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CRÍTICA / ¡Cuán largo me lo fiais!


San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 28-VII-2017. Marco, Tenorio. Alfredo García (barítono), Carmen Gurriarán (soprano), Juan Antonio Sanabria (tenor). Coro y Grupo Modus Novus. Director: Santiago Serrate.

Arturo Reverter

Las fuentes de las que ha bebido Tomás Marco, que es el autor de su propio libreto, parten de Zorrilla pero aparecen combinadas con otras derivadas de diversos textos teatrales o poéticos basados en el personaje de Don Juan: Tirso, Molière, Byron, Sor Juana Inés de la Cruz y Da Ponte (libretista de la ópera de Mozart sobre el Caballero, que manejó asimismo mucho de lo recogido por alguno de aquellos y de otros autores). Lo que lleva a desarrollar un tratamiento donde la representación teatral se inserta en una reflexión más general sobre el mito. Un juego inteligente a los que tan aficionado es el compositor.

Este proyecto operístico se presentó al programa de ayudas de la Fundación BBVA. Había sido fruto de un encargo del X Estío Musical Burgalés del 2009 y de su director, Rafael Frühbeck de Burgos. La crisis económica impidió su estreno, que se produce ahora. Tiene sólo tres solistas vocales protagonistas, un pequeño coro de cuatro voces y una orquesta de diez músicos. La habilidad de Marco, actor de primera línea en las corrientes más vanguardistas de nuestra música, queda de nuevo reflejada en esta obra, que emplea algunas de las pautas sobre las que se asentaba su ópera anterior, la exitosa El caballero de la triste figura. Abundan los ostinati, los glisandi, los temas cantabile reconocibles y se manejan con suma habilidad delgadas líneas melódicas de signo muy climático, se recuerda el mundo madrigalesco y se llama al espíritu de nuestro siglo de oro.

El compositor sabe ordenar con disciplina, con fácil inspiración, algunos de los rasgos que han alimentado sus aventuras líricas y es capaz de construir conjuntos de cierta complejidad contrapuntística en los que conviven y se alternan varias líneas vocales e instrumentales. Los ritmos son directos, sencillos, con frecuente presencia del compás ternario. Y hay un general espíritu danzable de contagiosa vitalidad. Hay consonancias, estratégicas disonancias y un uso pautado de la modalidad. No son pocas las veces que se nos viene a la memoria la atmósfera, la tímbrica y el dibujo melismático de algunas partes del Retablo de Falla, sobre todo en la escritura del Narrador. Y, curiosamente, a veces creemos bañarnos, con la voz del violonchelo o la viola, en las aguas melódicas del poema sinfónico Don Quijote de Richard Strauss.

Desde un punto de vista vocal, las exigencias son numerosas; y así a Don Juan se le pide, a lo largo de una suerte de recitativo dramático, un esfuerzo constante arriba y abajo. No hay grandes agudos, pero sí la necesidad de mantener una línea de canto a veces quebrada con saltos interválicos constantes, que Alfredo García, a quien está dedicada la obra, resolvió casi siempre con solvencia, fraseando en tesitura elevada y mostrando un centro carnoso y de notable robustez lírica. Algunas notas fuera de sitio, alguno sonidos en el paso, ciertos apoyos espurios en la gola o faltos de brillo no empañan la espléndida labor del cantante. Sanabria se esforzó casi siempre con fortuna, luciendo su timbre penetrante, relativamente grato, de ligero y haciendo gala de musicalidad, con alguna que otra excursión al agudo cumplimentada con decoro. Gracioso en su canción infantil con flauta, violín y percusión. A Carmen Gurriarán le falta algo de dulzura en la emisión pero posee un vibrato atractivo de lírico-ligera y una franqueza emisora fuera de duda. Supo combinar con las demás voces.

Encontramos en la extensa partitura un poco de todo: danza popular, aires caballerescos, recitados, fragmentos a voce piena, sugerentes cambios de tempo, silabeos, momentos de éxtasis líricos, como el apuntado, ya en la última parte de la composición, en el bello dúo de Inés y Don Juan, en el que las voces se combinan, se persiguen y se unen… Y combinaciones instrumentales muy imaginativas, en las que destacan los timbres del fagot, del violonchelo, con frecuencia asignados al Tenorio. A medida que avanza la extensa composición y se repiten las fórmulas puede producirse en el oyente un cierto cansancio, aunque todavía se nos sorprenda con un canto belicoso, una marcheta con protagonismo del trombón, unos expresivos trémolos del contrabajo, una alegre danza, un tratamiento puntillista de las superficies. Todo concluye, de manera expectante luego de un buen trabajo imitativo sobre la palabra enamorados, con tres suaves golpes de bombo y dos notas de xilófono.

El pequeño coro de madrigalistas es empleado a conciencia en misiones narrativas, unas veces íntegro y otras fraccionado; unas veces por su cuenta y otras en unión de los solistas. Gran labor de los cuatro cantantes: Blanca Gómez, soprano, Alla Zaikina, mezzosoprano, Diego Neira, tenor, y Miguel Ángel Viñé, barítono. Todos estuvieron a magnífico nivel. Lo mismo que el grupo instrumental. Citemos sus nombres: Emilio Robles, violín, Francisco Ainoza, viola, Ángel García Jermann, violonchelo, Manuel Herrera, contrabajo, Javier Sánchez, flauta, Gustavo Duarte, clarinete, Paula Jiménez, fagot, Héctor Penades, trombón, Raúl Benavent y José Luis González, percusión. Los dos últimos tienen mucho tajo. Marco recurre a veces a instrumentos de escasa difusión.

Queda por hablar de la dirección de Serrate, auténtico artífice de que la obra de haya interpretado, pues fue él quien la presentó a las ayudas del BBVA. Ha hecho un estupendo trabajo de análisis, encaje, montaje y “puesta en escena”. Su batuta es clara y segura y supo desentrañar casi siempre las líneas en ocasiones complejas de la partitura. Evidentemente, no salvó el exceso de repeticiones, la desusada extensión (una hora y cincuenta minutos), que haca en ocasiones cansina la exposición, seguida por un atento público. No hay asidero para entender la estática acción y el texto, sin sobretítulos, es difícilmente comprensible. Si alguna vez la composición encuentra la escena, podría estudiarse una reducción del largo metraje. Todo ganaría en concisión e inteligibilidad.