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CRÍTICA / Atrapados en la vorágine


Madrid. Café Comercial. 12-II-2028. The London Music N1ghts. Neopercusión. Obras de Aperghis, Morales, Aguirre, Meadowcroft, Nemtsov y Shlomowitz.

Arturo Reverter

En su ya acreditada serie de conciertos patrocinados por la ginebra The London nº1 y organizados por Concha Marcos y Benjamín García Rosado le ha tocado el turno —tras la anulación por enfermedad de la prevista actuación de la soprano Raquel Andueza y La Galanía— a los dos arrostrados percusionistas que conforman este conjunto madrileño: Juanjo Guillem y Rafa Gálvez, a los que se ha incorporado desde hace unos años en misiones de apoyo desde la electrónica y los teclados el compositor mexicano Iván Ferrer.

En el reducido y no muy propio escenario de la primera planta del Café Comercial, felizmente reabierto hace unos meses, estos instrumentistas han instalado sus enseres y han ofrecido un programa variado y comprometido en el que han podido exhibir sus múltiples habilidades, su destreza, su precisión, sus auténticos malabarismos en seis partituras muy distintas entre sí y, en general, no exentas de interés.

Se comenzó por Retrouvailles de Georges Aperghis (1945), interesante propuesta de lo que podríamos denominar "percusionismo corporal", en donde los dos músicos se abrazan, se palmean, se tocan rítmicamente, se interpelan mediante interjecciones y palabras inconexas, aparentemente sin sentido en algún caso. Suena a griego —nacionalidad del compositor— o a latín macarrónico. Taconeos, ruidos parásitos, sonoridades varias, como la producida por un vaso y una botella al ser arrastrados por una superficie. Hay luego una suerte de salmodia a dos voces, un intercambio verbal… y un sueño quizá reparador. Cage y Kagel estaban ahí como antecedentes.

Hugo Morales (1979) idea en RPM un divertido juego que parte de buscar sonidos electrónicos en la superficie de dos platos de antiguos tocadiscos. Se suceden chisporroteos animados por golpes de pequeños bombos que marcan un ritmo constante. El discurso, bastante monótono, se cierra con el áspero ruido que se extingue poco a poco. Más divertida y creativa pareció la obra de Louis Franz Aguirre (1968), Yalodee I, que combina de manera aparentemente indiscriminada músicas de procedencia cubana e indostánica, como subrayó en su acostumbrada y sui generis presentación Guillén. Se discurre por compases irregulares de extrema complejidad en una narración sustentada por los más diversos parches, que la arman buena recorriendo un buen número de grados de la gama auditiva. Hay una evidente carga ancestral de raigambre étnica en el continuo diálogo. Aparecen otras fuentes sonoras, otras superficies de contacto. Pareciera que los golpes y el ritmo sobre el que circulan fueran ecos de palmas por bulerías. El tribal y variado curso se altera de vez en vez por el golpeteo de las manos. Todo se acelera y gana en virtuosismo y los golpes se multiplican, al tiempo que surgen aires danzables hasta llegar a un auténtico y virtuoso tourbillon final.

La segunda parte comenzó con Cradles de Thomas Meadocrowft (1971), que hace oír sonidos electrónicos que provienen del paso a mano de cintas magnetofónicas sobre sus cabezales. El espectro tímbrico es refinado y escuchamos aguas delicadas, orientalizantes, provenientes también de variados y pequeños instrumentos ad hoc. Hay golpes de platos, crescendi, diminuendi, efectos exquisitos que proporcionan una atmósfera cuasi mágica. Sarah Nemtsov (1980) nos presenta en Cards with Cummings (VI. He wistfully dead) a Guillem en solitario manejando instrumentos de la calle golpeados, a veces sañudamente, con dos baquetas. El ruido se entremezcla con el entrecortado recitado de ese poema de Cummings que aparentemente no tiene mucho sentido.

El concierto concluía oficialmente con Popular Contexts vol. 6 de Matthew Shlomowitz (1972), con vibráfono, caja y teclado como protagonistas. Es el primero el que lleva la voz cantante. Apreciamos ricas sonoridades e incluso una leve línea melódica no exenta de encanto. En la segunda parte todo parece más quebrado, aunque la voz de las láminas está siempre presente como refuerzo armónico, mientras los parches sirven de refuerzo rítmico.

Los aplausos de un atento público que colmaba la estrecha sala obligaron a regalar una pieza del holandés Jacob Ter Veldhuis, Grabit!, como se nos informó después. En ella, con frases grabadas en el corredor de la muerte de alguna prisión norteamericana como salmodia de fondo, Guillem se desdobló ante el vibráfono ofreciendo unos pasajes desaforados, vertiginosos, con el apoyo de los parches, de auténtico virtuosismo. La temperatura se elevó con el desencajado aire exótico y todos quedamos atrapados en la vorágine. Y el gin-tonic nos sentó la mar de bien.