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CRÍTICA / Bolo de verano de la Orquesta RTVE


San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 7-VII-18. María José Montiel, mezzosoprano. Orquesta y Coro RTVE. Pequeños Cantores de la JORCAM. Director: Miguel Ángel Gómez Martínez. Obras de Mahler.

Daniel De la Puente 

Es complicado, por mucho que se intente —y en esta ocasión se intentó con denuedo—, destrozar la música de Mahler. Es demasiado buena, demasiado rica, demasiado trascendente. Por ello, ante un intento de versión de la Tercera sinfonía, como la que se presenció el pasado sábado en El Escorial, lo mejor que se puede hacer es, precisamente, quedarse con la música e imaginar la emoción contenida en el inicio de las cuerdas del sexto movimiento, que desemboca en ese repicar eterno y último de timbales en una cadencia eterna; el jovial "din-dan" del coro de niñas y niños; la inmensa profundidad del texto de Nietzsche; los colores infinitos escritos en la partitura...

Pero solo imaginar, porque casi nada de esto pudo percibirse en la función. En el último concierto de la agrupación, tras una larga temporada en diversos exilios de las afueras de Madrid, la Orquesta de RTVE sonó mecánica, imprecisa, monocroma y carente de interés. Desde el podio, poco más que el marcaje sistemático de compases, sin delineación de discurso, sin búsqueda de tensiones ni de planos sonoros. Nada. Ni siquiera se intentaron solucionar —siquiera sobre la marcha— algunos problemas sobrevenidos, como la manifiesta desafinación con la que finalizaron cuatro de los seis movimientos de la sinfonía o descuadres rítmicos poco frecuentes en esta gran orquesta. Muy extraño.

Accelerandi desbocados, sin dirección, parones y pedaladas al vacío, intentos vanos de cuajar un pianísimo, algún crescendo. Nada. Ausencia total de empatía con los músicos, con la música, con Mahler y con los sentimientos volcados en una partitura en la que cada nota es un pensamiento, una lágrima, un lamento, una carcajada. Nada. Pero, eso sí, pudimos contar en la batuta todos los compases de la obra. Y en la nada, algunos oasis. Los Pequeños Cantores de la JORCAM, ubicuas ellas —y ellos— cada temporada entre el Teatro Real, el Auditorio Nacional y otros escenarios, demostraron en su convincente intervención por qué son tan necesarios, y el trabajo ímprobo de Ana González, su directora, por hacer de cada concierto un nuevo éxito. Aquí, pese a las enormes dimensiones de la orquesta, sonaron claros, perfectamente afinados y nos regalaron ese timbre juvenil y fresco del que hacen gala.

Las mujeres del Coro RTVE finalizaron su temporada con otra buena actuación en la línea de trabajo de la extraordinaria Vida breve de Manchester. Sólido sonido, buen empaste pese a las dificultades de los casi ahogados pianísimos finales, y una clara dicción marca de la casa (se habría agradecido, eso sí, que su intervención hubiera sido de memoria). Y en la orquesta, que lucha cada tarde contra viento y marea por hacer su trabajo con la máxima profesionalidad, excelentes papeles de Christian Ibáñez con un emocionante y preciso solo interno de trompeta, y de Ximo Vicedo, que imprimió de colores, emoción y desgarro su canto con el trombón, sobreponiéndose a una dirección muy trabada. El público agradeció el esfuerzo de los intérpretes con una larga ovación en la que hubo tiempo para recoger el aplauso por parte de solistas, secciones orquestales y ambos coros.