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CRÍTICA / Al límite de la expresión


Madrid. Café Comercial. 9-X-2017. The London Music N1gths. Cuarteto Quiroga. Obras de Schubert y Ginastera. 

Arturo Reverter

En este antiguo y castizo café madrileño, recientemente recuperado cara a una nueva vida, bien distinta de la que durante tantos lustros llevó, se desarrolla una curiosa y estimulante serie de conciertos de cámara organizados por los inquietos Concha Marcos y Benjamín García Rosado, según noticia que se adelantaba hace unas semanas en esta web. Además de la famosa ginebra londinense y el propio local participa La fonoteca. El pistoletazo de salida lo ha dado este ya maduro cuarteto español, cada vez más seguro, más conjuntado, más afinado y, sobre todo, cada vez más intenso desde un punto de vista expresivo. Penetran, o lo intentan al menos, en los entresijos de cualquier música unificando estilos. Y su último disco, "Terra", lo pone otra vez de manifiesto.

En este concierto, gin-tonic en mano, pudimos apreciar esas características tan definitorias. La intensidad, la presteza, el ímpetu, la necesidad de exprimir la forma y llegar al fondo pueden hacer peligrar en ocasiones el equilibrio, cosa que a la postre nunca llega a suceder porque, tras la emoción y el arrastre cordial, está in vigilandum, la mente y la clarividencia. Ejemplos hubo de todo ello en esta sesión desarrollada en un local situado en un primer piso bien insonorizado respecto a los ruidos de la Glorieta de Bilbao. 

El arranque del Cuarteto en Re menor, La muerte y la doncella, de Schubert, fue fulgurante, como debe ser: seco y cortante, expectante, para abrir de este modo la puerta a lo inefable, a lo primigenio. El núcleo motívico de ese movimiento y de todo el cuarteto, el que está en el fondo de su discurrir rítmico, es una figura elemental de blanca-tresillo de corchea-negra, que es enunciada violentamente, con repetición de la nota re, por dos veces consecutivas, a modo de fatídica señal de naturaleza muy beethoveniana, al comienzo de este Allegro. El ataque de los Quiroga fue magnífico y determinó ya el curso y la temperatura de toda la interpretación.  

El segundo tema fue llevado en volandas y los diabólicos contrapuntos del desarrollo nos dejaron sin aliento: energía primordial y aceptable claridad de texturas. El canto en su más alta expresión sobrevino en las variaciones del Andante con moto, en las que Schubert trabajó sobre la melodía base del lied que da nombre al Cuarteto. Los distintos episodios fueron desgranados con limpieza y el enunciado en sol menor poco antes de la conclusión fue atacado con auténtica dinamita en los cuatro arcos. Rara combinación de plenitud y fogosidad, otorgadas asimismo al Scherzo, esa suerte de “marcha hacia el abismo”, como la ha definido algún autor, y auténtico sabor danzable, casi salvaje, el concedido a la tarantela del último movimiento, Presto.

Los acentos perentorios, el baile en su dimensión más orgiástica aparecieron de nuevo en la composición de Ginastera, que retrata en ese su Primer cuarteto todo el espíritu del gaucho y su reflejo en una rítmica a veces desaforada; un aspecto que estos instrumentistas parecen tener muy ahormado y que acompañan con una implacable acentuación de las disonancias y un frenesí soberano. Precisión e intensidad lumínica adornaron la interpretación, convenientemente remansada en el onírico Calmo e poético, tocado con suma exquisitez, con una sutileza extraterrena. Los aplausos fueron premiados con un bis de la preferencia de estos músicos, una especie de muiñeira, una panxoliña (villancico) de 1829 escrita por Juan Pacheco, maestro de capilla de la catedral de Mondoñedo.

Para el siguiente concierto de esta serie mensual se anuncia a dos estupendos violinistas, Lina Tur Bonet y Enrico Onofri.