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CRÍTICA / Amplia panorámica del clavecín


Jaén. Sacristía de la Catedral. 09-III-2018. Ton Koopman, clave. Obras de Sweelinck, Bruna, Cabanilles, Buxtehude, Froberger, Fiocco, Forqueray, Duphly, Bustijn, Purcell, Bach y Soler.

José Antonio Cantón

Uno de los conciertos más esperados del recién estrenado Festival de Piano de Jaén ha sido el que ha protagonizado Ton Koopman, gran intérprete de música barroca para teclado y director de orquesta que, desde hace tres décadas, viene ocupando un lugar destacado entre las primeras figuras de su especialidad en el panorama internacional. Se presentó en un lugar único del arte de Andrés de Vandelvira, como es la Sacristía de la seo jiennense, todo un portento de las proporciones áureas llevadas a su máxima expresión arquitectónica. Dadas sus dimensiones que no llegan a los trescientos metros cuadrados, sólo permitían un aforo bastante limitado para la trascendencia del evento, aunque se ganaba en esplendor escénico y en generosidad acústica. Koopman empleó para su recital un clave construido en 2010 por Rafael Marijuan siguiendo los cánones de un instrumento de Ioannes Ruckers realizado en 1616, afinado a un temperamento de cuatrocientos dieciocho ciclos.

Disponer de un instrumento lo más aproximado a la bondad que tuvieron los teclados salidos del taller de los Ruckers implicaba una afortunada correspondencia con el arte del intérprete, que inició su actuación con la música de su compatriota Jan P. Sweelinck, verdadero maestro en el periodo de transición entre el renacimiento tardío y el primer barroco. Clavecinista e instrumento se fundieron en una sola realidad musical en su Paduana lachrimae en Si menor, expresada con una muy contenida serenidad emocional, estado anímico que fue arrollado por la incontinencia de los aplausos de un público poco sensible a la magia de un recital de esta naturaleza. Debió advertírsele de que solo se aplaudiera a final de cada parte, con lo que se hubiera disfrutado de las evoluciones de Koopman, experto como pocos en saber enlazar el lenguaje musical barroco contenido en cada obra.

Con tres piezas de autores españoles como el darocense Pablo Bruna y el algemesinés Juan Cabanilles, destacando de manera especial en la Corrente italiana en Re menor de este último, aparecieron esos arrebatos que caracterizan a Koopman en los pasajes que requieren velocidad y vibrante ritmo. Otro momento significativo del recital fue cuando se adentró en el genio musical de Dietrich Buxtehude con la partita ordenada con el número 179 de su catálogo. Se podía pensar que esta obra iba a marcar el culmen expresivo de la primera parte del recital, supuesto que hubo de ser descartado ante la sublime belleza con la que interpretó la Tombeau de Mr. Blancrocher de Johann Jakob Froberger. La tonalidad menor de Do favoreció un altísimo grado de intensidad emocional que hizo pareciera innecesaria la sonata subsiguiente del bruselense Joseph-Hector Fiocco que, salvo la solemnidad de su Adagio inicial, fue por momentos atropellada y concluida con exagerada sequedad.

La segunda parte tuvo un mayor atractivo por su contenido y el tratamiento que de él hizo el clavecinista. Autores como Forqueray, Purcell, Bach y Soler, muy bien encadenados dentro del programa, dejaban claro la capacidad de lectura a primera vista de Ton Koopman que, aunque se encuentre en pasajes veloces y de alto riesgo mecánico, sabe dar el sentido a cada nota para así dar valor a la obra en detalles y en su conjunto. En piezas lentas como Ground en Do menor de Henry Purcell, aderezada con sucesivos pasajes corales, dejó patente el arte del bajo obstinado como elemento inspirador de creaciones musicales desde el siglo XIII.

La actuación se aproximaba a su final con la Toccata en Sol mayor BWV 916 de Bach con la que Koopman quiso dejar constancia del dominio que posee sobre el pensamiento musical bachiano haciendo una disección estilística de cada uno de sus tres movimientos. Así supo transmitir el alegre sentido italiano del primero, saboreó el Adagio central y descubrió una cierta proposición concertante en la celeridad del Presto final, expuesto con extraordinaria soltura técnica. Ésta aumentó de prestancia en la siempre sorprendente Sonata nº 54 de Antonio Soler, con la que Koopman terminaba su actuación llenando de satisfacción a un público que, con su cerrado aplauso, llevó al clavecinista a ofrecer una preciosa versión de la sarabanda de la Quinta suite francesa BWV 816 de Bach con la que volvía a demostrar su autoridad en el tratamiento de la música del universal cantor de Santo Tomás de Leipzig, del que ha interpretado y dirigido prácticamente la totalidad de su obra.

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