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CRÍTICA / Éxito arrollador de Bartoli… y de Chausson


Madrid. Auditorio Nacional. 22-X-2018. Rossini, La cenerentola (versión semiescenificada). Edgardo Rocha, Alessandro Corbelli, Carlos Chausson, Martina Jankova, Rosa Bove, Cecilia Bartoli, José Coca. Les Musiciens du Prince – Monaco. Coro masculino de la Ópera de Montecarlo. Director: Gianluca Capuano. 

Rafael Ortega Basagoiti

Acierto pleno del ciclo de Grandes Intérpretes al presentar a Cecilia Bartoli, sobrepasados ya los cincuenta, con una ópera completa, algo que por estos lares no habíamos tenido ocasión de disfrutar. Acierto doble hacerlo con un título para ella emblemático como La cenerentola rossiniana, una partitura bellísima, llena de humor y alegría, ese género en el que el italiano era el genio de los genios.

El público, que castigó hace apenas un par de semanas al joven pianista británico Grosvenor con un ignorante y patético desdén (ellos se lo perdieron) manifestado en forma de apenas media sala cubierta, llenó esta vez hasta la bandera el auditorio, algo que no es de extrañar, porque la mezzo romana arrastra lo suyo, pero también porque desde la organización se hizo el oportuno marketing, incluso radiofónico, de forma insistente en las semanas previas (reflexión: habría que preguntarse si ese marketing, aplicado a los Grosvenor de este mundo, habría producido para el pianista otros resultados. Fin de la cita).

Sea como fuere, el planteamiento era plausible. Semiescenificación a cargo de Claudia Biersh, con apenas una mesa y media docena de sillas en escena, con el foco puesto en el vestuario y mínimos elementos de atrezzo y juego de luces, todos ellos bien manejados y permitiendo el juego de humor deseable, sin extravagancias ni salidas de tono. Teniendo en cuenta lo que nos obsequian los directores de escena de nuestros días a cada rato, uno casi prefiere esto, la verdad. Porque el resultado teatral fue entretenido y lleno de gracia, algo en lo que por supuesto tuvieron mucho que ver los cantantes, y muy especialmente Chausson, Corbelli y la propia Bartoli.

En lo musical, y empezando por lo más flojo, hay que hablar de Les Musiciens du Prince, orquesta de instrumentos de época fundada en 2016 en torno a la figura de Bartoli que pareció, ya desde una desdibujada obertura con ataques desiguales, entradas a destiempo y desajustes notorios, una formación bastante floja (como es bien sabido, existen en la actualidad conjuntos extraordinarios de este tipo), especialmente (pecado esencial en Rossini), en una cuerda poco empastada en la que a violonchelos y contrabajos les faltaba cuerpo y sonoridad. (Nota: En la citada obertura, un criminal —o una criminal, porque creo que ese era el caso— en serie decidió irrumpir con un móvil pertinaz que no había forma de parar; la interfecta, situada en las localidades del coro, se levantó con el móvil en mano para pasárselo a uno de los acomodadores que finalmente lo sacó de la sala. Espectáculo tan irritante como insólito. La autora salió incomprensiblemente ilesa tras perpetrar el atentado).

En honor a la verdad, creo que la situación de la orquesta en escena, en la mitad trasera del escenario (la delantera la ocupaban los cantantes para permitir el movimiento escénico) tampoco ayudaba, ni a la presencia sonora orquestal ni al empaste con los cantantes, dado que Capuano dirigía con los cantantes a su espalda. El milanés, de gestualidad no siempre clara y que presentó, de entrada, lo que en mi opinión es un balance orquestal equivocado (especialmente teniendo en cuenta la calidad de la cuerda: 21 cuerdas  -6/6/3/3/2 frente a 13 vientos) no contribuyó al brillo del asunto, aunque mantuvo la nave a flote, sin más.

A destacar entre los músicos el pluriempleo del clavecinista Luca Quintavalle que, además de un muy buen continuo, ejerció en la percusión y efectos especiales. Pero el meollo de la noche estaba en eso a lo que el Real de nuestros días no presta (salvo excepciones debidamente pensadas) la debida atención: los cantantes. Escuché cerca de mí a cierto colega hablar de "las trampas que hace esta señora" al final de la representación, algo que me pareció bastante injusto. A Bartoli se le pueden achacar muchas cosas: que si la voz no es grande, que si el cambio de color en el grave es muy forzado y además no siempre bonito, que si tal y que si cual. Pero lo cierto es que la mezzo romana, verdadera prima donna donde las haya, despacha la coloratura rossiniana con la misma soltura con la que ustedes o yo nos tomamos un café. Con una claridad, limpieza y elegancia extraordinarias.

La voz tal vez no es grande, y ahora quizá menos, pero es muy suficiente para brillar en una obra como esta, y la presencia escénica, incluso ese aire de prima donna que, es cierto, a algunos puede inducir rechazo, hace el resto. Qué quieren que les diga. Yo habría estado encantado que algunas de las protagonistas que nos han vendido en el Real como si fueran las joyas de la corona nos hubieran dado veladas como la que ayer protagonizó Bartoli. Absolutamente sensacional, en un estado vocal magnífico (¡68 años!) y en una representación musical tan extraordinaria como la teatral (qué vis cómica tiene este hombre) Carlos Chausson, protagonista, justamente del rol que le venía como anillo al dedo: Don Magnifico. Si Bartoli brilló, Chausson en ningún caso lo hizo menos. Si acaso, lo hizo más.

El uruguayo Rocha ofreció un Don Ramiro simplemente correcto, de voz bonita pero relativamente corta, salvando las agilidades de forma generalmente correcta pero con algún problema en el agudo (el del final del aria del acto 3 fue bastante notorio). Graciosísimo el Dandini de Corbelli, que palia en lo teatral las insuficiencias de una voz fatigada que sortea las agilidades como puede y que en ese canto rapidísimo donde las palabras van silabeadas a velocidad de vértigo saca lo mejor de su escuela. Cumplidoras, quizá demasiado histriónicas (especialmente en el tramo final de la obra), Jankova y Bove, y bastante insípido el Alidoro de José Coca (tampoco es que su partitura sea lo mejor de esta deliciosa obra). Muy empastado y en su sitio el coro (16 voces) masculino de la Ópera de Montecarlo.

Pero pese a las lagunas, que las hubo, finalmente esa música prodigiosa de Rossini, llena de luz y alegría, servida por unos protagonistas (especialmente Bartoli, Chausson y Corbelli, pese a sus carencias) que transmitió, y muy bien toda ese humor y luminosidad, consiguió que el resultado general de la velada fuera excelente y que el público, que se lo pasó en grande, acogiera el resultado en un clima de éxito arrollador, apoteósico. De esos que, lamentablemente, echamos de menos en el Real. Como en el caso del concierto extraordinario, de Dudamel, un estupendo tanto para el ciclo de Grandes Intérpretes. Ojalá que haya más. En este, bien se puede decir que Bartoli y Chausson arrasaron.