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Autoestima



Autoestima

En la entrevista con la directora general del INAEM que aparecía en el anterior número de SCHERZO, Montserrat Iglesias respondía a cada pregunta con el aplomo de quien sabe lo que quiere y conoce las posibilidades reales de llevarlo a cabo, cosa que debiera ser habitual en nuestros políticos —un cargo como el suyo no deja de serlo— pero que suele quedarse en simple agua de borrajas en la mayoría de los casos, sobre todo si hablan en periodo electoral. No es nuestra costumbre, lo saben nuestros lectores, glosar las habilidades de los gestores de la cultura pública pero sí es verdad que tampoco son demasiadas las ocasiones de felicitarnos por su idea de las cosas. Ello nos lleva inevitablemente también a pensar cuántas veces los nombramientos implican poner en las espaldas de esos mismos gestores empresas que sostendrán de una manera tan personal que a veces diera la sensación de que sin ellos la continuidad de lo bien hecho será difícilmente posible. Es lo que sucede con su referencia a la gestión en el CNDM: el cambio radical de actitud por parte de quien venga un día dispuesto a solucionar problemas que no son tales en vez de a retocar lo que funcionando bien aún podría funcionar mejor. Pero esa figura del ejecutivo, cultural o no, respetuoso con lo hecho y que aguanta la tentación de los focos anunciando que a partir de él veremos lo que es bueno, resulta ser —como la del eterno incomprendido que respira siempre por esa misma herida que dice a gritos que, después de él, el diluvio— demasiado nuestra.

En esa misma línea de sensatez figura su crítica al llamado Código de Buenas Prácticas, cuyo desarrollo y resultados por parte de anteriores responsables culturales fue, cuando menos, dudoso. Iglesias pone en valor la responsabilidad del gestor a la hora de ejercer como tal desde la confianza en su conocimiento del medio y su capacidad a la hora de ser asesorado. Hace años, uno de los inventores del código en cuestión llegó a responder a preguntas de esta revista que si Mariss Jansons quería ser titular de la OCNE debería presentar una instancia. No hubo de hacerlo David Afkham y las orquestas españolas empiezan a aprender que deben ser oídas, y que tienen derecho a equivocarse, a la hora de nombrar a su titular. La cultura tiene sus reglas y sus mercados y el talento no se mide por un expediente administrativo.

Sí es un poco decepcionante —aunque la cortesía obligue a dejar que la dirección artística sea quien tome esa decisión— la cierta laxitud respecto a los encargos y las recuperaciones de la OCNE en materia de música española. Y no es cuestión de cuotas sino, en todo el sentido de la palabra, de sentido común. La recuperación histórica o los estrenos “en tiempos modernos”, generalmente incluidos en ciclos temáticos, son muy importantes pero igualmente lo es que nuestra música de hoy conviva con sus oyentes mientras la mejor del ayer más inmediato merece una revisión que le devuelva la vida que antaño disfrutara. Hay más Rodrigo que el Concierto de Aranjuez y de Esplá, Turina y la generación musical correspondiente a la literaria del 27 cada vez tenemos menos noticias. Esa apertura, esa convivencia, sería también una forma de comprobar cómo nuestra cultura es también en música una suma de continuidad y ruptura, de modernismo heterodoxo en un contexto de vanguardia y de esta en un ambiente difícil. Y una forma de contribuir a ese necesario reposo en la autoflagelación, en el desprecio por lo nuestro que hace que tantas veces vivamos en un peligroso complejo de inferioridad. La mejora de la autoestima es una tarea pendiente entre nosotros. Ya sabemos —y perdón por la ironía— lo malos que somos en relación al resto. A partir de ahí, busquemos las virtudes que nos adornan y lo que aportamos a un mundo que nos ignora, entre otras cosas, porque no sabemos explicar ni lo que fuimos ni lo que somos. 

Editorial publicado en el nº 329 de Scherzo, mayo de 2017.

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