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CRÍTICA / Buenos trazos, elusivo lirismo


Madrid. Auditorio Nacional. 25-IV-2018. Eszter Zemlényi, Erika Gal, Istvan Horváth, Istvan Kovács. Coro Madrigal. Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría. Director: János Kovács. Obras de Mozart. 

Arturo Reverter

Esta Orquesta húngara, que hace años adquirió predicamento a las órdenes de su titular de entonces, János Ferencsik, es una formación solvente, de espectro tímbrico más bien oscuro, constituido por instrumentistas serios y cumplidores, entonados y musicales. La cuerda sobe todo tiene un cierto peso, toca afinada, aunque no siempre del todo conjuntada, pero frasea con propiedad y sirve de sustento a unos vientos dignos, lejos de la exquisitez, pero muy profesionales. En los metales encontramos algunas asperezas y sonoridades un tanto adustas, particularmente en trompetas y trompas.

Con él se mueve parece que a gusto el veterano János Kovács, director de mil batallas —entre ellas la de asistente de Boulez en la Tetralogía de Bayreuth en los años setenta—, que manda con un gesto tranquilo y claro, bien medido. La corta batuta da indicaciones muy seguras, sin especial dibujo, sin vuelo fantasioso. Le falta al competente maestro esa efusión, esa ternura, ese toque poético que piden tantas veces los pentagramas mozartianos. Así el Adagio y Fuga K. 546, bien expuesto en su primera parte, muy eficientemente elaborado, pecó en la segunda, metidos ya en harina contrapuntística, de falta de elegancia en el dibujo, ligazón. Sonó un tanto crispada, quizá buscando el efecto dramático, la sección fugada.

La Sinfonía nº 39 fue expuesta con firmeza, con las líneas bien marcadas, aunque al arranque le faltó un punto de transparencia y las figuraciones descendentes de los violines quedaron empañadas por el tutti. No es una batuta mecedora, cadenciosa, la de Kovács, en cuyo estilo no parece albergarse el rubato bien entendido ni el prurito del dibujo fino. Aspectos que denotamos en mayor medida a lo largo de un Andante poco expresivo. Contundente, vigoroso, nada bailable, con trío aceptable, el Minuetto y ágil y dinámico, con buena acentuación de puntillos, el Finale. Hizo las correspondientes repeticiones de los dos movimientos extremos; no la del Minuetto.

El plato fuerte era, por supuesto, el Requiem del músico salzburgués, esa obra maestra incompleta que terminó fundamentalmente el discípulo Süssmayr. Las características directoriales de Kovács se confirmaron: seguridad, respeto a la letra, facilidad de concertación, buen dominio de los conjuntos, con órdenes precisas, y habilidad para la distribución de planos, con aseada realización de las fugas y manejo de unas dinámicas prácticas, eficaces, antes que delicadas. Aunque sus limitaciones expresivas volvieron a apreciarse. La falta de vuelo aquejó, por ejemplo, al desentrañamiento del Recordare, de tan complejo engarce entre las cuatro voces solistas, o al Lacrimosa, que estuvo exento de unción; o al Benedictus, fraseado un poco a ras de tierra.

En todo caso, la mano rectora trazó con eficiencia las bases arquitecturales, soldó bien las estructuras e hizo sonar al buen Coro que es el Madrigal y que tan bien prepara Mireia Barrera. Sus 40 componentes están adecuadamente empastados, cantan unidos y suenan que se las pelan, con potencia y brillo; y, aún más importante, afinación. Pese a ciertas destemplanzas de las féminas, detectadas, por ejemplo, en el Domine Jesu Christie o en el Hostias, la actuación fue muy positiva y tuvo momentos muy refinados, así en el Confutatis, con pianos de buen cuño.

El joven cuarteto solista, cuatro cantantes también húngaros, como director y orquesta, fue bastante presentable, en mayor medida que otros constituidos por voces de más campanillas. La soprano Zemlényi, de timbre algo infantil, anda aún algo verde, con algún problema de afinación, pero cantó con núbil expresividad. La mezzo Gal, de pequeño volumen, otorgó cierta prestancia, con su timbre suave y penumbroso, a su parte. El tenor Horváth, de colorido poco grato, dibujó con exactitud su intervención en Mors stupebit, y el bajo Kovács delineó con soltura su salida en el Tuba mirum. Posee una voz en crecimiento, tierna aún, pero oscura y emitida entre dientes, cupa. El Auditorio estaba lleno y el respetable se lo pasó en grande.

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