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CRÍTICA / Ashkenazy: Ni frío ni calor


Madrid. Auditorio Nacional. 5-VI-2017. XXII Ciclo de Grandes Intérpretes. Vladimir y Vovka Ashkenazy, pianos. Obras de Schubert, Smetana, Ravel y Rachmaninov.

Rafael Ortega Basagoiti

No son muy habituales los programas de dúo de pianistas, lo que es sin duda una lástima porque el repertorio para esta combinación es bastante amplio y contiene obras de gran interés, con Mozart (su extraordinaria Sonata K. 448 por ejemplo) o Schubert como autores de bandera, pero sin olvidar a Brahms o Ravel, entre otros. En esta ocasión, los Ashkenazy (el octogenario y celebérrimo Vladimir, más dedicado a la batuta en las últimas décadas, pero al fin, no lo olvidemos, excelente pianista que en su día ganó nada menos que el concurso Reina Elizabeth, y su bastante menos conocido hijo, Vovka) presentaban un programa algo atípico. En el interesante catálogo de obras para dúo de pianistas de Schubert, no es el Divertimento a la húngara D. 818 la más interesante, pese a su popularidad inicial, y quizá hubiera sido de agradecer la inclusión de la Sonata Gran Duo D. 812 o la colosal Fantasía D. 940.

En todo caso, el divertimento tiene, especialmente en su último tiempo, materia sobrada para disfrutar. Por desgracia, nos llegó en una traducción tan pulcra y equilibrada en las voces como plana en la expresión, estrecha la dinámica, ausente el sabor, sin la gracia y el vuelo que tiene la música de Schubert, sin asomo de su encanto, aquí manifiestamente alicaído. La versión pianística del archiconocido Moldava es con buena lógica poco frecuente, porque el dibujo melódico y el colorido sonoro de la partitura orquestal que ha hecho a la obra famosa está tan logrado que escucharla en dos teclados le deja a uno una sensación de que aquello no termina de funcionar. Pero además tampoco los Ashkenazy contribuyeron a dar otra impresión, con una interpretación de estrecha dinámica, adelgazada la amplitud de los reguladores que tanto hacen en esta página, sólo con algo más de enjundia en el climax cerca de la conclusión.

La cosa no mejoró en una sosa Rapsodia española de Ravel, nuevamente ausentes el colorido, la atmósfera, la sugerencia de ritmo y color, esa especial sensual efusión que subyace en la obra del francés. Más idiomática la Suite nº 1 de Rachmaninov, con las resonancias de Mussorgski que aparecen en la "Pascua" final captadas de forma más plausible. El vals de Glinka ofrecido resultó de nuevo bastante soso y su propio dibujo, sumado a esa falta de sabor, lo hizo más repetitivo de lo que es. Velada, en suma, sin pena ni gloria. La cosa estuvo como la tarde... ni frío, ni calor.