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CRÍTICA / Brillos alternos


Madrid. Auditorio Nacional de Música. 11-I-2019.- Obras de Balfe y Strauss. Orquesta Sinfónica Verum. Director: Miguel Romea.

Arturo Reverter

En su variado panorama programador, la Universidad Autónoma,siempre didáctica a través de su Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música que dirige la profesora Begoña Lolo, ha ideado una curiosa sesión en la que se combinaban compositores tan disímiles como el irlandés Michael William Balfe (1808-1870) y el alemán Richard Strauss (1864-1949). Poca relación la que existió entre ellos, el uno emparentado con la música popular de su país y hábil en el manejo de estilemas y rasgos no tan alejados de los empleados por coetáneos continentales como Mendelssohn o, en otros territorios, Donizetti o Bellini, precursor, por el descaro y frescura de su música de, por ejemplo, un Sullivan; el otro, sabio orquestador, admirable tejedor de enormes estructuras líricas, inmenso y fantasioso delineador de dramas y comedias de una exquisitez y, frecuentemente, de un simbolismo verdaderamente enriquecedor.

La unión de las respectivas músicas venía en este caso traída un poco por los pelos en un programa que llevaba por título Gitanas y Musas y que conectaba, es cierto, con el contenido de los fragmentos de la ópera más conocida de Balfe, The Bohemian Girl (1843), inspirada en La gitanilla de Cervantes, pero que tenía muy escasa relación con La mujer sin sombra (1919) o El caballero de la rosa (1911) de Strauss, óperas de enjundia innegable, nada conectadas con el significado de la palabra musa. Algo muy mal explicado en el breve texto de presentación
contenido en el raquítico programa de mano.

La Sinfónica Verum, patrocinada por la empresa manchega Bodegas y Viñedos del mismo nombre, es un conjunto de jóvenes músicos del que es titular Miguel Romea [en la foto], antiguo clarinetista que se desempeña hace años en misiones directoriales. Es hombre preparado, trabajador de la materia, docto regidor de una academia de dirección. Su figura física y su técnica gestual no son especialmente atractivas: brazos de compás abierto, movimientos acompasados y regulares, piernas nerviosas y levemente danzarinas… Pero no cabe dudar de que consigue encauzar y unificar las líneas maestras de las composiciones en atriles, dibujar con soltura anacrusas, señalar acontecimientos y resaltar accidentes.

Da la impresión de que antes del concierto ha realizado una provechosa labor de ensayos; y persigue, aunque no siempre consigue, diferenciar fraseos, sonoridades, estilos y dinámicas; según sea la obra. Pudimos detectarlo en esta ocasión, en la que la música de Balfe discurrió con la fluidez y brillo, con la elegancia cantarina exigida dentro de su superficialidad. La repetitiva obertura fue recreada con espíritu, brío y donosura y los seis números cantados tuvieron la espumosidad requerida. Participaron en ellos la soprano lírico-ligera Rebeca Cardiel Moreno y el tenor ligero Francisco Diaz Carrillo. Ella mostró una voz extensa –con capacidad para irse a notas estratosféricas como en el mi bemol sobreagudo-, un muy digno arte de canto, soltura –no para la reproducción impecable de la muy difícil coloratura- y una reconocible habilidad para el canto legato, como puso de manifiesto en el aria I Dreamt I Dwelt in Marble Halls, aunque también evidenció una evidente falta de encanto tímbrico. Él, parece que aún en trance de aprender, ofreció una voz descolorida, un fraseo alicorto, una emisión imperfecta y un volumen muy escaso, defecto resaltado por su afición a cantar con la cabeza encima de la partitura.

El reto de Romea de interpretar la Fantasía de la straussiana La mujer sin sombra no se vio acompañado por el éxito. Una partitura tan compleja, tan intrincada, tan necesitada de brillo y claridad es prácticamente imposible tocarla con un orgánico de poco más de 50 músicos. Las líneas y los contrapuntos, pese a la voluntad e incluso a la calidad de algunos instrumentistas, quedaron desdibujados, con pasajes apelmazados y poco clarificados. Mejor fueron las cosas en la Suite de El caballero de la rosa, donde el director supo mantener el pulso rítmico y consiguió imantar, con un buen manejo del rubato, a sus tiernos profesores. Los aires de vals vienés pusieron un buen punto final al concierto.