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CRÍTICA / Camino del silencio


Granada. Palacio de Carlos V. 27-VI-2017. LXVI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). Director: Víctor Pablo Pérez. Obras de Mahler.

José Antonio Cantón 

Fotografía Miguel Rodríguez

Siempre es gratificante poder asistir a un concierto protagonizado por una orquesta joven, dado el intenso entusiasmo con el que se viven este tipo de actuaciones y, sobre todo, por poder constatar cómo son el reflejo de un cultivo imprescindible en el que se forjan las formaciones orquestales del futuro y que, posibilitan las primeras etapas profesionales de los músicos al transmitirles confianza, experiencia y conocimiento. Este múltiple propósito constituye la misión fundamental de la JONDE, semillero a la vez que selectiva formación donde se perfilan los músicos del mañana que han de sustentar la continuidad de las orquestas españolas mejorando su calidad.

Su actuación en la presente edición del festival granadino ha sido un rotundo éxito por distintos motivos, todos ellos fundamentales y necesarios para su logro. Así, por un lado, ha contado con Víctor Pablo Pérez, seguro y experimentado director que venía de salir triunfante de un maratón sinfónico en Madrid en el que ha dirigido a cinco orquestas con un programa integrado por nueve de las Novenas Sinfonías más singulares de la historia. Por otro, sus jóvenes integrantes, que pusieron sus mejores facultades en una actuación en la que han superado con creces el umbral de profesionalidad, situándose en un alto nivel de respuesta artística. Finalmente, esto no hubiera sido posible sin el reto que supone siempre el sinfonismo de Mahler, en gran medida concentrado en su Novena Sinfonía.

Víctor Pablo Pérez vive esta obra como un discurrir hacia el silencio, entendido éste como uno de los más sustanciales elementos de la música, sobrecogedora expresión del no ser, del no existir, del dejar de existir, al fin y al cabo, del reposo eterno. Ya desde los primeros compases este sentimiento se hizo patente con el conmovedor tañido del arpa, constituyéndose en el eje principal que iba a marcar esta interpretación, que requería máxima tensión en los músicos que se entregaban con pasión en aras a transmitir los trascendentes y profundos mensajes mahlerianos.

Entrar en detalles técnicos es innecesario ante la experiencia que supuso para el oyente constatar con tan diáfana claridad la belleza de esta obra. Su enorme dificultad musical exige del director un constante quebradizo pulso, convertido por Víctor Pablo Pérez en sugestivo, anticipado y preciso gesto de sus manos, como queriendo así controlar con más inmediatez las distintas emociones que encierra cada uno de los cuatro movimientos de esta imponente obra.

El director desentrañó con eficaz maestría la complejidad del primer movimiento, en el que Mahler apunta una creatividad de futuros horizontes armónicos de extraño y novedoso sentido melódico. En el segundo, supo sacar la mejor capacidad rítmica de la sonante centuria, que iba creciendo en compromiso. En el burlesco rondó, el maestro se manifestó irónico y sarcástico, llegando con determinación a desvelar con detalle su compleja estructura contrapuntística sin resentirse en momento alguno la interna polifonía que subyace, lo que ponía de manifiesto el gran soporte analítico en el que sustentaba su dirección que, en algunos pasajes, separaba con destacado realce las distintas secciones instrumentales estratificando la respuesta sonora del conjunto, virtuoso efecto sólo patrimonio de las más prestigiosas máquinas orquestales.

El momento culminante fue el Adagio final, donde Víctor Pablo Pérez realizó un ejercicio de virtuosismo musical de honda capacidad meditativa, marcando el camino del silente reposo en el que iba a diluirse la sinfonía, largo pasaje final donde su sonido de decreciente dinámica, indicado en los pentagramas con hasta cuatro pes, llevó al auditorio a un sobrecogedor silencio, que se prolongó durante más de un minuto después de la última nota, momento que hay que agradecer al maestro como rasgo de su profunda sensibilidad artística.