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Artefactum: Álvaro Garrido



Artefactum: Álvaro Garrido

En 1994, el mismo año en que el Teatro de la Maestranza abría sus puertas como institución regular tras el sueño de la Exposición Universal de 1992 y la pesadilla de 1993, un grupo de amigos creaba en Sevilla Artefactum, conjunto de música medieval que se ha convertido en auténtica referencia de la escena musical hispalense. Álvaro Garrido, percusionista y gestor sin el cual es difícil entender la vida cultural sevillana de nuestros días, estuvo allí. Pasados veinte años, su ánimo no parece haberse resquebrajado lo más mínimo.

Artefactum cumple veinte años. ¿Puede recordarnos cómo surgió el grupo?

Muy sencillo. El grupo lo fundamos cuatro amigos (José Manuel Vaquero, Ignacio Gil, Eduardo Maestre y Álvaro Garrido) que coincidimos en el gusto, el placer y la pasión por el medievo, no ya sólo en el terreno musical, sino también en el cultural e histórico. Los cuatro andábamos a caballo entre el conservatorio, la universidad y la práctica autodidacta, con unos gustos musicales muy dispares pero con una gran ilusión por desarrollar juntos un proyecto basado en la música antigua, lo que resultó sorprendente para quienes empezaban a conocer nuestras andanzas. A partir de aquí empezamos a tener conciencia de que era necesario ir equipando nuestras ideas con piezas e instrumentos que por entonces eran bastante desconocidos, diría que casi exóticos para la mayoría de la gente. Por ejemplo, la primera zanfoña que llegó a Sevilla fue la que nosotros encargamos a nuestro amigo el lutier madrileño Jesús Reolid. Un instrumento que fuimos todos a recibir a la estación de Santa Justa, como si fuera un amigo del alma, para acabar ese día interpretando nuestras primeras cantigas en el Lar Gallego de Sevilla, único lugar donde sabíamos que podrían reconocer un artilugio como ese, que llegaba a la ciudad para quedarse.

Me consta que bares, tabernas y cocinas están muy vinculados a los primeros pasos del grupo… ¿Fue difícil encontrar un espacio propio en la España de entonces?

Pues sí, en su prehistoria el grupo se llamaba nada menos que Música en las cocinas medievales, pero ya entonces comenzamos a definir las líneas maestras de lo que habría de ser nuestro trabajo. Una vez escogido el nombre de Artefactum, y manteniéndonos tres de los cuatro socios fundadores, comenzamos a trabajar en posicionarnos dentro del pequeño círculo de grupos de música antigua que en aquella época funcionaban en España. Queríamos desarrollar un sello, un estilo y un carácter propios. Lo teníamos muy claro, así que todo fluyó con naturalidad.

¿Qué influencias reconoce en los inicios?

Diversas. Por un lado, la labor pionera emprendida por Gregorio Paniagua con su Atrium Musicæ; por otro, posiblemente más decisiva, los trabajos en Europa de Philipp Pickett con New London Consort, de René Clemencic con su grupo o de Dufay Collective. Pronto descubrimos que su forma de entender la música medieval coincidía en muchos aspectos, y salvando las distancias, claro está, con nuestras propias ideas.

Pasados veinte años, y de forma resumida, ¿qué balance haría?

Positivo sin duda alguna, aunque sólo sea porque el grupo permanece en activo, muy activo. Lo más importante es que Artefactum ha conseguido eso, tan difícil en mi opinión, de crear y alcanzar un estilo, un sonido y una presencia escénica absolutamente personal y diferenciada de la mayoría de las formaciones de música antigua de nuestro país. La nómina de excelentes músicos (instrumentistas y cantantes) que han pasado por el grupo ha dejado su impronta: con todos hemos ido creando nuestras señas de identidad. Gracias a ellos, sin prisas, pero sin pausa, el sonido de Artefactum ha ido ganando en matices, en solera, diría yo. Pero nada de eso habría tenido sentido sin el público: nos sentimos orgullosos de tener un público para el que el adjetivo de “fiel” se queda corto. Desde los seguidores más veteranos hasta los recién llegados, el patrimonio humano que se aglutina en torno a Artefactum nos sigue emocionando, sorprendiendo, aportándonos una energía vital que nos permite estar ya comenzando a pensar en nuestro veinticinco aniversario sin atisbo de vértigo alguno… (...)

Pablo J. Vayón
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 300 de Scherzo, octubre de 2014)

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