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CRÍTICA / Bach y la tercera vía de Altstaedt


Madrid. Auditorio Nacional. 21-IV-2018. Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Música de la Universidad Autónoma de Madrid. Bach, Seis suites para violonchelo solo. Nicolas Altstaedt, violonchelo.

Eduardo Torrico

Como elemento conciliador entre historicista y antihistoricistas surgió hace ya algún tiempo lo que se dio en llamar "tercera vía". Consistía básicamente en interpretar la música barroca y la clasicista con instrumentos modernos pero con criterios históricamente documentados. Con el paso de los años, la tercera vía se ha convertido en una libertad extrema por parte del intérprete para hacer lo que realmente le da la gana sin tener que rendir cuentas a nadie de por qué lo hace así. El violonchelista franco-germano Nicolas Altstaedt lo ha demostrado en Madrid, en ese auténtico tour de force que suponer tocar de corrido las Seis suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, que tal vez constituyen la más elevada cumbre de la literatura violonchelística de todos los tiempos.

Como representante de esa tercera vía, Altstaedt toca estas obras de Bach con cuerdas metálicas, pero con arco barroco (o, al menos, con un arco que tiene la forma de barroco, aunque está especialmente construido para él por un arquetero mexicano afincado en Holanda a fin de que las crines soporten la tensión del metal). No usa pica, sino que sujeta el violonchelo entre las piernas (pero está tan poco habituado a hacerlo, que después de cada suite tiene que estirarlas para que no se le queden entumecidas). No hace uso del vibrato, sus articulaciones son estrictamente barrocas y sus tempi son tan rápidos como los de los especialistas barrocos (a veces, incluso más rápidos). Y para la Sexta suite no recurre a un violonchelo piccolo, sino a una copia exacta del instrumento con que interpreta las otras cinco, a la que añade una quinta cuerda.

Explicados estos pormenores, sin duda peculiares, digamos que el sonido que sale de su violonchelo es potente y, a la vez, extraordinariamente transparente. Sus dedos se mueven con una velocidad prodigiosa y no falla ni una nota. Pero, claro, para afrontar las seis suites seguidas se dosifica: no hace todas las repeticiones y se reserva (física y musicalmente). Tal dosificación supuso que escucháramos una Primera suite antológica, pero que las tres siguientes no pasaran de notables. Se debió de sentir con fuerza suficiente para el tramo final, porque la Quinta y la Sexta alcanzaron de nuevo el categoría de sublimes.

Altstaedt pasa por ser uno de los mejores violonchelistas de nuestros días (al menos, de entre los violonchelistas modernos) y en esta visita a Madrid (no se prodiga mucho en España) demostró que, en efecto, lo es. Sin embargo, a veces da la sensación de ser una máquina infalible, perfecta. Pero una máquina a fin de cuentas. Y las máquinas, ya se sabe, no tienen sentimientos: en algunos de los pasajes en estas suites bachianas se echó en falta hondura, lirismo, pasión... Impresiona, aunque acaso no conmueve como son capaces de conmover otros. Pero esto, ya se sabe, va al gusto del consumidor.

Desde luego, no seré yo quien le ande poniendo pegas al Bach de Altstaedt. Me podrán gustar más Bijslma (cuando tocaba) o Wispelwey (que, aunque violonchelista moderno, es de una absoluta escrupulosidad historicista cuando toca música barroca), pero Alstaedt ha pasado ya a formar parte de mi particular parnaso en estas suites bachianas.

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