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CRÍTICA / Bajo la mirada de Plinio


Tomelloso. Teatro Municipal. 28-X-2017. Donizetti, L’elisir d’amore. Eduardo Ladrón de Guevara, Alicia Hervás, Javier Galán, Alberto Arrabal, Alejandra Acuña. Orquesta Filarmónica de La Mancha. Coro Quercus Robur y Coro Femenino de Tomelloso. Director musical: Francisco Antonio Moya. Dirección de escena. Ignacio García

Arturo Reverter

Hace poco hablábamos en estas páginas del mérito de la AGAO, Asociación Gayarre de Amigos de la Ópera de Pamplona al persistir, con medios modestos y escasas ayudas, luego de una ardua labor de años, en representar, para solaz de los buenos aficionados, al menos un título por temporada, en este caso La cenerentola de Rossini. Igual o mayor reconocimiento es el que merecen otras asociaciones como la recién nacida AMAO, Asociación Manchega de Amigos de la Ópera, son sede en Tomelloso, que pretende ser "un referente cultural en la región para el público y los profesionales y estudiantes del arte lírico vinculados a nuestra tierra".

Los de la AMAO, con José Ángel Treviño al frente —también en labores de ayudante de producción—, se han lanzado al ruedo y han organizado dos representaciones de L’elisir d’amore, una en Villarrobledo y otra en Tomelloso. Con resultados loables, que deben ser apreciados con mucha relatividad y buenas dosis de bondad teniendo en cuenta los medios y las dificultades económicas. Han contado con uno de los montajes de la incansable e itinerante Producciones Telón, con la que suele colaborar Nacho García, hace muy poco nombrado director del Festival de Teatro de Almagro, que en esta ocasión ha ideado, junto a Alejandro Contreras, un sencillo y alegre decorado, presente en todos los cuadros, a modo de placita lugareña, espacio destinado también a la recogida de la siega, con la biblioteca del pueblo en primer plano. La dirección escénica, siguiendo esos presupuestos, estuvo aquí a cargo de Ana Tébar.

Las idas y venidas están bien organizadas en el estrecho escenario, aunque el coro, generalmente más que cumplidor, preparado por Javier Benito, aparece con demasiada frecuencia en actitud estatuaria, mirando al patio de butacas, como si estuviera dando un concierto. La acción se anima con alguna que otra gracieta y con chascarrillos varios, con detalles en algún caso de gusto dudoso (esa micción de Belcore) y con el continuo uso de una bicicleta arriba y abajo. Los figurines (de Mariana Mara y de Taller de Indumentaria A. Santa Ana) son muy vistosos pero no siempre bellos. Los estrafalarios soldados —que, por cierto, no aparecen siempre que tienen que aparecer—, el sargento Belcore, Nemorino y otros portan prendas de dibujo y colorido coincidente: a cuadritos blancos y rosas, como un juego de mantelería. Barroco, exagerado a más no poder, el atuendo de Dulcamara, dominado por unas iluminadas, gigantescas e improbables alas de libélula o similar.

La representación se desarrolló en lo musical, no sin esporádicos desajustes, desigualdades métricas no importantes, bajo la batuta, clara, dominadora, trabajadora en todos los planos, insinuante y cadenciosa cuando a mano venía, con aplicación del lógico rubato que esta música demanda, de Francisco Antonio Moya, profesor en el Conservatorio de Alcázar de San Juan, compositor, arreglista y titular de esta denominada Filarmónica de La Mancha (aunque no recibe ningún tipo de subvención oficial), constituida por algo más de una veintena de músicos —lo que impide, por ejemplo, que la madera sea a dos—, muchos de ellos profesores en conservatorios de la zona. El conjunto sonó bastante afinado y, en general, rudo, agreste, lo que no siempre fue negativo teniendo en cuenta lo que de popular, de pueblerino, de sano y natural tienen las melodías de este Donizetti.

El balance entre foso —demasiado enterrado— y escena funcionó en general y sólo en muy contadas ocasiones lo instrumental tapó a lo vocal, lo que favoreció que coro y solistas pudieran ser escuchados casi siempre con claridad, incluso en aquellos casos en los que aparecieron las timideces; como las protagonizadas por la soprano Alicia Hervás en su cabaletta final, cantada casi a media voz cuando, como había demostrado hasta entonces, tiene volumen y arrestos para enunciarla a toda presión. El suyo es un instrumento de lírico-ligera, a veces más lo primero que lo segundo, dotado de cuerpo suficiente, homogénea, de atractiva cristalinidad, extensa y bien controlada, con agilidades quizá faltas de una mayor exactitud. Ha de afianzarse porque posee medios, musicalidad y temple.

Nemorino fue el tenor Eduardo Ladrón de Guevara, un ligero más que lírico, de tinte agradable y pulcra línea de canto, no del todo seguro en su misión como actor y poco amigo de lanzar la voz arriba con decisión, con plenitud. Se agarra a unas sonoridades blanquecinas, habitualmente afalsetadas que le quitan personalidad al personaje y al canto. Emisión frecuentemente abierta y falta de redondez. Pero hay material y gusto. Los dos restantes protagonistas son "perros viejos" y han frecuentado ya muchos escenarios de Dios. Javier Galán, siempre timbrado, bien apoyado, profesional, conocedor de todos los recursos, delineó un Dulcamara graciosillo y movedizo, con gags bien resueltos. No lo vemos del todo en esta parte de charlatán trashumante —aparte de lo feo y exagerado de su atuendo— para la que le falta algo de recámara y de pillería. 

A lo mejor habría estado más encajado en Belcore, parte que encarnó aquí, con la soltura e histrionismo propios del caso, aún acrecentado por el propio intérprete, Alberto Arrabal, de instrumento baritonal bien dotado, de fraseo enjundioso y libérrimo. La emisión queda perjudicada en ocasiones, incluida la de los agudos, sonoros siempre, por una excesiva presencia de resonancias nasales. Nos gustó la colombiana Alejandra Acuña en el papel secundario de Giannetta. Es una mezzo lírica bien esmaltada, afinada y musical. Puede dar que hablar.

Al término de la representación nos pareció ver, unas filas más allá de donde nos encontrábamos, semiocultos, en una esquina, al jefe de policía de Tomelloso Manuel Gonzaléz, conocido como Plinio en sus andanzas y pesquisas en busca de culpables. A su lado, su amigo y colaborador Don Lotario. ¡Cuántos crímenes no resolverían en su día! Ya no estamos tan seguros de que un poco más lejos se sentara su creador, Francisco García Pavón. Desde luego, los dos primeros aplaudieron a rabiar.