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CRÍTICA / Boris Berman, un Prokofiev muy objetivo


Madrid. Fundación Juan March. 26-I-2019. Boris Berman, piano. Prokofiev, Sonatas nº 5, 7 y 9. 

Santiago Martín Bermúdez

El moscovita Boris Berman (1948) no es solo un excelente pianista, sino que parece especialmente indicado para hacer frente a estos recitales. Berman, discípulo de Oborin, consiguió abandonar pronto la Unión Soviética y establecerse en Israel y Estados Unidos. No tiene nada que ver con Lazar Berman. Entre su repertorio destaca, desde luego, la obra de Prokofiev. No solo tiene grabada la integral de las Sonatas (Chandos), sino que es autor de Prokofiev's Piano Sonatas: A Guide for the Listener and the Performer (Yale University Press), un libro difícil de encontrar hoy, en que se expone el sentido de estas nueve obras dentro de la amplia obra de este enorme compositor, obra que abarca todos los géneros. El libro, claro está, encara las mismas obras que son objeto del ciclo de la Fundación Juan March sobre el que informamos ahora, de nuevo, en su tercera entrega.

Berman tocó el sábado pasado en la March las Sonatas números 5, 7 y 9, opp. 135, 83 y 103. No se extrañen, la Quinta tiene dos versiones, la primera es op. 38 frente al op. 135 de la versión de 1952, meses antes de fallecer el compositor. Se diría que Berman encara tres sonatas más introspectivas e internamente tensas que las de la semana anterior, en que Frederic Chiu exhibió un virtuosismo inmediato, de grandes agilidades e incluso fuegos de artificio. Y no es exactamente eso, no se trata de un Prokofiev que se vertiera hacia dentro de sí. Y no es que Chiu abordara las “sonatas impares” (5, 7, 9) como las más exteriores, léase superficiales; no es eso, ni mucho menos, es que da la impresión de que los programadores hubieran dividido los cometidos de manera que el Prokofiev menos “vivace” presidiera esta sesión. Sin embargo Berman colocó la Séptima como cierre en lugar de la Novena (la tercera de las llamadas sonatas de guerra) por una razón muy comprensible, por el Precipitato que cerraba la sonata de manera espectacular, ágil, una carrera típica de quien hemos llamado el rey de la semicorchea; y de una dificultad muy clara para el intérprete, por la asimetría rítmica de este movimiento dominado por una métrica de 7/8.

Aparte momentos como ese, este Prokofiev era más de forma que de expansión lírica, más cromático o imprevisible en sus temas que tendente a lo melódico. Hay línea, pero no una línea cantábile. Los momentos más significativos en cuanto a temática que sugieren (no es paradoja) cierto atematismo está en momento como el Allegro tranquillo de la Quinta el Allegretto de la Novena, esto es, en los movimientos de apertura. Y decimos esto no sin palparnos la ropa porque casi todo el recital se vio presidido por ese formalismo que no atrae de manera especial a los admiradores del Prokofiev más teatral o cinematográfico. La línea exquisita de Boris Berman desgranaba las secuencias como quien plantea problemas matemáticos, algo que solo en determinadas ocasiones puede ser apasionante. No fue un recital apasionante, sino de un interés que era preciso percibir en la austeridad de las exposiciones de cada episodio, cada movimiento; cada idea, si me apuran. Y eso se veía de repente alterado por momentos que matizaban y animaban el relato total: el Precipitato del final, claro, mas también el Allegro de la Novena y, en sentido contrario, el Andantino de la Quinta. Berman es un artista exigente y más dado a la reflexión que al gesto. Sobrio, pendiente de la forma, con un virtuosismo plenamente intelectual, dio nuevo matiz y desplegó otro tipo de arte interpretativo dentro de este ciclo que resulta ya difícil de superar.