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CRÍTICA / Arpa, gin-tonic y música antigua


Madrid. Café Comercial. 12-XI-2018. Sara Águeda, arpa. Obras de Fernández de Huete, Ruiz de Ribayaz, Cabezón, Martín y Coll, Hidalgo y anónimas.

Michael Thallium

Una de las ventajas de las grandes ciudades es que uno puede encontrar casi de todo lo que se pueda imaginar... y más. El pasado día 12 de noviembre, los madrileños y no madrileños que lo sabían pudieron acercarse al histórico Café Comercial que da lustre a la popular Glorieta de Bilbao para ver y escuchar el arpa ibérica de dos órdenes que trae aires de otros siglos pasados en los que el teatro y la música, fundidos en artístico abrazo, fueron el oro de la cultura hispánica.

The London Music N1ghts —un juego de palabras entre la marca de ginebras The London Nº 1 y música— es una iniciativa, comisariada por el periodista Benjamín García-Rosado, que surgió en 2017 y que este año cumple su segunda temporada. La colaboración entre la marca de ginebras, LaFonoteca y el Café Comercial ha hecho posible que un año más podamos disfrutar de músicos, en su mayoría españoles, de gran reconocimiento internacional. Es un modo muy original de acercar la música clásica a las personas que normalmente no acuden a una gran sala de concierto para escuchar ese tipo de música.

En esta ocasión, Sara Águeda, arpista especializada en música antigua y persona dicharachera donde las haya, se las ingenió para conectar con el público tañendo las cuerdas del arpa ibérica, instrumento rey en la España de los siglos XVI y XVII, con canciones y tonos humanos de los compositores que ensalzaron en su día este instrumento del que se tienen noticias por primera vez en el año 1555 (Declaración de instrumentos de Juan de Bermudo). Sara Águeda demostró saber poner en práctica lo que dice en la entrevista publicada en la revista SCHERZO del mes de noviembre: acercar la música antigua a la gente e interpretarla en entornos más modernos. Fiel al atuendo negro que la caracteriza, con ese pelo suyo largo y ensortijado, la única nota de color la ponían unos labios rojos que hacían juego con los lazos también rojos de sus zapatos negros. El programa estaba dividido en dos partes, con un intermedio para poder disfrutar, quien así lo deseara, de un buen gin tonic y buena conversación.

La primera parte, cuyo programa sufrió alguna alteración en el orden de las obras —añadiendo también una nueva, Yo soy la locura—, comenzó con una presentación hecha por la propia Sara Águeda sobre el arpa ibérica de dos órdenes. Sara guió al público entre obra y obra explicando de viva voz las peculiaridades de la música que iba a interpretar. Pero no solo su voz hablada fue la que acompañó a sus tonos, también su voz cantada, cumpliendo así con la tradición de este instrumento: los arpistas herían las cuerdas del arpa para acompañarse en el canto de su voz. Las dos primeras obras fueron Canción alemana y Gaitas de Diego Fernández de Huete (1635-1713). Después llegó Achas de Lucas Ruiz de Ribayaz (1626-1667), obra en la que las manos de Sara Águeda recorrieron el arpa como arañas juguetonas. A continuación, llegó el primer tono humano de la noche, La rosa enflorece, un anónimo sefardí: la rosa enflorece en el mes de mayo y mi alma se oscurece sufriendo del amor… El recital prosiguió con más obras de Ruiz Ribayaz (Pavanas, Españoletas y Xácaras) concluyendo con otro tono humano anónimo del siglo XVII, Yo soy la locura.

La segunda parte la conformaron las obras Pavana de Antonio de Cabezón (1510-1566), Zarambeques, obra con ritmos y melodías de influencia latinoamericana —el arpa de dos órdenes viajó a América Latina con las misiones jesuíticas— de Diego Fernández de Huete, No hay más flandes, otro tono humano anónimo: ¡No hay más Flandes, ni hay mejor vida que estar como jilguerillo, alegre y siempre cantando al son del tamborilillo. Luego siguieron Canción italiana y Canarios de Antonio Martín y Coll (1580-1634). Y a continuación, llegó El hechizo, una tarantela de Ruiz de Ribayaz que Sara Águeda interpreta de una forma muy personal, comenzándola lenta para terminar rápida. Después, llegaron La noche tenebrosa de Juan Hidalgo (1614-1685) y Folías de Martín y Coll. El broche de oro lo puso una especial propina con la que Sara Águeda obsequió al público. Se trataba de un Pasacalle en la menor sobre el que la arpista improvisó y al que superpuso su voz cantando La llorona, una canción del folclore mexicano que Chavela Vargas y Lila Downs popularizaron en la segunda mitad del siglo XX.

En definitiva, Sara Águeda acercó la música antigua al Café Comercial transformándolo en una especie de moderna corrala donde las gentes se reúnen socialmente para conversar, beber y participar de la música.