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CRÍTICA / Córdoba: Diáfana dirección y una preciosa voz


Córdoba. Gran Teatro de Córdoba. 25-X-2018. Orquesta de Córdoba. Berit Norbakken Solset, soprano. Director: Juanjo Mena. Obras de Arriaga, Haydn y Schumann.

José Antonio Cantón

El segundo concierto de temporada de la Orquesta de Córdoba ha contado con la dirección de una de las batutas más reconocidas de nuestro panorama musical patrio, el alavés Juanjo Mena, y la actuación de la cantante noruega Berit Norbakken Solset. Se trata de una soprano que afronta papeles que van desde el barroco —estilo en el que es una gran especialista— hasta la música contemporánea, con un timbre que se puede enmarcar entre los líricos ligeros dada la flexibilidad y versatilidad de su voz que, aunque de moderado cuerpo, es emitida con magnífica afinación, precisa dicción y perfecta colocación.

Estas cualidades la hacen ideal para la interpretación de dos creaciones de tan exquisita y a la vez determinante forma belcantista como la que contienen el Aria de Medea y la cantata Herminia de Juan Crisóstomo Arriaga. Dos pequeñas joyas del arte canoro español del primer romanticismo, en las que se aprecia la elocuente capacidad melodramática de un compositor muy dotado como fue el malogrado músico vasco dada su muy temprana muerte. La belleza de estas obras fue realzada desde un excelente acompañamiento orquestal a la cantante, a quien Juanjo Mena, desde un sutil y efectivo control, dejó amplia autonomía de expresión, lo que favoreció la estética de ambas composiciones con el consiguiente lucimiento vocal, produciéndose los primeros bravos de la velada.

Fue la Sinfonía nº 44, "Fúnebre", de Joseph Haydn la que abrió el programa, dejando la impresión inicial de que todo estaba colocado en su sitio desde la conducción fluida del maestro, sacando un carácter decidido al primer tiempo con un gesto muy modulado en tensiones y ajustado a los límites del espacio eufónico, factor acústico que dominó con destreza, llegando a su culmen en su parte central. Fue muy elegante la dirección del minueto, especialmente delicada en su trío. Cargó de resignado dramatismo el tercer movimiento desde un esmerado tratamiento de la cuerda, que devino a entender con manifiesta sensibilidad sus indicaciones. Con controlada acción transmitió el Presto final, lejos de los más mínimos aspavientos a los que tanto favorece este acelerado movimiento. La orquesta pareció transformarse ante la clara información recibida desde el pódium, que era atendida hasta el menor detalle.

Con una de las obras más significativas del repertorio sinfónico del romanticismo alemán como es la Cuarta Sinfonía en Re menor op. 120 de Robert Schumann, Juanjo Mena cerraba su actuación dejando la sensación de un sonante detallado análisis de esta complicada creación, una en las que es más difícil desentrañar el intrincado pensamiento musical de este compositor que, de lograrse, como lo hizo el maestro, supone el descubrimiento de los secretos de la estructura armónica interna que encierra su estética.

Resumidamente se puede afirmar que supo equilibrar las distintas emociones que contiene el primer movimiento. Dibujó con gran gusto la serenidad que requiere la Cadenza, tensó el Scherzo desde el vigor que piden sus compases y contagió de entusiasmo a la orquesta en el presto final, cerrando el círculo que propone Schumann con sentido recreativo, —secreto tan sustancial en toda interpretación donde hay que tender a descubrir las intenciones del autor desde un sólido conocimiento musical y un determinante dominio técnico—. Ambas cualidades las demostró el maestro sobradamente consiguiendo la satisfacción de un público que, en cada concierto de esta temporada, ve confirmarse un renacer de la Orquesta de Córdoba.