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CRÍTICA / Brillante Grosvenor en el Auditorio Nacional


Madrid. Auditorio Nacional. 9-X-2018. XXIII Ciclo de Grandes Intérpretes. Benjamin Grosvenor, piano. Obras de Bach, Mozart, Chopin, Granados y Ravel.

Rafael Ortega Basagoiti

Debutaba el joven Grosvenor (1992) en el Ciclo de Grandes Intérpretes, algún tiempo después de haberlo hecho en el Ciclo de Jóvenes Intérpretes, que la Fundación Scherzo organiza en los Teatros del Canal. Lo hacía precedido de la vitola de una carrera rápidamente exitosa y que incluye el precoz galardón de BBC Young Musician of the Year para el entonces adolescente británico (2004), seguido de algunas grabaciones significadas para Decca, encabezadas por un álbum dedicado a Chopin, Liszt y Ravel, que se alzó con el Premio Gramophone al mejor álbum instrumental del año 2012. El joven Grosvenor afrontaba un programa variado, dibujado en orden cronológico y que culminaba en esa partitura endemoniada que es el Gaspard de la Nuit de Ravel.

Fue evidente desde el principio que nos encontrábamos ante un pianista de gran solidez técnica, cuidado sonido y criterio musical ya bastante consolidado, aunque con aspectos que lógicamente (por muy deprisa que las cosas se desarrollen, llevan su tiempo) deben evolucionar, crecer y madurar. En la Suite Francesa nº 5 de Bach Grosvenor no hizo intención alguna de evocar sonoridades pretéritas o acercarse a los conceptos históricamente informados. Tenía un gran cola en las manos y utilizó, con sobriedad pero sin constricción, los recursos que el instrumento le ofrecía. Cierto que el concepto en algunos aspectos pareció un tanto tradicional, con legato de largo recorrido y frases amplias, y con una realización discutible (en lo estilístico, que no en la ejecución) de los adornos, bien que introduciendo con gusto variedad de los mismos en las repeticiones.

Algún tempo hubiera podido ser más equilibrado (la Allemande inicial hubiera merecido quizá algo más de reposo, la Courante pareció excesivamente rápida para una claridad de exposición suficiente, más allá de la siempre cristalina articulación del artista; algo parecido ocurrió en la Giga, de indudable ímpetu rítmico y atinado dibujo contrapuntístico, pero tal vez un punto demasiado rápida para permitir la claridad ideal), pero, más allá de las consideraciones de estilo mencionadas y de alguna tendencia al exceso romántico (Sarabande), hubo momentos de indudable acierto expresivo, especialmente en el trio central de danzas (Gavotte, Bourrée, Loure).

La Sonata K: 333 de Mozart estuvo dibujada con acierto y elegancia, quizá un punto demasiado amable en el carácter. Hoy se tiende, creo que con razón, a un Mozart con más contraste y aristas, menos amable y más enérgico, si se me permite la expresión, que el que durante décadas se nos ha transmitido por algunos intérpretes. Grosvenor no se terminó de desprender de los conceptos más tradicionales, y algunos acentos indicados en la partitura (sí, la partitura, ese papel cuya mención parece que a alguno le escuece tanto pero sin la cual, lo siento, lo demás no tiene sentido), especialmente los sf-p, quedaron así un tanto limados, materializando un Mozart más galante del que quizá sería deseable. Dibujado con luminosa alegría, pero tal vez un punto demasiado vivo, el allegretto grazioso final. Aunque la articulación fue sobresaliente, los pasajes de semicorcheas hubieran agradecido algún aliento más para la mejor claridad.

La segunda parte se abrió con una convincente, quizá más pasional que melancólica, lectura de la Barcarola de Chopin, una de sus últimas creaciones. Bien dibujada y matizada con general mimo (aunque con alguna libertad de letra en ciertos matices), la interpretación destacó por un climax bien construido, y quizá solo cabe apuntar (de nuevo tal vez una cuestión de tiempo) que un punto más de reposo y melancolía, y tal vez algo de contención en el pedal de resonancia, hubieran terminado de redondear una lectura en todo caso considerable.

Sobresalientes, para mí una sorpresa más que agradable, las lecturas de Los Requiebros y La maja y el ruiseñor de Granados. Los dos fragmentos de las endiabladas Goyescas fueron expuestos con gran claridad (algo complicado en música de tan densa trama), planos muy bien diferenciados y más que adecuado clima expresivo y rítmico. Interpretación idiomática del joven británico, que consiguió lecturas sugerentes y elaboradas con gran acierto. Algo que, como comenté antes, también se dio en el endiablado Gaspard raveliano que cerraba el concierto. Una lectura evocadora, matizadísima, muy cuidado el color, tan importante en esta música.

Especialmente acertado el precioso comienzo de Le Gibet. Creo también que Scarbo hubiera funcionado incluso mejor de nuevo con un punto menos de rapidez (la partitura, qué manía tengo con ella, ya ven lo que son las cosas, indica Modéré, bien es cierto que en el contexto de un 3/8), pero en todo caso se trata de una observación mínima porque el resultado final fue estupendo. Lo reconoció así el público, que desgraciada e inexplicablemente apenas mediaba la sala, premiando al británico con un éxito de los grandes, que el joven Grosvenor agradeció con dos propinas admirablemente tocadas. Un nombre muy a tener en cuenta, porque ya tiene una altura grande y muchísimo camino por recorrer aún. Su debut en este ciclo difícilmente podría haber discurrido mejor.