento que redime y que impulsa a la música hasta estratos superiores, en este caso delimitados por el reconocido toque lírico del piano de Perianes y por el vigor bien administrado y regulado del gesto –sin batuta en ocasiones- de Afkham, un director que sabe plegarse siempre, sin perder el norte y sin renunciar a su propio criterio, cuando se trata de acompañar a un solista. Aspectos que el cronista pudo detectar desde su ubicación en las primeras filas de butaca, en las que falta la debida perspectiva sonora y donde es difícil distinguir adecuadamente los planos.

La obra de Schumann, tras el enérgico inicio, tomó enseguida el camino de la más pura poesía, que es la que después de todo desprenden sus amorosos pentagramas en los que late el espíritu soñador de Eusebius, una de las dos caras que dominan la creación del compositor. Las extensas cantilenas, sólo alteradas por los crispados resplandores a los que se asoma por unos instantes la voz alterada de Florestán, tuvieron el vehículo idóneo en el delicado, sutil, acariciador pianismo del artista onubense, siempre inspirado a la hora de desgranar los líricos temas schumanianos. El primero, tan característico, enunciado por el oboe, discurrió inmediatamente muelle, elegante e introspectivo en los dedos del pianista.

La orquesta tuvo la justa acentuación en el marcial segundo motivo, rápidamente contestado por el solista, que retoma de nuevo el canto inicial. El sustancioso diálogo discurrió animadamente, con sutiles rallentandi. Las ideas melódicas y sus derivadas fueron manando de forma muy natural, dejando en todo momento libertad para la respiración del piano. La acostumbrada sensibilidad de Perianes resplandeció en fraseos exquisitos y en ataques certeros. No es el suyo un pianismo potente, altisonante, brioso, aunque no le falten arrestos para enfrentarse al tutti en los momentos más dramáticos, como los planteados en el desarrollo, sino íntimo y acogedor, comunicativo y discreto. Sus trinos, por ejemplo, nunca son percutidos –como nunca lo es su estilo-, sino amorosa y equilibradamente reproducidos. En ese espíritu efusivo se tocó la nada fácil cadencia, a la que el pianista no tuvo ningún problema en enfrentarse. 

El fructífero diálogo se mantuvo en el Intermezzo, Andantino grazioso, enunciado casi con mimo en aladas frases, a las que correspondió la madera espléndidamente. El apasionado segundo tema dio oportunidad al lucimiento de los chelos, que sonaron cálidos. Afkham dejaba hacer y la música fluyó mansamente hasta el attacca que abre el Allegro vivace. La compleja rítmica, en un 6/8 poblado de síncopas, que amenaza la justeza del encaje piano-tutti, fue servida sin aparentes dificultades en el pasaje imitativo central. Juego de preguntas-respuestas salvado con elegancia sin que el tempo decayera. Los pespunteos del teclado ayudaron a culminar el movimiento, una suerte de espumoso motto perpetuo. Una exquisita Serenata andaluza de Falla, ofrecida como bis, con una primorosa repetición del tema principal, puso fin a la actuación de Perianes.

Y luego otro plato fuerte, en el que lo dramático, lo lúgubre, lo turbulento, lo crispado, los claroscuros más excitantes, se dan la mano con lo diáfano, lo luminoso, lo efusivo, lo radiante; lo amoroso. Un espinoso camino desde la dolorosa marcha fúnebre, tanto y tan bien trabajada, variada y enriquecida por el compositor en los dos primeros movimientos y que Afkham modeló excelentemente, consiguiendo un apreciable legato. Aunque no hubo siempre la justeza de ataques, el encaje preciso, la diferenciación de planos deseada. Pero se consiguieron algunos instantes muy meritorios, como el de la sutil entrada de una derivación del segundo tema tras el toque en pianísimo del timbal. Logrado asimismo el clímax con el contrapunto del mosconeo de la cuerda grave. El cierre nos pareció bien aquilatado.

Los tempi de Afkham suelen ser prudentes, lo que a veces priva de urgencia, de vigor centelleante al discurso; pero eso no supone la pérdida del norte expresivo y el adecuado encaje de las voces, bien ensambladas, no obstante, en el turbulento inicio del segundo movimiento. Los chelos entraron señorialmente en las nuevas evoluciones del tema fúnebre. Pero hubo aire y se obtuvieron buenos efectos contrapuntísticos en el gran tutti que proclama a los cuatro vientos el luctuoso motivo. Acentos acerbos y canto victorioso antes del sigiloso cierre. El primer trompa, Rodolfo Epelde, estuvo magnífico en sus intervenciones a solo en el estratégico tercer movimiento, núcleo fundamental de la partitura, tocado con impulso y dotado de la dimensión danzable requerida, puesta de manifiesto en el tan vienés segundo tema, tocado con el adecuado balanceo. La batuta de Afkham se mostró aquí más colorista.

Bien medido el siempre peligroso Adagietto, tan proclive a que los directores se relajen y tiendan a desarrollar más bien un Adagio, a veces excesivamente edulcorado. Afkham, ya sin batuta, logró una excelente planificación y un engarce muy lógico, con aplicación inteligente del glisando y una ondulación elegante, jugando sutilmente con la dinámica para desembocar en el risueño quinto movimiento, contrapuntístico y vigoroso. La cuerda enfocó con fortuna el primer fugato, aunque las líneas hubieran podido ser más nítidas. No hay duda de que se plantean problemas de dibujo, fluidez, juiciosamente salvados con profesionalidad y con una muy meritoria actuación de la Nacional, que funcionó a toda presión en el jubiloso canto final, aunque no siempre se acertara a reproducir con claridad los difíciles arabescos.