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Butterfly enmudece




PorBlas Matamoro - Publicado el 12 Noviembre 2015

Butterfly enmudece

La ópera de Puccini Madame Butterfly ha aparecido repetidamente en las pantallas, en ráfagas o entera, a partir del cine sonoro. La música ha permitido perpetuar esta historia propia de un Japón pobre y primario, donde una chica local podía fascinarse con un rubio  carapálida venido de lejos. La cosa, desde luego, ya no es posible en tiempos del G-7.

Lo curioso del caso es que la quizá primera adaptación cinematográfica de la pieza ocurrió durante el cine mudo, es decir que Cio-Con-San no podía cantar la memorable partitura pucciniana. En efecto, Fritz Lang —por entonces, joven y elegante conquistador vienés del Berlín posbélico— dirigió en 1919 Harakiri, un guión de Max Jungk, basado en el relato de John Luther Long que David Belasco había llevado al teatro y que fue la motivación de Puccini, y que por entonces Joseph Coenen estaba poniendo en la escena berlinesa. Como se ve, si a esta cadena de intermediarios añadimos a Giuseppe Giacosa, redactor del libreto operístico, la empresa exigió un equipo. Mucho más si se observan los cambios introducidos en detalles del asunto, aunque el esquema de fondo siga intacto.

La película narra la prehistoria de la geisha, que aquí no lo es y se llama O-Take-San y es encarnada por Lil Dagover, estrella germánica de la época. Su padre, Dajmio Tokujawa, le trae, como regalo en recuerdo de un viaje por Europa, una auténtica colección de tentaciones: vestidos, pañuelos, hilos de perlas y para dar un toque infantil que la ópera conserva, un enorme oso de peluche.

Los severos Yoshiwara de la ciudad de Nagasaki —budistas y no shintoístas como en la ópera— censuran al padre, tomándolo por corruptor de la niña, hasta obligarlo al suicidio ritual que da título a la película. La chica es metida a sacerdotisa de Buda y, como corresponde, conoce a un apuesto y rumboso holandés con quien comparte 999 días de amor, ni uno más. Él se va a su tierra, vuelve acompañado de su mujer años más tarde, desdeña a la moza y ésta se suicida con la misma espada que usó su padre.

El filme pasó al museo del cine hasta 1988, cuando se lo recuperó en Alemania a partir de que Lang era ya uno de los grandes y había dejado una cuantiosa obra. Se elogió una fotografía en escorzo que creaba magnas perspectivas monumentales, a las que tanto habría de recurrir el director en sus grandes obras. Y se mejoró lo visual: se colorearon algunas secuencias con amarillo salvaje para los parques, marrón oscuro para el templo, decadente sepia para el club de los blancos, calabozos en azul y burdeles morados por fuera y rojos por dentro. Esta imaginería cobró, según los críticos, una remozada y fresca belleza.

¿Y Puccini? Desde luego, fue de la partida porque sabemos que en el mudo se animaban las funciones con un pianista o una orquestina —según el nivel económico de las salas— que servían de banda sonora. Fue entonces cuando los improvisadores devolvieron a Butterfly su nombre y su canto, ciertamente sin palabras pero puccinianamente melodioso.

Blas Matamoro


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