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Contra miseria, hipocresía



Contra miseria, hipocresía

El caso del acosador y violador Harvey Weinstein ha conmocionado, y con razón, los cimientos no ya del tenderete hollywoodiense sino de las relaciones de poder que han articulado durante mucho tiempo no solo el devenir de la vida cultural más aparente sino el de la vida social misma, de la que, en definitiva, aquella no deja de ser hija. El momento en el que han surgido las acusaciones contra el productor coincide, además, con una sociedad harta de la violencia sexista, en la que las mujeres han dicho “basta” a una dominación masculina que ha generado sin duda lo que podemos llamar primero discriminación genérica y luego, pura y simplemente, dictadura machista. Casos como este de Weinstein no dejan de ser ejemplo práctico y extremo de cosas que suceden a diario en muchos órdenes de la vida, y no solo laboral.

Paralelamente han ido surgiendo más casos de acoso, denunciados por víctimas o presuntas víctimas o gentes que nunca fueron víctimas pero que alcanzan el mismo eco que las que sí lo fueron. Hay foros musicales en los que la discusión alcanza rangos de enfermedad mental grave, en los que sin medir la distancia entre la sospecha y la calumnia se sueltan nombres —basta con siglas perfectamente identificables— para que la sombra de la duda actúe: la calumnia e un venticello, como se canta en El barbero de Sevilla, y la hipocresía y el resentimiento libres como pájaros que vuelan en el céfiro. Las propias orquestas o los festivales salen ahora —repetimos: ahora— como abanderados de la moral y las buenas costumbres y rescinden sus compromisos con los sospechosos aduciendo que no toleran semejantes actitudes. Pero tras esa postura se adivina no ya una reacción demagógica sino también oportunista cuando escuchamos al exdirector de un potentísimo festival comentando que “ya sabíamos cómo era Jimmy” refiriéndose a las costumbres del entonces contratable y hoy depredador James Levine. Lo mismo ha sucedido con Charles Dutoit en Londres y Filadelfia, donde seguramente sabían también de sus (malas) costumbres. Y lo mismo seguiremos viendo en los próximos días y meses y años hasta que al fin la música y su historia queden libres de gentuza, empezando, por qué no, por ese Richard Wagner, racista genial, “vegetariano que comía carne humana” según Hans von Bülow, que sabía de qué hablaba. El mundo de la cultura, el que nos ha hecho como somos, está lleno de actitudes que nos repugnan pero también de formas sublimes. ¡Ay, las formas!

No se trata, por supuesto, de justificar actitudes que tienen que ver con lo peor del ser humano, sea artista o no, pero sí de recordar a los hoy acusadores —no a las pobres víctimas directas pero sí a las orquestas o a los teatros de ópera— que pudieron denunciar antes, cuando lo veían, pero han preferido esperar a que las víctimas, por así decir, particulares, dieran el tremendo paso adelante de enfrentarse, solas, al hombre más poderoso de su mundo. Las orquestas o los festivales eran poderosos y callaban o hacían la vista gorda ante lo que les parecía molesto pero aceptable porque, además, les daba de comer. 

Y un aviso a los críticos, los analistas y hasta los simples aficionados que escuchan discos con algo más que las orejas. Ese Mahler que siempre nos ha parecido de cabecera, ese Verdi tan poderoso, ese Ravel tan juguetón, ese Beethoven lleno de verdad resulta que fueron dirigidos por algunos de los músicos que más admirábamos y que hoy están en la picota porque no pudieron resistir el impulso que otros, antes que ellos y desde el principio de los tiempos, tampoco fueron capaces de rechazar. ¿Hemos sido sus cómplices? ¿Somos, en el fondo, tan monstruosamente humanos como ellos que, desde sus miserias, nos han hecho ver lo más grande la expresión musical? Para qué esperar a que las conductas sean probadas, a qué la ley hable, si se puede condenar y ejecutar a golpe de click mientras se limpian las conciencias. El jurado universal de las personas decentes ya ha proclamado su veredicto y el reo debe morir. 

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