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Anne-Sophie Mutter



Anne-Sophie Mutter

El pasado 16 de septiembre la gran dama del violín clausuraba en Madrid su gira veraniega al frente de los Mutter’s Virtuosi con un programa misceláneo que situaba en el candelero dos estrenos nacionales de Penderecki y Previn encargados por la propia violinista. Mientras tanto, la maquinaria de Deutsche Grammophon se ponía a punto para el lanzamiento de su último disco, Anne-Sophie Mutter Live: The Club Album from Yellow Lounge —o The Club Album, a secas—, que marca la primera incursión de Mutter en la escena del clubbing europeo gracias a la iniciativa de conciertos y grabaciones Yellow Lounge con la que el sello amarillo ha querido reinventarse. Volcada desde hace más de una década en la promoción de jóvenes talentos así como en múltiples causas humanitarias –desde la Anne-Sophie Mutter Foundation que levantara en 1997–, la artista alemana vive actualmente la época más dulce de una carrera que en 2016 cumplirá –se dice pronto– su cuadragésimo aniversario.

Empecemos hablando de su nuevo disco, The Club Album, un recital grabado en vivo –en CD y DVD– el pasado mes de mayo en la sala Neue Heimat de Berlín, célebre por sus sesiones de jazz y música electrónica.  Resulta obvio, tanto por el marco escogido como por la variada y estimulante selección de este programa, su interés en tender un puente entre la música clásica y un tipo de público joven poco acostumbrado a escucharla. ¿Qué piensa de esta preocupante separación entre el ámbito de la así llamada ‘música culta’ y la cultura popular? 

Se trata de una separación artificial articulada por el hombre y en buena medida tiene que ver con la tendencia que tenemos a etiquetarlo todo. En Alemania, sin ir más lejos, existe esta dicotomía entre la ‘música seria’ y la ‘música de entretenimiento’. Pero la ‘música seria’ es entretenida y la ‘música de entretenimiento’ ha demostrado que puede ser tan seria como la clásica. Durante muchos siglos la música que ahora denominamos ‘clásica’ fue la música ‘pop’ de su época. Ciertamente, la evolución natural de la música clásica contemporánea deriva de la multiplicación de los lenguajes y estilos que se da en el siglo XX y de una serie de vicisitudes históricas. Así que, por un lado, la causa de esta separación tiene que ver con el etiquetado, pero también con una serie de circunstancias que han contribuido a generar esta “territorialidad” o demarcación. La Hausmusik –música doméstica– estuvo en boga durante muchos años hasta los 30 y 40 del pasado siglo, pero debido al paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, la fuerte presencia de la televisión en los años 60 y la irrupción de las nuevas tecnologías actuales, la música clásica se ha distanciado de la cultura popular, llegando a desaparecer de los programas educativos y de la agenda familiar en calidad de hobby compartido. De ahí que la labor de los padres resulte esencial para promover en casa esta “tercera vía” de ocio como complemento a los deportes y a la tecnología, ya sea inculcando a sus hijos la práctica de un instrumento o llevándolos a conciertos. Es una realidad generada por la sociedad de manera quizás inconsciente y tiene que ver con su propia evolución. Damos por sentado que la música, al contar con toda esta gran tradición europea a sus espaldas, va a seguir existiendo pase lo que pase, pero ésta es una percepción errónea, ya que su supervivencia depende de que la cuidemos, protejamos y difundamos activamente. Con todo, es interesante observar que se trata de un proceso vivo y dinámico. Después de la Segunda Guerra Musical, la música clásica ha causado sensación en Japón, país donde es escuchada e interpretada con pasión. Y hace unos diez o quince años se dio el mismo caso con China, donde actualmente es tan popular como cualquier música pop. Por supuesto, debido a la crisis y otras circunstancias, la cultura se ha visto resentida, pero en última instancia hay que tomar conciencia de que la música clásica es el medio óptimo para levantar puentes entre las naciones, puentes capaces de superar las diferencias y barreras impuestas por los idiomas y los separatismos religiosos. La música tiene el poder de mantenernos conectados y nos muestra, como suelo decir citando a Heine, que “todos somos iguales bajo la ropa”. La música es una forma maravillosa de compartir nuestras raíces, como sucede en el caso de las canciones infantiles: todas ellas fluyen del mismo cauce. También puede ayudarnos a sentirnos parte del grupo y a ser colaborativos a través de la escucha compartida.

Mutter’s Virtuosi, el maravilloso ensemble internacional de jóvenes y brillantes músicos que usted fundara en 2011 –y entre cuyos miembros encontramos al emergente violonchelista español Pablo Ferrández– se antoja un vehículo ideal para salvar el hueco existente entre la generación veterana de melómanos y el nuevo público... 

Sí, por eso soy muy optimista con respecto al futuro de la música clásica. Se ha de tener en cuenta que los melómanos de mi generación, aquellos con los que he envejecido desde mi adolescencia, tienen hijos y es de suponer que muchos de ellos hayan inculcado a éstos su pasión por la música. Se establece así un perpetuum mobile intergeneracional que garantiza la continuidad de la melomanía. Por otra parte, cada nueva generación de intérpretes apela a su propia generación de oyentes, como es el caso de Mutter’s Virtuosi. Si nos fijamos en el número de estudiantes en Europa, no hay razón para tener miedo por el futuro de la música clásica. Lo único que necesitamos tener presente en todo momento, especialmente cuando el arraigo de las artes se ve enfrentado a la adversidad, es que la música debe formar parte integral de la educación humana, ya que ésta nos inspira y nos orienta hacia lo que realmente somos, volviéndonos personas creativas y librepensadoras. Es muy importante invertir en una educación que no sólo contemple el entrenamiento de hombres y mujeres laboralmente funcionales y adiestrados para consumir: la vida es mucho más que eso. (...)

David Rodríguez Cerdán

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 311 de Scherzo, octubre de 2015)

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