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CRÍTICA / Algo muy necesario


Teatro Real. Madrid. 28-X-17. Purcell, Dido y Eneas. Adriana Mayer, Aurora Peña, Diego Blázquez, Sandra Redondo, Konstantin Derri, Urszula Bardlowska, Thiago Vaz, Javier Povedano. Ensemble de la JORCAM y Forma Antiqva. Director de escena: Rafael R. Villalobos. Director musical: Aarón Zapico. 

Daniel De la Puente

Escondida en una presunta leyenda hipster, el Teatro Real presentaba un Dido y Eneas con un trasfondo muy actual y en un montaje dirigido a jóvenes (a partir de nueve años, según el programa) que muchas veces son olvidados por los programadores de los grandes teatros en aras de proyectos pedagógicos para públicos más infantiles.

El mensaje cala hondo, aunque es solo hacia el final de la función, coincidiendo con el pulso dramático de la ópera de Purcell, cuando se hace más patente que esta estamos ante una historia con claro reflejo en la sociedad actual y que invita a la reflexión.

El silencio lo decía todo. Los chicos y chicas del público (algunos quizás demasiado jóvenes) se comportaron mucho mejor que lo que acostumbra en ocasiones el público habitual, y la atención y tensión se mantuvieron incluso en las situaciones pretendidamente cómodas pero cargadas de amargura y acidez. Símbolos claros con recursos limitados, un acierto, aún cuando iluminación, vestuario y textos podrían haber ofrecido más matices.

En el apartado musical, la función creció en calidad tras un inicio poco convincente y muy desafinado en las cuerdas (frotadas), que fueron templándose e hicieron olvidar posibles problemas técnicos a medida que avanzó la función.

Adriana Mayer conformó una Dido de extraordinaria afinación y homogeneidad en todo el registro vocal, con agudos preciosos y unos graves libres, y un personaje discreto y perfectamente adaptado a la versión. El Eneas de Diego Blázquez fue el rol mejor actuado de todos, mostrando variadas facetas dramáticas (desde la comedia hasta la tragedia) acompañándose siempre de una voz natural bellísima, y la Belinda de Sandra Redondo dejó traslucir la oscuridad de un personaje siempre ambiguo.

El coro, verdadero protagonista de esta ópera de pequeño formato, fue asumido por el resto de solistas. Estos han de hacer frente a pequeños pero complejos papeles manteniendo el tono dramático y afrontando las no pocas dificultades musicales de la partitura teniendo en cuenta que se cantan a uno por parte.

Impactante y extraordinaria la persecución de Acteón que regaló Aurora Peña y muy convincente y brillante en su ornamentación el contratenor Konstantin Derri, vestido de repulsivo oso de peluche gigante, acompañado de Urszula Bardlowska, una de las mejores voces de la producción, en el papel de segunda bruja. Completaban el reparto un discreto Thiago Vaz y el bajo Javier Povedano, que desplegó una ominpresente vis comica además de unos poderosos graves.

En lo instrumental, el continuo dejó destellos de belleza e imaginación, aunque se echó de menos algún color más, ya que el chelo no apareció prácticamente en ningún momento y fueron solo Daniel y Pablo Zapico quienes sostuvieron el bajo con instrumentos de cuerda pulsada.

Aarón Zapico acertó plenamente con la dirección musical de una ópera de la que es difícil extraer más jugo del que ya se ha obtenido en las múltiples versiones existentes. Con un gesto muy musical, clarísimo y que se adaptó perfectamente a los colores y situaciones dramáticas de cada momento, Zapico ajustó y concertó cada escena con precisión no exenta de comunicación para los músicos y para el público.

En resumen, otra producción muy necesaria resuelta con lucidez. Pedagógica pero no paternalista y sin edulcorantes, en una línea que se antoja imprescindible para construir un público —el preadolescente y adolescente— que será el que garantice que los auditorios se llenen dentro de unos pocos años, y al que los programadores tendrán que prestar cada vez más atención.