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CRÍTICA / Broches de oro al Festival de Música Antigua de Aranjuez


Aranjuez. Capilla del Palacio Real. XXIV Festival de Música Antigua. 28-V-2017. Eugenia Boix, soprano. La Tempestad. Directora: Silvia Márquez. Obras de Haendel, Vivaldi y Scarlatti.

4-VI-2017. Mariví Blasco, soprano. Javier Somoza, guitarra. Obras de Martini, Carulli, Molino, Sor, Martín y Soler, Giuliani, Mertz y
Schubert.

Eduardo Torrico

La XXIV edición del Festival de Música Antigua de Aranjuez cerró con dos de las mejores voces sopraniles del actual panorama español, Eugenia Boix y Mariví Blasco, asiduas ambas en repertorios barrocos, pero también en otros cronológicamente más tardíos (de hecho, el concierto de Blasco tuvo bastante poco que ver con lo que habitualmente se entiende por "música antigua": canciones decimonónicas con acompañamiento de guitarra clásica).

Boix había cantado solo unas horas antes en el Auditorio Nacional Das himmlische Leben, el lied del último movimiento de la Cuarta sinfonía de Mahler, en el arreglo realizado y tocado por el organista David Briggs. La acompañaba La Tempestad, que los dos días anteriores había hecho en la Fundación March las sinfonías nº 44 y 48 de Haydn (en arreglos para formación de cámara atribuidos a Solomon, aunque realmente no lo sean, pues cuando se publicaron el empresario musical hacía tiempo que había fallecido). No tuvieron problema alguno para cambiar el chip y sumergirse de lleno en el barroco, con varias arias haendelianas (de Alcina, Riccardo primo y Admeto) y con una bellísima cantata de Domenico Scarlatti, Piangete, occhi dolente, que, aunque compuesta en Roma en edad juvenil, es probable que alguna vez sonara en el mismo Palacio Real donde tuvo lugar el concierto, para solaz de algún rey Borbón (tal vez Felipe V, pero con mayor probabilidad, Fernando VI y, por supuesto, la queridísima Barbara de Braganza).

Boix cantó con esa arrolladora fuerza que la caracteriza, pero también con el buen gusto que en ella es proverbial. No hay escollo, por arisco que sea, que no salve con destreza y hasta casi podría decirse que con insultante comodidad. Lo demostró, por si alguna duda quedaba, en la centelleante Tornami a vagheggiar de la pérfida Morgana (Alcina). Fue excelente el nivel que ofreció La Tempestad, dirigida desde el clave por Silvia Márquez, ya fuera acompañando a la soprano montisonense, ya fuera en la interpretación de la obras orquestales (sendos arreglos camerísticos de las sonatas K.88 y K.89 de Scarlatti, y el Concierto en Re mayor op. 10 nº 3, RV 90, "Il Gardellino", magníficamente ejecutado en la parte solística del flautín por Guillermo Peñalver).

Blasco nos trasladó a aquel efímero periodo (apenas diez años, entre 1815 y 1825), en el que las canciones para guitarra hicieron furor en las que tal vez eran las dos ciudades más cosmopolitas de Europa: París y Viena. Aquella fiebre por un instrumento tan español como la guitarra se conoció como Guitaromanie, y con el mismo ímpetu con que surgió, acabó desvaneciéndose repentinamente, sin que a día de hoy se hayan ofrecido razones convincentes ni para explicar lo uno ni lo otro. Junto al guitarrista Javier Somoza, la soprano valenciana seleccionó obras que sonaron en los salones parisinos de entonces (de los dos grandes rivales italianos, Carulli y Molino, pero también del gran Fernando Sor, a quien los avatares políticos —primero, la Guerra de la Independencia; luego, su postura antiabsolutista— llevaron a vagar, como un castigo, fuera de España hasta que falleció) y en los vieneses (Martín y Soler, Giuliani y... ¡Schubert, en arreglos de su coetáneo y compatriota Kaspar Mertz —Ständchen— o del propio Somoza —An den Mond—).

El recital empezó con el enternecedor Plaisir d'amour de Jean Paul Égide Martini (compositor cronológicamente algo anterior al resto) y alcanzó su momento culminante con una seguidilla bolera de Sor (Mis descuidados ojos) y con una de las doce Canzonette italiane de Martín y Soler (Amore e gelosia). Y, por supuesto, con la emotiva versión francesa del Ave Maria de Schubert. Sí, porque Blasco cantó en francés, en italiano, en alemán y, por supuesto, en español, y en todos esos idiomas lo hizo con una prodigiosa dicción y con una no menos admirable sensibilidad. Soberbio, asimismo, Somoza, que se marcó varias piezas a solo entre canción y canción.