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CRÍTICA / Beethoven nunca defrauda


Madrid. Auditorio Nacional. 7/XI/2018. Beethoven: Integral de las sonatas para piano y violín (I). Frank Peter Zimmermann, violín. Martin Helmchen, piano.

Rafael Ortega Basagoiti

Primer concierto del integral beethoveniano que Zimmermann ofrecerá en el Liceo de Cámara. Si hace años, al filo del cambio de siglo, lo hizo con Christian Zacharias, ahora lo afronta con el más joven Martin Helmchen (1982). El orden cambia también, y lo que entonces fue concierto final (las tres últimas sonatas del gran sordo) han sido esta vez la apertura, decisión que puede sorprender (no es lo más habitual comenzar un integral por las obras postreras). Comenté para SCHERZO no hace mucho tiempo el disco que Helmchen grabó para Alpha con las Diabelli, que, aunque no deslumbraban, si se antojaban cuidadosamente trabajadas y elaboradas, con un resultado notable en cuanto a sonido y coherencia de expresión. Me temo, por desgracia, que tales parámetros distaron de estar presentes aquí. Helmchen ofreció un sonido duro, áspero, un tanto espeso, particularmente a partir del mezzoforte. El registro por debajo de dicha intensidad pareció estrecho y se mostró con parquedad. Si en el disco el empleo del pedal de resonancia pareció mesurado, aquí resultó bastante generoso. Y la mezcla de tempo con tendencia a la rapidez, pedal generoso y sonido duro suele dar como resultado, entre otras cosas, poca claridad de discurso, algo que, en efecto, ocurrió.

Zimmermann combinó divinamente con Zacharias en su momento (y este, desengañémonos, está en otro nivel como pianista respecto a su colega de ahora, o quizá debería decir que lo estaba en su momento, cuando ofreció el ciclo precitado). No me dio la impresión de que las cosas fluyeran de la misma forma esta vez, especialmente en la última sonata, un tanto desangelada. Faltó cantable en el Tempo di minuetto de la Op. 30 nº 3, y como consecuencia, se echó en falta la indicación ‘grazioso’ que Beethoven también prescribe. Algo parecido ocurrió en la tercera variación del Andante de la Kreutzer. No cabe duda que hubo en las versiones ímpetu y nervio, y entre eso y la vibración propia de esa música superlativa que es la de la mencionada sonata, el resultado global puede ser, cómo no, disfrutable. De hecho puede decirse que esa trepidación de la Kreutzer marcó el punto más alto de la velada. Pero en demasiadas ocasiones los excesos desde el teclado lesionaron seriamente el balance y, con él, mermaron la excelencia del resultado global.

Zimmermann lució, aunque no siempre con la continuidad deseable, su hermoso sonido, con esa facilidad casi insultante con la que maneja el arco y extrae un sinfín de colores de su magnífico Stradivarius. Pero en algunos momentos el vibrato se antojó de amplitud excesiva para este repertorio, y, cosa inhabitual en él, hubo también ocasiones aisladas de entonación no perfecta. Velada pues, en la que por encima de todo triunfó la soberbia música de Beethoven, especialmente la de la bellísima Kreutzer, pero que, como interpretación, quedó por debajo de la expectativa que cabía esperar teniendo en cuenta el nivel de sus protagonistas, muy especialmente de ese gran violinista que es Frank Peter Zimmermann. Lo cierto es que Beethoven… nunca defrauda.