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CRÍTICA / Apreciable limitación mística


Murcia. Auditorio y Centro de Congresos Víctor Villegas. 25-II-2018. Les Musiciens du Louvre. Director: Marc Minkowski. Obras de Bach.

José Antonio Cantón

La vuelta de Marc Minkowski y sus Les Musiciens du Louvre al auditorio murciano interpretando uno de los paradigmas de la historia de la música occidental como es La Pasión según San Mateo de Bach ha significado el momento culminante de su temporada. El prestigio de este famoso grupo francés, desde que fuera fundado por este su director titular allá por el año 1982, se ha mantenido a lo largo de más de tres décadas en el repertorio barroco, derivando en los últimos años a mostrar creciente interés por la interpretación de música clásica y romántica desde criterios historicistas, hecho que viene apoyado por la utilización de instrumentos de época.

Para esta ocasión, Minkowski ha contado con un interesante plantel de cantantes, entre los que ha destacado el tenor Anzio Zorzi Giustiniani llevando el hilo conductor del relato en su papel de evangelista. La calidad de su voz enriquecía los diversos recitativos en los que se describe y anticipa la acción, haciendo que su canto elevara a la máxima expresividad el contenido del texto, cargando siempre de dramatismo el mensaje. Fue el cantante que más se adecuaba al sentido místico que debe implementar esta obra, que sin duda supone un acto de fe para su autor, y algo más que un concierto para aquellos que asistían a su primera interpretación aquel 15 de abril de 1729 en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig.

El concepto transmitido por Minkowski, lejos de planteamientos más puristas como el asumido por Helmut Rilling y su Bach-Collegium Stuttgart, que ofrece en esta obra una impronta cuasi-litúrgica, cae en la trampa de la estética del espectáculo que puede permitir el escenario de este auditorio, por el que ha movido a los cantantes, situados delante de los instrumentistas en formación coral, ya que tuvieron la doble misión de solistas y coralistas. En este sentido y en cuanto a su distribución hay que resaltar la asimetría de ambas formaciones, cuestión no demasiado relevante dada la cambiante cantidad de músicos y cantantes que cada año en vida del autor se podía disponer. Fuera del contexto meramente luterano del principio teológico de la justificación, Minkowski, en una vuelta de tuerca, ha querido que cada miembro de su grupo asuma paradójicamente una intención religiosa de carácter profano en su manera de expresar la música de esta obra.

Un aspecto relevante de esta Pasión es la participación del coro que, en esta ocasión estaba integrado por los solistas cuyas voces rompían la homogeneidad vocal deseable, de manera destacada dado desigual timbre vocal ambas sopranos, Maïlys de Villoutreys y Laure Barras, y el carácter metálico de la voz del bajo Thomas Dolié en su papel de Jesús. Su compañero de cuerda Norman D. Patzke manifestó mejor respuesta cantando la meditación subsiguiente a la muerte de Jesús, previa a la escena de su entierro. La diferente resonancia de la voz de la contralto Helena Rasker, según la  altura y potencia de emisión, dejaba una sensación de extraña doble expresividad en su canto, lo que se pudo apreciar ya desde su primera intervención, el aria que contiene en sexto número, donde un pecador pesaroso anuncia con llanto el sufrimiento al que va a ser sometido Cristo.

Muy interesante fue la intervención del violagambista argentino Juan Manuel Quintana acompañando al bajo en la meditación frente a la cruz que contiene el aria que ocupa el número inmediatamente previo al inicio del relato de La Crucifixión, muerte y entierro de Cristo. Ciertamente fue un momento cumbre de esta interpretación en el que apareció en toda su plenitud esa profunda religiosidad de Bach que tan respetablemente se intenta alcanzar en las versiones alemanas, más en sintonía con la espiritualidad luterana, austera en los detalles, mística en emoción y de solemne ritualidad. Este último carácter, que ha de ser asumido por los dos coros y las dos orquestas, quedó desfigurado por exceso de velocidad en ese momento cumbre de tensión dramática cuando las turbas se mofan de Cristo, reprochándole que no puede salvarse a sí mismo bajando de la cruz, en el inicio de la parte final del relato evangélico.

Con todo, la obra se percibía incólume ante una versión posiblemente algo superficial, orientada más a su lucimiento en un auditorio que a hacer que la mística musical de Bach emocionara al espectador. Su grandeza estética brotaba pese a este planteamiento, dejando en el oyente ese efecto mayestático de su inspiración. A Marc Minkowsky se le ha percibido con menor enjundia musical, aun dirigiendo con batuta, elemento no especialmente necesario para la conducción de esta sublime creación. Les Musiciens du Louvre reflejaron tal estado de su titular, haciendo una interpretación con demasiadas aristas en su construcción, que impidieron la unidad cósmica que pide esta obra maestra del pensamiento musical.