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Abbado sea Dios




PorBenjamín G. Rosado - Publicado el 20 Mayo 2014

Abbado sea Dios

Perseguir tornados perjudica seriamente la salud. Mas allá de que uno pueda ser devorado por un vórtice o golpeado mortalmente en la cabeza por un hielo del tamaño de una pelota de béisbol, los stormchasers o cazadores de tormentas someten sus cuerpos a condiciones extremas de velocidad en furgoneta e ingestas desproporcionadas de comida basura. Porque no hay tiempo que perder en restaurantes, me dicen, y porque cualquier gramo de más ayuda a mantener los pies pegados al asfalto. Las probabilidades de avistamiento son mínimas, pero la impericia romántica y el desenfreno geográfico de la hazaña justifican la estancia en moteles de mala muerte, las incontables horas de carretera y el contacto prolongado con exploradores del misterio y profanadores del sentido común.

La cita era en Oklahoma City y el plan consistía en dejarse llevar por el viento al son del parte meteorológico a través de las Grandes Llanuras y el Medio Oeste norteamericano. Sobrecogen los paisajes de la Interestatal 35 por la inhóspita belleza de sus mansos y lánguidos atardeceres. Recuerdo que pasamos cerca de París, Texas, donde hay una reproducción de la Torre Eiffel con un sombrero de cowboy en lo alto y todo huele a western. Imposible estar allí y no escuchar los “acordes rodadores” de la guitarra de Ry Cooder. También paramos a comer a pocos kilómetros de Holcomb, donde decía Capote que nunca pasaba nada. “Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí”.

Quizá por eso (porque allí nunca pasa nada) me sorprendió encontrarme al doble de Claudio Abbado en la furgoneta, camino de un foco de inestabilidad atmosférica. Iba sentado en la última fila de asientos, mirando para atrás por el hueco de la ventanilla, como si sospechara que alguien le estuviera persiguiendo mientras él perseguía a los tornados. Le abordé a la salida del baño de la primera gasolinera en la que repostamos. Me estrechó la mano aún mojada y me dijo que se llamaba Roger, que era de origen austríaco y que adoraba las hamburguesas. La frase sonó tan artificial (“me llamo Roger, soy austriaco y me encantan las hamburguesas”) que por un momento pensé que se refería a las mujeres de Hamburgo.

Nadie habla así, me dije de vuelta a mi asiento, y di por hecho que se trataba de un engaño. Quiero decir que empecé a fantasear con la idea de que Roger fuera realmente Claudio Abbado fingiendo no ser Claudio Abbado. No era la primera vez que el director italiano había resucitado (lo hizo en Tokio, con los filarmónicos de Berlín como testigos, cuando todo el mundo lo daba por muerto) y tenía buenas razones para pensar que su prolongada enfermedad más que un túnel con luz al otro extremo era una carretera de ida y vuelta. Como la que ahora nos dirigía irremediablemente al interior de una supercelda, preñada de rayos y centellas, en las proximidades de Kansas City.

La confusa excitación que me provocaba la tormenta me recordó, no sé por qué, a la última Novena mahleriana de Abbado en el Auditorio Nacional de Madrid a finales de 2010. A medida que se acercaba el finale, las luces de la sala fueron apagándose y para cuando los músicos de la Orquesta del Festival de Lucerna (que él mismo fundó, tras la resurrección) tocaban el silencio sepulcral del cuarto movimiento sólo las linternas de los atriles marcaban los rasgos del maestro milanés, que parecía un Nosferatu venido de otra época, cargado de otra música.

La furgoneta siguió avanzando por un camino de piedras y cuando sólo nos separaban unos pocos metros del embudo del tornado, Roger, o sea Claudio, le pidió amablemente al conductor que pusiera una cinta de casete que se había traído preparada de casa. Mientras por los altavoces empezó a sonar The Dark Side of the Rainbow de Pink Floyd, Roger, o sea Abbado, me dedicó una sonrisa huracanada y, sin perder de vista el tornado que ya había empezado a engullir los primeros tejados por el lado de su ventanilla, me dijo: “Y recuerde esto, muchacho: cuando no sepa qué hacer, limítase a seguir el camino de baldosas amarillas”.