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CRÍTICA / Claridades nórdicas, epopeyas rusas


Lanzarote. Convento de Santo Domingo. 11-I-2018. 34º Festival Internacional de Música de Canarias. Nordic Voices. Obras de Thoresen, Bryars, Havroy, Ratkje, G. Gabrieli y Marenzio.

Santa Cruz de Tenerife. Auditorio Adrián Martín. 13-I-2018. 34º Festival Internacional de Música de Canarias. Prokofiev, Iván el Terrible. José Coronado, recitador. Polina Shamaeva, mezzosoprano. Sergey Plyusnin, barítono. Orquesta Filarmónica de Novosibirsk. Coro Nacional de España. Director musical: César Álvarez. Director de escena: José Carlos Plaza. 

Arturo Reverter

Nuevos tiempos corren para este últimamente inestable Festival, que tantos fastos acogió a lo largo de sus ya 34 años de vida y que vivió épocas doradas al mando de Rafael Nebot, cuando no había problemas presupuestarios y el dinero corría fluidamente. La situación económica general y la de la autonomía isleña en particular son hoy muy otras y han venido determinando un evidente declive, lo que ha ido acompañado de vacilaciones a la hora de programar y de inseguridades a la hora de contratar. Tras la brusca y poco edificante defenestración hace dos años de Candelaria Rodríguez y la etapa provisional de Nino Díaz, se ha abierto una nueva ventana para que entre aire fresco y renovador. Será Jorge Perdigón, músico, tenor y artista, responsable desde hace algún tiempo del Festival de la Palma, quien, tras su reciente nombramiento, trate de reconducir la situación. Se le ve animado y consciente. Hace falta ahora que pueda disponer de medios, porque inventiva no le falta.

De momento ha heredado una programación diseñada ya en su mayor parte y que no ha contado con grandes luminarias, aunque, como es lógico, en su seno, hayamos podido encontrar cosas de interés. La primera ha sido la actuación del sorprendente sexteto noruego Nordic Voices, que ha ofrecido, bajo el epígrafe Everything’s gonna be alright… (Todo va a estar bien) (proveniente de un tema de Bob Marley), un concierto muy contrastado con partituras de Thoresen, Bryars, Havroy, Ratkje, Giovanni Gabrieli y Marenzio (que también se ha dado en La Palma, El Hierro y La Gomera).

Dos sopranos lírico-ligeras (Tone Elisabeth Braaten e Ingrid Hanken), de tinte soleado, una mezzo lírica (Ebba Rydh), un tenor lírico-ligero (Per Kristian Amundrod), un barítono muy lírico (Frank Havroy) y un sólido bajo (Rolf Magne Asser) son los integrantes de un grupo que muestra una casi infalible  afinación, un empaste envidiable, un equilibrio vocal sin fisuras, un control de dinámicas muy sutil y una variedad de efectos vocales muy notable, con aplicación de técnicas emisoras de raíz oriental y con utilización de sonoridades del más diverso signo, lo que les ayuda a dar forma, por ejemplo, a composiciones tan sugerentes como las dos que se cantaron de Lasse Thoresen, Djonkidon y Solbon, cuajadas de imaginativas figuraciones, de animados contrastes rítmicos, de silencios inesperados, de ataques fulgurantes y de imitaciones de sonidos de la naturaleza.

Muy curiosa la última pieza del concierto, A Dismantled Ode The Noral Value Of Art de Maja Ratkje, que plantea alusiones de tipo social y político y que emplea la Oda a la Alegría de Beethoven como antídoto. Los seis cantores, guiados a veces por el gesto de Havroy —de quien se interpretaron dos concisas composiciones—, que habló con gracia (en inglés) y comentó críticamente ciertos aspectos de la actualidad política, estuvieron unidos para transmitir el mensaje positivo que daba título al programa: Todo va a estar bien… A pesar de los pesares. En las páginas barrocas de Gabrieli y Marenzio estos noruegos respetaron muy bien el estilo. No hace mucho las seis voces han grabado un admirable disco con piezas de Tomas Luis de Victoria. El público, que llenaba el recinto conventual, aplaudió agradecido.

