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Carlos Mena



Carlos Mena

Carlos Mena es uno de los cantantes españoles más reconocidos internacionalmente y, al mismo tiempo, de los más versátiles, ya que su repertorio abarca casi ocho siglos: desde el Ars subtilior hasta la música de nuestros días. El contratenor vitoriano, que del 14 al 18 de mayo dirige en el Teatro de La Zarzuela de Madrid un espectáculo basado en la figura del compositor barroco español Juan Hidalgo, relata en esta entrevista cómo ha transcurrido su carrera profesional y desentraña los aspectos más llamativos de su singular voz.

Viendo su agenda, compruebo que no le quedan demasiados huecos.

Sí, es complicado encontrar huecos. Es muy difícil hacer todo el trabajo que me llega a casa y, lo que me preocupa más, no puedo hacer todo lo que me gustaría hacer. Pero me puedo permitir la licencia de seleccionar proyectos. En ese sentido, tengo mucha suerte.

¿No hace paradas para que descanse la voz?

No, lo que intento es no forzar los periodos de trabajo, que no se concatene un proyecto con otro. La verdad es que no envidio a esos cantantes que salen de un proyecto de dos semanas e inmediatamente se meten en otro. Pero, claro, no es menos cierto que ya no tengo 25 años, sino 43, y que la voz va cambiando. Es muy importante darse cuenta de ello, porque los cantantes tenemos la tendencia a aferrarnos a una idea de sonido. Es inútil pretender sonar ahora igual que hace diez años. Nuestro instrumento está dentro del cuerpo y hay que comprender que ese instrumento, y no sólo las cuerdas vocales, va modificándose. Toda mi tarea de los últimos años (estudio, atención, técnica, conocer cosas distintas…) ha estado basada en entender lo que no es inalterable en la voz, o sea, el cambio permanente.

Y mucho más en un contratenor, cuya carrera musical suele ser más corta, ¿no es así?

No estoy tan de acuerdo en eso de que la carrera de un contratenor es más corta. Creo que hasta puede ser más longeva que en otras voces. Lo que pasa es que los contratenores no hemos tenido hasta ahora una gran tradición pedagógica y por eso las maneras de estudiar, de conocer la voz y de utilizar la técnica de una forma adecuada no han sido tan extendidas como en otras voces que llevan muchos años de tradición pedagógica. Si la carrera de un contratenor se hace corta es por no haber utilizado la voz ni la técnica de forma correcta.

O por cantar reportorios inadecuados o en escenarios inadecuados…

En efecto, así es. Puedes cantar en un escenario como el Teatro Real si tus herramientas son las adecuadas para hacerlo. Forzar la voz, desgañitarte porque no proyectas adecuadamente, es lo peor que le puede pasar a un contratenor y me imagino que a cualquier voz. Recuerdo mi etapa de formación en Basilea. Con veinte años, yo era un falsetista que afinaba y que leía las notas, y con eso ya se me abrían muchas puertas en España. Pero no tenía ni idea de canto. Cuando llegué allí, la cura de humildad fue tremenda, porque me hicieron empezar de cero. Fue muy duro. Estudié con René Jacobs y con Richard Levitt, y tuve suerte, porque me apreciaban y me trataban muy bien. Pero la disciplina era una constante difícil de evitar y de gestionar. Que todo fuera tan exigente en el plano teórico estuvo a punto de condicionar mi carrera, pues llegó un momento en que no podía ni respirar expresivamente. Pero luego comprendí que en aquel momento era necesario.

¿Por qué le dio por ser contratenor? En España no había entonces tradición y de hecho usted ha sido el primer contratenor nacional con verdadera proyección.

Quizá por imitación. Recuerdo escuchar, aún adolescente, un disco con música de Purcell que teníamos en casa, de mi hermano Juanjo, que obviamente era la punta de lanza musical de la familia. Intenté imitar aquello y me di cuenta de que poseía el mismo falseto que estaba escuchando y que podía dar las mismas notas. Más aún, comprobé que cuando los cantantes que intervenían en la grabación descendían al grave, su voz casi se desvanecía, pero la mía no sólo aguantaba, sino que tenía más potencia en el grave. Yo cantaba en coros amateurs, con voz de tenor, y sin saberlo, ya utilizaba el falseto y la voz mixta. Un buen día llegó a Vitoria Pepe Rada, de la mano de Carmelo Bernaola, y montó una revolución con la creación de la Capilla Peñaflorida. Ingresé en ella, me escuchó Pepe y me dijo: “Pero, Carlos, si tú puedes cantar de contratenor…”. Él fue el que realmente me lanzó.

Y se fue a Basilea, a estudiar a la Schola Cantorum, porque en España era imposible hacerlo.

Fui allí porque me dijeron que había un muy buen profesor: Levitt. También hice la prueba de acceso en el Royal College de Londres, con Charles Brett, a quien conocía de los cursos de El Escorial, e igualmente fui admitido. Pero pensé que Suiza era más permeable a las tendencias, porque como país es una encrucijada, no una isla como Inglaterra. (...)

Eduardo Torrico
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 296 de Scherzo, mayo de 2014)

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