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CRÍTICA / Cantar y desentrañar


Madrid. Auditorio Nacional. 19-V-2017. Temporada de la OCNE. Iván Martín, piano. Director: Krzysztof Urbanski. Obras de Kilar, Chopin y Lutoslawski.

Arturo Reverter

Como epicentro de esta sesión polaca figuraba el Concierto para piano nº 1 de Chopin, siempre peligroso para el solista, tanto por su dificultad intrínseca como por haberse instalado desde hace mucho en la memoria colectiva gracias a las inmarcesibles y románticas melodías sobre las cuales se edifica una estructura de ropaje sencillo que deja al intérprete casi desnudo.

El canario Iván Martín mostró sus reconocidos valores: fraseo exquisito, en el que destaca un sensible y nada fácil manejo de las dinámicas y de los reguladores; suaves y precisos ataques, elocuente acentuación, muy medido empleo del pedal y sonido de notable calidad, tanto en el forte como en el piano. Atributos necesarios y aquí más que suficientes para tocar como se requiere una obra de las características de la que se situaba en los atriles. Las imparables melodías, los temas, ora melancólicos, ora gozosos, salieron de las manos del instrumentista, que cantó y se ensoñó sin pudores y aplicó un bien estudiado rubato, con ocasional peligro, salvado en última instancia, de caer en indeseados amaneramientos o de alambicar en exceso el discurso. Todo cantó en los dos primeros movimientos y vibró en la polaca del tercero.

Urbanski eligió un acompañamiento mesurado, discreto, casi a media voz, un punto neblinoso —lo que puede ir bien a una partitura de perfiles relativamente definidos—, en todo momento pendiente del solista y de su juego cambiante. Previamente había gobernado con autoridad Orawa, una composición de 1986 del cinematográfico Wojciech Kilar (1932-2013) más bien superficial y algo facilona en su construcción inicialmente minimalista a base de frases repetidas y elaboradas, sin duda con habilidad, en torno a un tema simple y a una impronta rítmica muy directa conectada con la música popular. Tuvo una reproducción impecable, justa y animada hasta el explosivo final, en el que los instrumentistas lanzan un auténtico grito, ¡Hey!, a la manera de los oriundos de la región polaca que da nombre a la obra.

El pulso de Urbanski emergió a lo largo de la interpretación del Concierto para orquesta de Lutoslawski, para el que es indispensable una clara capacidad constructiva, un mando seguro y un adecuado planteamiento rítmico, virtudes que posee este joven director nacido en Pabianice en 1982 y que mantiene en el podio una actitud despierta, móvil, vibrante. El suyo es un gesto claro y armonioso, de brazos de compás abierto y acogedor, de dibujo elegante y amplio y vigoroso trazado de compás, de muy sugerente anticipación. Atributos ideales para sumergirse en el proceloso mundo de esta gran y compleja partitura, terminada en 1954, sólo once años después que la composición de igual título de Bela Bartók, ejecutada, tal y como comentábamos en estas mismas páginas, hace sólo una semana por la misma Orquesta al mando de Eschenbach.

La obra de Lutoslawski se acoge en cierto modo a similares presupuestos; una “amplia construcción sinfónica en la que además de vagas referencias nacionalistas se ponen en juego referencias a formas musicales del pasado”, como expresa en sus enjundiosas notas al programa García del Busto. El lenguaje, por momentos disonante, concentrado, de un refinamiento y una sutileza extraordinarios, fue bien traducido por la fúlgida batuta, siempre atenta a cualquier accidente del pentagrama, que encontró en la Nacional adecuada y precisa respuesta.

Urbanski logró bellos efectos y una constante rarefacción tímbrica en la Intrada, rematada de manera muy sutil en la voz de la celesta. El marcaje alla breve proporcionó el cauce adecuado a los sigilosos violines que abren el Capriccio. Todo sonó transparente y, al tiempo, debidamente tenso. Los sombríos pizzicati encauzaron esa especie de nocturnal Perpetuum movile. La Passacaglia fue bien diseñada y la Toccata rigurosamente construida, sin que los contrapuntos dejaran de estar minuciosamente trabajados. La primera exposición del Coral fue realizada muy líricamente y los tramos finales desarrollados con la debida contundencia hasta la repetición de aquel fragmento en toda su plenitud. Sólo pasajeras borrosidades en los compases finales empañaron un cierre esplendoroso, al que una entregada Nacional contribuyó sin mácula.