Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Académica auctoritas

CRÍTICA / Académica auctoritas


Granada. Auditorio Manuel de Falla. 01-X-2018. Ricardo Gallén, guitarra. Obras de Bach, Barrios y Ponce.

José Antonio Cantón

En contadas ocasiones puede darse en un acto académico tal grado de ejemplificación sobre el contenido de una disertación como el habido en la sesión solemne de apertura de curso de la Academia de Bellas Artes de Granada. Por un lado se contó la participación de José Carlos Palomares, académico de la sección de música de dicha institución, en la que, bajo el título "La interpretación musical: valor y reconocimiento en las profesiones docentes", en calidad de  universitario y director, hizo una razonada severa crítica de la enseñanza musical en el diverso y variopinto sistema educativo español, enmarcado a su vez en los inestables planes de estudios europeos actuales; por otro, con la inestimable presencia del fabuloso guitarrista linarense Ricardo Gallén que recibía la Medalla a las Bellas Artes de esta más que bicentenaria corporación en dicho acto, mérito que agradeció obsequiando con un pequeño recital a los ilustres académicos reunidos en solemne sesión así como a todo el público que llenaba la sala.

En Ricardo Gallén se daban todas las consideraciones propuestas en el discurso, que defiende una restructuración de los planes de estudio en lo que a la interpretación musical se refiere desde la primacía que ha de significar la experiencia concertística como valor fundamental de evaluación en la carrera de los responsables docentes. Esta idea fue defendida desde una prolija y extensa alusión a infinidad de despropósitos reglados que tiene nuestro sistema educativo en lo referente a la interpretación musical. Como resumen de su disertación, el Sr. Palomares citó una anécdota de Pablo Casals ya nonagenario cuando, respondiendo a una pregunta sobre su actividad de estudio y conciertos con tan avanzada edad dijo que así era como sentía que seguía progresando.

Difícil encontrar un ejemplo más elocuente para constatar este contundente juicio crítico que contar con la presencia en el escenario del auditorio granadino de un músico de la envergadura intelectual y artística como las que ostenta Ricardo Gallén, profesor de guitarra de la Hochschule für Musik Franz Liszt de Weimar y uno de las autoridades en su instrumento más importantes actualmente en el mundo. La excelencia se hizo presente en el escenario en los primeros acordes de la BWV 998 de Johann Sebastian Bach. Con una absoluta limpieza de articulación, Gallén se introdujo en el preludio inicial con tal esencialidad que hacía recordar al oyente la sonoridad del clavicordio, llegando al extremo de claridad en la fermata invertida que lo remata. Leyó la fuga que le sigue con un dominio absoluto del contrapunto, articulando con verdadera aristocracia su sección central, que puede entenderse como un incipiente trío. El Allegro lo transmitió de manera tan regocijante, dada su portentosa técnica en trastes y en pulsación, que el público quedó subyugado ante la sutileza y alternancias dinámicas con que expresó su precioso aire de danza, consiguiendo un sugestivo sonido que parecía estar suspendido en el espacio.

Gallén quiso entrar en el virtuosismo más desarrollado de la guitarra con dos grandes autores americanos para este instrumento como fueron el mejicano Manuel María Ponce y el guaraní Agustín Barrios. Del primero tocó la Sonatina meridional, obra esencial para entender el pensamiento creativo del compositor azteca. Ya en su primer número, Campo, se podía percibir como Gallén construía su mensaje desde un proceso deconstructivo previo que le permitía recrear la obra a un supremo nivel de riqueza expresiva, podría pensarse, insospechada hasta para el propio compositor, trasluciendo constantemente ese espíritu andaluz que la anima, y que tan certeramente descubrió el gran crítico Adolfo Salazar. En los siguiente pasajes, Copla y Fiesta, Gallén, desde una ejecución sólida a la vez que depurada, y sin caer en momento alguno en los fáciles recursos rítmicos, armónicos y melódicos de lo español, supo traducir con suma elegancia ese íntimo sentir hispano de Ponce. Con semejante excelencia estética tocó los Valses nº 3 y 4 del Op. 8 de Agustín Barrios, con los que demostró cómo el más rutilante virtuosismo debe estar siempre al servicio de la música.

La Academia de Bellas Artes de Granada ha vuelto a destacar en el cuidado de su sección de música con el reconocimiento a tan insigne intérprete, que ha sabido corresponder con una muestra de su enorme musicalidad, que lo sitúa entre los más importantes guitarristas de la historia.

Foto: Javier Laiz