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¿Nunca es tarde?



¿Nunca es tarde?

La Orquesta Sinfónica de RTVE lleva semanas alertando del peligro de un cambio en el régimen laboral de sus profesores que convertiría a Éstos en fijos-discontinuos, una de esas denominaciones que la precariedad ha conseguido que entendamos perfectamente a pesar de lo paradójico de su enunciado. No es una noticia sino un rumor pero un rumor de esos que dan miedo y que conviene coger por los cuernos, sobre todo porque llega al poco de que la orquesta tenga un nuevo titular, brillante y lleno de ideas para con ella. Así, en la entrevista que Carlos Kalmar concedía a SCHERZO, hablaba de las posibilidades de la misma, de su repertorio, de cómo optimizar la enorme suerte —en teoría diríamos nosotros— de ser una formación dependiente de la radiotelevisión pública, de lo importante de las giras, de darse a conocer… es decir, de todas esas cosas que un maestro sabe que son imprescindibles para la supervivencia de una orquesta, y más —y él era consciente— en una época de vacas flacas. La realidad a día de hoy es que ya se le da vueltas a la orquesta para ver cómo contribuye al ahorro en un ente público que ha renunciado a proyectos que cuestan mucho dinero y al que en su día se le anunció su propia agonía al negarle la publicidad.

El problema es que es tarde, cosa de la que no tienen la culpa los profesores de una excelente orquesta, que sobrevivió a la jubilación voluntaria de muchos de ellos en condiciones que hoy hubieran sido imposibles, pero cuyos más altos gestores no han sabido manejar como se debiera. Ojalá la OSRTVE sobreviva, ojalá ese régimen diabólico que se le prepara —antesala de la desbandada y garantía del descenso de calidad que supone el trabajo en precario— no se lleve a cabo. Pero que ello no haga olvidar que los polvos del acomodo traen siempre los lodos de la falta de relevancia. No puede ser que una orquesta como la de RTVE ocupe hora y media de la programación de La Dos —de la que desaparece igualmente Programa de mano—, que actúe en un local inmundo como es el Monumental, que no tenga su propia firma discográfica, que no salga de Madrid y pretenda tener detrás a alguien más que ese mundo de la cultura que la apoyará —la apoyaremos— sin duda alguna, aun sabiendo que tal apoyo puede ser tan insuficiente como la música lo es en relación al cine o a la edición de libros, industrias que saben defenderse mejor no sólo porque muevan mucho más dinero sino porque han sabido hacerse valer. Es el público quien debe mantener lo que le gusta y también ahí ha habido una cierta dejación de funciones —como en casi todas partes— a la hora de renovarlo.

No tiene sentido llorar por la leche derramada y los actuales responsables del ente público podrán llamarse andana respecto a la inacción de sus antecesores. Pero también les queda la oportunidad de oro de no romper una trayectoria que ha dado días de gloria a la música en España y que pertenece a una gran tradición europea como es la de las orquestas de la radio, promoviendo una cultura que nos pertenece y que nos hace ser lo que somos. ¿Por qué no replantearse las cosas no desde la inactividad sino desde lo contrario, desde la asunción de lo que ese servicio público debe suponer para la sociedad que lo paga y tiene derecho a disfrutarlo? Para salir de ésta no hace ninguna falta cargarse a la cultura. Y pensar positivamente el papel de una orquesta en plena crisis sería toda una lección, también para esas emisoras homólogas que, en el resto de Europa, pasan por el mismo trance.

 

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