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Cincuenta años de la OSRTVE



Cincuenta años de la OSRTVE

Esta está siendo la temporada del cincuentenario de la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española. Una orquesta demasiado amortizada en el imaginario colectivo de nuestra cultura que de vez en cuando debiera recordar a los aficionados —y al propio ente público que la gestiona— que está viva y coleando. Los tiempos han cambiado desde que Igor Markevich se pusiera a su frente en la que fue una inolvidable etapa de consolidación, ya maduro el maestro, desde luego, pero capaz de ofrecer a sus músicos algo de lo mejor de una tradición interpretativa forjada también a base de mucha atención a la música del siglo XX. Ello entroncaba, además, con la vocación original de las orquestas de la radio: la del servicio a la música de nuestro tiempo a través de las posibilidades que el medio daba para su difusión tanto nacional como — merced a la entonces llamada Unión Europea de Radiodifusión— internacional. La presencia de los jóvenes Antoni Ros Marbà, Enrique García Asensio y del ya más bregado Odón Alonso suponía también una apuesta de continuidad encomendada a maestros españoles con futuro crecedero con la propia orquesta. Otros titulares fueron acrecentando la calidad de la formación aunque también protagonizando momentos de discurrir algo más errático. Hay que destacar de estas diferentes etapas, el gran trabajo de Sergiu Comissiona, del silencioso Adrian Leaper, y el actual de Carlos Kalmar, su titular, que cumplirá, la próxima, cinco temporadas al frente de la orquesta.

Por avatares no del destino sino de esas cosas que aún no acaban de entenderse, la OSRTVE sufrió el ERE que hizo que cambiaran muchos de sus componentes, veteranos pero no viejos, que habían dado días de gloria a la orquesta que abandonaban por una vida mejor… o peor. El ERE implicó cambios que rejuvenecieron a una formación que hoy se beneficia precisamente de eso, de la buena edad media de sus componentes y de la ilusión que manifiestan en cada concierto. Es una pena que el Teatro Monumental de Madrid sea tan poco grato, aunque su sonoridad resulte un tanto a su favor. Fue precisamente Markevich quien antes de su no muy afortunada restauración lo calificó como unas de las mejores salas de conciertos del mundo.

Aprovechando su medio siglo de vida, la OSRTVE debiera plantearse también la preparación del otro medio que le queda hasta llegar a centenaria. Por ejemplo, ir formando una generación nueva de espectadores. Probablemente, a ojo de buen cubero, se trata de la orquesta sinfónica española con una media edad de sus abonados más elevada. Eso no quiere decir que no haya que cuidar al público fiel —a veces da la sensación de que sólo interesa el nuevo, cuando el de siempre es el que mantiene viva la llama— pero sí que ha de hacerse con una audiencia a la que deberá conquistar también a través de los medios que tiene a su disposición y que ninguna otra orquesta española posee: nada menos que la radio y la televisión públicas que le dan nombre. No basta con transmitir la música a través de las ondas sino de compartir emociones, de informar con precisión, de preparar el concierto con esos medios en los que la orquesta debiera tener sus principales valedores, reforzando así sus posibilidades divulgadoras y sacando partido de ellas. Aprovechando también la suerte que supone tener al frente de la orquesta a un maestro tan mediático —y sólo a medias aprovechado en ese aspecto— como Carlos Kalmar.

De las crisis, o se sale reforzado o no se sale. La OSRTVE sabe lo que son esas crisis, y los rumores, los dimes y los diretes, los malos y los buenos momentos, las esperanzas y los miedos. Ahora está, artísticamente, en una de las mejores etapas de su historia. Y no debe dejarla pasar. A la disposición de sus profesores debiera unirse firmemente —y con decisión claramente expresada, obras son amores— la Corporación RTVE. Enhorabuena, pues, y mucho ánimo, a la Orquesta Sinfónica de Radiotelevisión Española.

Editorial publicado en el nº 308 de Scherzo, junio de 2015.

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