Otro mundo, claro, el que se nos ofreció en el concierto de la Orquesta Filarmónica de Novosibirsk, poco conocida por estos andurriales, que colocó en atriles el oratorio Iván el Terrible de Prokofiev, una auténtica epopeya, arreglo de la banda sonora compuesta para la película dirigida en 1945 por Eisenstein debido a la mano de Abraham Stasevitch. En este extenso fresco musical de una hora y veinte, conducido siempre por la voz del recitador, a veces narrador de los hechos, a veces intérprete del propio zar (y que requiere un actor de primer orden), encontramos una sucesión de 25 números que tienen perfecta viabilidad sin las imágenes. Ese actor ha sido en esta ocasión el versátil José Coronado, que brindó una verdadera interpretación de los más encontrados y matizados registros, llena de claroscuros, de susurros, de alteradas peroraciones, de sigilosas confesiones, de indisimulados temores, los que embargaban el espíritu del alucinado Iván. 

Guiado por la experta mano de Plaza, que ha sabido imponer el tono justo empleando el texto en su integridad y concediéndole un carácter abiertamente actoral, Coronado, a veces investido con el manto regio, dio todo un curso y ayudó no poco a seguir la expresionista historia impulsada por la potente partitura musical, en la que se dan la mano pentagramas de distinto carácter, tanto instrumentales –cabalgadas, refriegas, evocaciones palaciegas, pasajeros tintes impresionistas- como vocales, en los que el coro tiene papel protagonista. Se lució en verdad el Nacional, preparado por la sensible mano de Cañamero. Lo encontramos en esta oportunidad especialmente empastado, seguro, casi siempre afinado y certero en ataques, incluso delicado, con episódica intervención, en pianísimos bien regulados, de las féminas, en otras ocasiones, menos felices.

No habíamos tenido oportunidad de ver en acción hasta ahora al asturiano César Álvarez, que reside en Rusia desde hace mucho tiempo y que demostró seguridad y destreza en la concertación, maleabilidad en la exposición y habilidad en la planificación desde un gesto amplio y elegante y unos bien regulados movimientos de brazos y muñecas. No emplea batuta, algo cada vez más habitual en las jóvenes generaciones. Captó la atención de los conjuntos a partir del mismo comienzo. Se ve que trabajó a conciencia y en armonía con ellos. La reciedumbre de los cantos de guerra se dio la mano sin fisuras con las pinturas de celebración y los frescos victoriosos y exultantes. 

La Orquesta de Novosibirsk, no muy crecida —cinco contrabajos— un conjunto apañado y firme, mostró profesionalidad y flexibilidad a partir de una sonoridad ligeramente rugosa, no especialmente depurada pero compacta y vigorosa. La mezzo Polina Shamaeva —famosa en su país por haber ganado un importante premio televisivo— cantó con propiedad sus dos intervenciones poniendo en juego un buen volumen, un fraseo sugerente y un timbre igual pero sin encanto, con ciertos toques de aspereza. Muy lírico, simplemente correcto en su breve número con coro, el barítono Sergei Plyusnin. La obra, con el gran protagonismo de Coronado, fue encauzada en lo escénico a través de una serie de apuntes y de gestos estratégicos. Dos sillones regios en primer plano y unas proyecciones bien elegidas, de signo descriptivo o evocativo, con abundantes repeticiones de imágenes bélicas, con alusiones a la historia de Rusia y con iconos reconocibles, como los extraídos del film de Eisenstein, ayudaron a la comprensión y a que todo fluyera por el mejor camino. Aunque el fondo del escenario, con diferentes tonalidades castaño claro, no contribuyera a la claridad de las imágenes.