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CRÍTICA / Aromas de buen gusto en el recinto sacro


Madrid. Iglesia de las Mercedarias Góngoras. 20-V-2017. Aeterna Musica. Ensemble vocal Fonteviva. Gudrún Ólafsdóttir, mezzosoprano. Mercedes Guzmán, oboe. Francisco Javier Jáuregui, guitarra. Ángel Luis Quintana, violonchelo. Jesús Pastor, coreografía y danza. Obras de Monteverdi y Del Puerto. 

Arturo Reverter

Esta asociación privada organiza sustanciosos conciertos en el bello espacio barroco de la Iglesia de las Mercedarias, sita en el centro de Madrid. En esta ocasión se combinaban partituras de Claudio Monteverdi (1567-1643) y de David del Puerto (1964). Del primero pudimos escuchar cinco madrigales entresacados de los libros segundo, quinto y sexto, lo que permitió apreciar la evolución paulatina de la armonía del músico cremonés de la prima a la seconda pratica. En la interpretación de las cada vez más complejas líneas, de las imitaciones y de los contrapuntos se esmeraron con entusiasmo los cinco componentes del Ensemble Vocal Fonteviva, relativamente conjuntados, con una base armónica algo feble, pero que cantaron con la debida intensidad.

El camino que desde 1985 ha recorrido David del Puerto revela cómo son de cambiantes las cosas en el arte y cómo los artistas y creadores están muchas veces despiertos, atentos a todo lo que se mueva, cómo pueden ser de porosos y cómo van eliminando gangas, depurando sus formas de expresión en una continua búsqueda de autenticidad. Esa es una palabra que cuadra muy bien al estilo y al proceder del músico madrileño, que ha logrado ya muchas veces traducir a sonidos lo que quería decir.

A día de hoy el compositor ha conseguido un dominio de la materia, un control de sus medios y una claridad de discurso raros. Sólo de esta manera es posible plantear una partitura como la que ha conocido aquí su estreno y que lleva por título Cantos de Quirce, sobre 12 grupos de haikus, brevísimos poemas de carácter surrealista, imaginativos, graciosos en algún y caso tocados de una sorprendente inventiva, de los que es autor Francisco M. Quirce, uno de los responsables de Aeterna Musica. Del Puerto maneja, en hábiles y sugerentes combinaciones, un cuarteto vocal, una mezzosoprano solista, una guitarra, un violonchelo y un oboe. 

Además, en lo visual, se contó con la coreografía y la danza de Jesús Pastor, buen bailarín, que ideó una coreografía un tanto rebuscada y que realmente no aportaba nada a la composición, no pensada con tal fin. Las idas y venidas de la esbelta y elegante figura tampoco eran siempre visibles en el ámbito de la iglesia. La música de Del Puerto, delicada, sugerente, irisada, fresca, bien ensamblada, tímbricamente rica y coloreada, con pasajeros ecos de un Poulenc o un Ibert, nos proporcionó buenos momentos de disfrute. Muy atractiva, por ejemplo, la escrita para el nº 4, Primera Sonata, que incluye cuatro haikus, en los que la voz de la mezzo combina con los tres instrumentos citados, en un discurso abundante de melismas, de corte ternario y evidente aire jazzístico. Graciosos los pizzicati del chelo y la larga nota final del oboe para rematar esta terceta: "Oro es la abeja/que chupetea el polen/de las estrellas".

Los melismas, las imitaciones, los ricos contrapuntos animan el curso del nº 5, Madrigal: Alba, que ofrece expresivas disonancias. Los arpegios y el tono de soliloquio de Canción del mar, nº 6, para mezzosoprano y guitarra, son de una claridad solar y la Segunda Sonata, nº 8, para mezzo, guitarra y chelo, se enriquece con un formidable y cálido solo de este instrumento —muy bien Quintana—, que a lo largo de sus cinco tercetas nos envuelve en aromas aflamencados, en la línea de Paco de Lucía. Muy bello es el cierre con una sigilosa vocalise. Tiene su encanto el hermoso solo de oboe —estupendo sonido el de Guzmán— de Canción de la madreselva, nº 10, donde la voz canta sobre arpegios de guitarra y magnífico el nº 12, Ritual de azahar, final de la obra, con sus juegos de imitaciones en los que se alternan el cuarteto vocal y los tres instrumentos.

Pudimos degustar de una interpretación llena de sabor, de efusión y de cuidadoso engarce, logrado en momentos de difícil medida gracias en ocasiones a la eficaz gestualidad, partitura en ristre, de la mezzo islandesa afincada en nuestro país Gudrún Ólafsdóttir, de timbre claro, vibrátil, y musicalidad a prueba de bomba. Como los de los restantes miembros del complesso