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CRÍTICA / Bandoneón limeño que en Madrid te abandoné


Madrid. Iglesia Evangélica Alemana. 19-I-2019. Claudio Constantini, bandoneón. Obras de A. Marcello, Satie, Troilo, Dames, Gardel, Piazzolla y De Caro.

Javier Serrano Godoy

Ocurre habitualmente en las artes un fenómeno de extraño poder que no resulta fácil de describir. Muchas y muy diversas veces es posible encontrar singulares explosiones de color, de magia y de sensaciones encerradas en pequeñas muestras físicas, mínimas, casi simbólicas, pero que en el fondo encierran una espiritualidad titánica.

Y es esto precisamente lo que ocurrió hace escasos días en el incomparable marco de la Iglesia Evangélica Alemana de Madrid. Cada una de las minúsculas piezas de los mosaicos que allí reinan reflejaron los enronquecidos y dolorosos sonidos (parafraseando ese viejo tango de Contursi y Bachicha) del bandoneón que Claudio Constantini mecía sobre sus rodillas. El objeto en cuestión, un precioso instrumento de 1936 bajo el apellido Arnold (acaso la casa más importante en la fabricación de este artífice germano de adopción rioplatense), se comportó como un pequeño coloso en los ocho dedos del brillante artista limeño.

Asombró no sólo la apabullante paleta sonora del reducido artilugio, que se paseó con absoluta elegancia y soltura sobre el variado programa que respiraba, sino la enorme flexibilidad que cobraba en manos de Constantini. Este singular artista, que también es un pianista de primera categoría (y así lo atestiguan sus excepcionales registros discográficos de C. Debussy), supo bascular entre la concreción escolástica del universal concierto para oboe de Marcello (puesto en dedos por ese esponjoso J. S. Bach que tan pronto transcribía a G. Torelli al clave como imitaba a los franceses al órgano) y la libertad nostálgica que da el tango más certero que pueda sacarse de la pluma de Aníbal Troilo (“El bandoneón mayor de Buenos Aires” en palabras de Julián Centeya), de Julio de Caro, del rosarino Dames y por supuesto, del único, irrepetible e imprescindible Gardel, y su inseparable Le Pera.

Y aún así no le faltó tiempo para tener una deuda con un arrebatador E. Satie, que seguramente blasfemaría enfurecido (imagen encantadora, imposible negarlo) como lo hacía cada vez que alguien recitaba las indicaciones poéticas de su música para piano, al escuchar cada una de sus tres Gnossienes con una profundidad y una atmósfera casi litúrgicas, y de una melancolía que podría cerrarle a cualquiera el corazón. El mundo de la música aún tiene una irracional deuda con Satie, quien precisamente hizo fluir un medio desconocido tango entre sus discretas creaciones pianísticas.

Dejamos para un punto y aparte, y no merece menos, la evocación de Astor Piazzolla en este concierto. Pedro y Pedro supuso un auténtico dueto de placeres para aquellos a los que les tiembla más de un músculo al escuchar al maestro del Libertango. Pero lo que vino después con la reinterpretación de Adiós Nonino encumbró un programa que había echado a volar al público ya con la efervescente y original interpretación de Volver, en un estilo quasi o totalmente improvisado, que sólo puede ser el mejor síntoma de un artista apasionado al entender su instrumento con total síntesis. Y es que, si con el tango rioplatense el bandoneón alcanzó la cúspide, con Piazzolla entró en órbita hacia esferas que parecían inalcanzables.

Terminamos ya en este punto diciendo que queremos más. Queremos más no sólo de esa fresca y necesaria reencarnación que puede suponer el proyecto Bach a punto de salir adelante, ni sólo de ese mencionado fruto discográfico en torno al tango, sino que esperamos más de un artista de semejantes posibilidades. Mientras tanto, seguiremos aguardando afanosamente la esperanza de un sábado más en compañía de El Canto de Polifemo, ya sea entre las conventuales paredes de las queridas Góngoras, o bajo la atenta mirada del órgano que gobierna la Iglesia Evangélica Alemana.