Doliente y viril persona

Doliente y viril persona

Como La bella molinera Amor de poeta, el schubertiano Viaje de invierno es, aparte y más que una serie cancioneril, la narración de una historia que pone en pie a un personaje. Más aún: a un personaje doliente y viril. Si bien hay versiones en voz de mujer de admisible excelencia, como las de Fassbaender y Ludwig, sólo cobra auténtico perfil en un cantante. En efecto, el despechado y amoroso soliloquio no desea la tópica protección que buscaría una mujer sino que vaga, ensimismado y solo, por un desierto paisaje invernal donde la blancura nival aporta el resplandor implacable de la pérdida. La amada se casó con otro, según ocurre en el más liso de los tangos, y ha dejado su ausencia como herido y latiente hontanar del canto. Y el canto es desafío varonil al desamparo.

El conjunto ha merecido una quizá docena de versiones memorables. Novela en primera persona, dramática cantata de bolsillo, oyendo la reciente grabación de Jonas Kaufmann con Helmut Deutsch sólo puedo evocar la que recibí, hace medio siglo, de Hans Hotter, con su vozarrón de rabioso Wotan comprimida a la intimidad de la cámara, sin perder, justamente, su talante desgarrado y dramático. Kaufmann ha conseguido añadirle un matiz que le pertenece en exclusiva: la indignación. Su persona es, de pronto, alguien que se insurge contra su destino de abandonado y, al hacerlo, se queja desde el aislamiento recordando que la querida imagen que lo lacera es, también, la más dulce compañía de su existencia.

Hay de todo en esta novela breve, plena de episodios recorridos por la variada y omnipotente imaginación del tenor alemán. Hay lágrimas que se hielan en el aire invernal o se ocultan en el pudor de la nieve, disolviendo fugazmente sus hirientes cristales, hay graznidos de cornejas, lejanos aullidos de perros, traqueteo de pezuñas con la llegada del postillón, viento que colecciona hojas secas entre las ramas minerales de los árboles semidesnudos, soles embadurnados de niebla y espacios y más espacios desiertos donde el cantor sólo halla un semejante, el pobre y viejo organillero que recorre su instrumento con manos heladas, bajo la impiadosa nevizca. Y hay, siempre, la voz incomparable de Kaufmann, oboe en el filado íntimo, grosura de fagot en el oscuro registro medio, estallido de cobres en el agudo colérico. Todo está instrumentado con un dominio técnico del sonido que se torna natural, con la sencillez de lo magistral, variantes de volumen en cualquier altura del registro, emisión abierta, o velada desde el paladar, o arrojada a la máscara desde los alvéolos.

Kaufmann dice los versos y construye las estrofas como si esas palabras sólo pudieran existir con esa música. Si Hegel lo estuviera escuchando diría que el espíritu ha acoplado a la perfección la materia y la forma en la dicción de la verdad como absoluto. No la alcanza el verbo del poeta, sólo la consigue la música del canto. Baste con atender las líneas con acentos internos sobre los monosílabos para aprender a oír el fraseo en la interpretación del artista. Hasta parece que la voz ondeara como una bandera en el aire al evocar la veleta movida por el viento (veleta es, en alemán, Wetterfahne, “bandera
del tiempo”).

Kaufmann rehuye la tradición exclusivamente lírica tanto como la lectura expresionista de algunos innovadores, que acaban destrozando la estructura de las frases. Antonio Machado apuntaría que nada es menos original que un novedoso. Kaufmann consigue la originalidad al proponer una persona, única e incomparable como toda persona, sin ceder a fáciles extravagancias, y así parece que estuviera estrenando la partitura, tal si, por primera vez, la muda página pautada cobrara sonido. Casals con Bach, Perianes con Mompou y Blasco de Nebra, Victoria de los Ángeles con El misterio de Elche. El origen.

Sería imposible el resultado sin Deutsch al piano. A veces semeja él la voz y Jonas, el instrumento. Se lo oye respirar en los silencios, al igual que respira un cuerpo cantante. En fin: el primer invierno de nuestra memoria.