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25 años del Auditorio Nacional



25 años del Auditorio Nacional

Se acaban de cumplir los veinticinco años desde que abriera sus puertas el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Una vez decidido, tras arduo proceso, resucitar el Teatro Real como coso operístico, la capital hubo de dotarse de una nueva sala que habría de acoger las actividades de aquél y las que el crecimiento natural de la oferta fuera adquiriendo con el tiempo. Hoy, el Auditorio tiene una vertiginosa velocidad de crucero y una programación prácticamente diaria. Tanta que hace recordar cómo hubo épocas —sobre todo a raíz de la capitalidad cultural de Madrid— en las que se pidió un segundo auditorio, a la vista de la oferta enorme de aquellos días y de lo que parecía el definitivo despegue del consumo musical en el Foro. Nadie sabe qué hubiera pasado con ese Auditorio bis, si hubiera cumplido las expectativas o quizá se lo hubiera llevado la crisis, qué institución lo habría gestionado, si se hubiera privatizado en un concurso al que alguien en aquellos tiempos de bonanza se atreviera a presentarse o sería hoy cuando su porvenir dependiera del mismo hilo que otros teatros e instituciones culturales capitalinos. No fue así y el Auditorio Nacional es hoy por hoy la casa de la música en Madrid, recibe centenares de conciertos al año de cualquier género y se ha integrado más que razonablemente en el acontecer cultural de la ciudad, aunque le siga faltando ese punto de atractivo que algunos de sus responsables han intentado alguna vez pero ninguno ha querido o podido no ya conseguir sino ni siquiera acometer.

Al Auditorio le debemos mucho, casi todo lo que escuchamos en Madrid. Es un edificio sin alharaca arquitectónica alguna pero que sí posee esa funcionalidad discreta y calma muy de su autor, José María García de Paredes, que se echa de menos en otras propuestas similares cuyos inconvenientes conocen bien algunos de nuestros lectores que viven allí donde se han erigido. Excelentemente comunicado adolece, sin embargo, de algo que en tiempos de crisis sería aún más difícil plantear: la falta de un suficiente atractivo extramusical que lo convirtiera en un polo de actividad verdaderamente social en la ciudad y en el barrio en que se encuentra. ¿Por qué no poder tomarse una copa antes o después de un concierto, comprar un disco o un libro, ver una exposición, entrar y salir, quedarse un rato…? Sí, son cuestiones que tienen que ver con el gasto y, por tanto, con el recorte que marca nuestro presente, que no puede asumir directamente su propietario —el Ministerio de Cultura— y que pueden asustar también a quien pudiera presentarse a un hipotético concurso de explotación de esas posibilidades, valga decir, comerciales. Pero son también valores añadidos de esos que hoy tanto buscamos para cualquier oferta.

El Auditorio, no se olvide en un momento como este, es también el fruto de una buena planificación de escenarios musicales que dio lugar, paralelamente, a la construcción de flamantes y bien dotadas salas de concierto y a la fundación de orquestas nuevas. El tiempo ha dado la razón a aquella política que supo articular los dos elementos sin los que la música clásica en directo no es posible, dinamizar nuestro panorama, fidelizar al público y diseñar una realidad artística cuya importancia no puede relativizarse, pues ha sido crucial en estos años y ahora lucha denodadamente por sobrevivir. También el Auditorio ha sido hogar para iniciativas privadas que han supuesto un radical cambio cualitativo para la música que se ofrecía en Madrid hasta su llegada. Entre ellas el Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Sea, pues, este editorial una felicitación para el Auditorio y sus gestores con el deseo de que, juntos y a pesar de la que está cayendo, todos cumplamos muchos más.

En la Tienda de Scherzo puede adquirir la revista completa del mes en formato PDF (precio: 3,50 Euros) o en papel (precio: 7 Euros) así como cualqiera de las tres secciones en la que la hemos dividido: Dosier, Discos o Actualidad (precio de cada sección: 2 Euros).

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