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CRÍTICA: Claridad, orden y brillo


Madrid. Auditorio Nacional. 25-II-2017. Ciclo Ibermúsica. Pierre-Laurent Aimard, piano. Orquesta Philharmonia Orchestra. Director: Esa-Pekka Salonen. Obras de Beethoven y Strauss.

Arturo Reverter

El segundo concierto de esta última visita a Madrid de la histórica Philharmonia se centraba, una vez realizados los oportunos cambios en la programación inicialmente anunciada, en dos grandes autores, el uno situado en el umbral del romanticismo más reconocible, el otro apostado en un postromanticismo que mira hacia el futuro y que ofrece nuevas propuestas y soluciones. Un doblete muy atractivo en el que descollaba la figura del pianista francés Aimard (Lyon, 1957), al que usualmente hemos visto y escuchado tocando Bach, Debussy o Messiaen, pero que desde hace algunos años muestra interés en abordar la obra beethoveniana. De hecho, en 2001 y 2002 grabó con Harnoncourt la integral de los Conciertos.

La versión que el teclista galo nos ha brindado en esta sesión no difiere demasiado de la mencionada. Su pianismo es limpio, claro, de pulsación nítida y brillante, escaso de claroscuros, con una mano izquierda quizá demasiado discreta, una acentuación presta y una rítmica ajustada, sin elongaciones y, también es cierto, sin una apreciable entraña poética, aunque el Adagio no dejara de tener su encanto y su misterio. Saltarín, episódicamente percutivo, de sonoridad delgada y magra. En la misma línea trazada por Salonen (Helsinki, 1958) al frente de una Philharmonia reducida, con cinco contrabajos de base armónica junto a timbales y trompetas de época. Nada ampulosa, a veces camerística, escasa de vuelo, seca y contundente, la interpretación tuvo marcha y animación, agilidad y frescura. Al parecer los dos artistas y la agrupación sinfónica no llegaron a realizar la conveniente prueba de sonido. Aimard ofreció un bis insólito: una breve pieza de Kurtag.

Todo estuvo dispuesto y en su sitio para Así habló Zaratustra (Also sprach Zarathustra) de Strauss, que Salonen, con su batuta ligera, que marca armónicamente, que se mueve en todos los planos, que divide y subdivide con eficacia y brillantez, nos regalara con una interpretación fúlgida, briosa, de líneas marcadas, de tímbrica soleada y efectos de buena ley, en la que los arcos de la orquesta fueron a una y en la que los vientos nos envolvieron con mil luces. Tras un comienzo bien medido y regulado con inteligencia, sin exageraciones, nos sedujo El canto de  los hombres de un mundo ultraterreno, en donde el conjunto de cámara dibujó con pureza la sinuosa línea melódica, la amplitud de De la aspiración suprema, la clarificación de las sombras en El canto fúnebre, la colorista y restallante Canción de la danza, de ecos tan vieneses, donde el concertino, Zsolt-Tihamér Visontay, tocó espléndidamente. El cierre, acompañado de silenciosas disonancias de las maderas, nos transportó quedamente al mundo congelado del sonambulismo.

Salonen se lo pasó aparentemente de lo lindo. Tras el rostro, en el que ya empiezan a aparecer las arrugas, hay un cerebro de primer orden, un método, una organización y un trabajo en busca de la exactitud en la medida, la precisión en el ataque, con frecuencia fustigante. La figura menuda, flexible, elástica, los elegantes movimientos, la constante actividad en el podio, la atención multiplicada a cualquier accidente musical son atributos de este antiguo discípulo del eterno padre de la dirección finesa Jorma Panula —que, aunque no se sepa, viene cada verano a impartir un curso en El Escorial— y, en su faceta compositiva, nada desdeñable, por cierto, del gran Einojuhani Ratuvaara.