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CRÍTICA / Al itálico modo


Ravena (Italia). Teatro Alighieri. Trilogía de Otoño. 17-11-2017. Mascagni, Cavalleria rusticana. 18-11-2017. Leoncavallo, Pagliacci. 19-11-2017. Puccini, Tosca. Director musical: Vladimir Ovodok. Directora artística: Cristina Mazzavillani.

Juan Antonio Llorente

El festival creado en su ciudad natal por Cristina Mazzavillani Muti redondea la oferta anual cada otoño, con una trilogía operística dirigida escénicamente por ella. El hilo conductor esta vez ha sido el verismo, reuniendo las dos joyas del movimiento —Cavalleria y Pagliacci— con la Tosca pucciniana que, buscando unidad estética y asumiendo el riesgo del cliché, ha querido presentar del modo tradicional en que pudieron ser vistas en su momento en el pequeño Teatro Comunale. Recurriendo ahora a sistemas videográficos de última generación para conseguir un efecto de mayor amplitud en la reducida escena del coliseo ochocentista.

Aunque el mayor desafío para una experta como ella, desde sus orígenes como cantante lírica, ha sido cuadrar los tres carteles con voces nuevas, consiguiendo resultados que no desmerecerían en cualquier gran coliseo operístico. En Cavalleria, destacaron las prestaciones masculinas, con el exquisito hacer del barítono ucraniano Oleksandr Melnychuk (Alfio) y la buena dicción y el fraseo del tenor Aleandro Mariani (Turiddu), junto con la mezzo Anna Malavasi, que gracias a un mayor rodaje, consiguiendo dotar de naturalidad a la adúltera Lola —rojo intenso en labios y zapatos evidencian su pecado— con menor esfuerzo que su joven paisana Chiara Mogini (Santuzza) que, si por momentos adoleció de peso dramático, en otros logró estremecer al público.

Resultados similares a los conseguidos por Virginia Tola, cuyos agudos ligeramente abiertos, tendentes al grito, se compensaron con rotundos bajos en el último acto. Interesantes aquí la dicción y la presencia del sacristán Giorgio Trucco, la apostura del joven Andrea Zaupa, a quien le habría venido bien un mayor peso dramático, rompiendo la imagen del viejo libidinoso Scarpia. Destacando por encima de todos como Cavaradossi el tenor Diego Cavazzin, doblemente valiente: salvando el obstáculo de un brazo escayolado tras un incidente en los ensayos y, sobre todo, por cantar sin desmayo un papel de tal envergadura a menos de 24 horas de haber abordado con gran éxito el Canio de Pagliacci: el espectáculo más fresco, luminoso y redondo de los tres, en el que triunfó como Nedda, respondiendo a una apuesta más de la directora, la soprano madrileña Estíbaliz Martyn —en junio debuta en el Teatro de la Zarzuela—, que, cómoda en la proyección, agrandando la voz, magnificada desde el primer aria por su registro de coloratura, se ganó a un público, que reconoció generosamente su labor al final de la velada. Que, como el día anterior, había contado como prólogo con una propuesta novedosa que, bajo el título Remix, mostraba ante el gran público el gran talento de jóvenes asistentes de la región al taller multidisciplinar de teatro creado por la señora Muti.   

Destacar por último la encomiable labor de los coros: el del Teatro Nacional de Piacenza y el infantil Ludus vocalis. Pero ante todo, la de la orquesta juvenil Luigi Cherubini, fundada en 2004 por Riccardo Muti, a la que Vladimir Ovodok supo extraer todo su potencial. Elegante en el gesto, desenvuelto, con la naturalidad que garantiza el beneplácito del maestro titular, que descubrió el talento de Ovodok en 2015, en la academia en torno al Falstaff, que el propio Muti dirigió en el mismo teatro.