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Belleza y bondad




PorBlas Matamoro - Publicado el 12 Febrero 2016

Belleza y bondad

Las relaciones entre la estética y la ética son peliagudas y complejas, a partir del principio de que el hombre es un ser —dígase un animal, si así se prefiere— naturalmente, inevitablemente ético, que cuanto hace tiene principios o resultados éticos.

Un platónico diría, volviendo al vínculo del comienzo, que la belleza conseguida por la estética es la forma sensible de la bondad moral. Por eso los griegos trataron de representar cuerpos idealmente hermosos como paradigmas de almas idealmente virtuosas. Hasta aquí, la cosa parece sencilla y rotunda. Pero ¿qué hacemos con la música, donde nada es tangible ni visible? ¿Hay músicas malvadas y bondadosas, morales e inmorales?

Ejemplos para todo, según suele ocurrir en la historia, hay de sobra, desde el acorde de tres tonos enteros sucesivos, el tritonus diabolicus, prohibido por la Iglesia durante siglos como una advocación demoníaca, hasta las penosas exposiciones que los nacis hicieron con las obras por ellos definidas como “arte degenerado”, pasando por la fama de prostibulario que tuvo el tango argentino hasta que un bailarín conocido como El Vasquito –se llamaba Casimiro Aín– lo expuso ante el Papa y obtuvo la papal dispensa para llevarlo a los salones de la gente honesta.

Mala desde el punto de vista ético era, para la psicopatía cultural hitleriana, la música hecha por los judíos como Mendelssohn y Mahler, pero también la de cristianos corrompidos como Berg y Hindemith. Entre tanto, la hecha por Holst y Orff era sana y estimulaba las egregias cualidades de la raza aria.

Hay un espacio donde el arte reclama sus derechos y es el espacio de la libertad. Una obra de arte no debe ser juzgada con criterios éticos ni políticos, basados en nociones acerca del deber ser. El arte no debe ser ni dejar de ser de tal o cual manera. Ello no excluye que si se produce un efecto delictivo, la ley se cumpla contra el artista como contra cualquier delincuente. El personaje de Pierre Louys, que hiere de muerte a su modelo para copiar su agonía, es un asesino como cualquier otro quisque. Lo que debe evitarse –y aquí me pongo en moralista y lo reconozco– es cargar al artista con algún deber, o sea una deuda, anterior a su tarea. Porque, según dice el refrán italiano, “si son rosas florecerán al llegar la primavera”.

 

Blas Matamoro