Bella pace, in più placide cure

Bella pace, in più placide cure

Antonio Lotti fue uno de los compositores más admirados por Johann Sebastian Bach. Con eso está dicho todo. El veneciano (que había nacido en Hannover) escribió una treintena de óperas, aunque la poca música que se conserva de él es casi toda sacra. Entre 1717 y 1719, Lotti estuvo residiendo en Dresde, expresamente invitado por el elector de Sajonia Federico Augusto I, “el Fuerte”. Además de elaborar un buen número de obras religiosas, tuvo tiempo para estrenar cuatro óperas: Giove in Argo, Ascanio, Teofane y Li quattro elementi. Llegó a la vez que Johann David Heinichen, contratado como Kapellmeister, cargo que desempeñaría hasta el final de sus días (1729).

Cuando Lotti regresó a Venecia, Heinichen (no se sabe si por encargo o por iniciativa propia) asumió la responsabilidad de escribir música para la escena. Su primer —y único— título fue Flavio Crispo, compuesto para celebrar el regreso de Federico Augusto I, que, como rey de Polonia que también era (con el nombre de Augusto II), había pasado una larga temporada en el país báltico. La vuelta del elector coincidía con los Carnavales de 1720.

Con la ópera de Heinichen ya escrita, llegaron los ensayos. Y con los ensayos, el escándalo. Dos de los cantantes que formaban parte del reparto eran los castrados Senesino (Flavio Crispo) y Matteo Berselli (Gilmero, el amigo de Flavio Crispo). Al escuchar una de las arias, estos empezaron a mofarse del compositor y de su supuesto desconocimiento de la lengua italiana. Aquello fue una afrenta para Heinichen, que había residido siete años en Venecia y se jactaba de su buen dominio de ese idioma.

La discusión fue a mayores y Senesino rompió en pedazos la partitura en que aparecían las arias y los recitativos encomendados a Berselli. Todo hace indicar que aquello fue una estratagema de los dos castrati para que les rescindieran el contrato, pues hacía poco que Georg Friedrich Haendel había estado visitando Dresde, en su gira europea para contratar cantantes para la Royal Academy of Music londinense, y a ambos les había propuesto  incorporarse a su compañía de ópera (con un sueldo muy superior, claro).

Sea como fuere, el incidente fue presenciado por el barón Von Mortax, director musical de la corte de Dresde, al que le faltó tiempo para informar a Federico Augusto I de lo que había sucedido. El elector debía de estar bastante harto de los cantantes italianos que trabajan allí, por lo que su reacción fue fulminante: canceló el estreno de Flavio Crispo y despidió no solo a Senesino y Berselli, sino a todos los demás cantantes italianos que trabajan en la corte.

Flavio Crispo ha sido recuperada por Jörg Halubek, quien, al frente de su grupo, Il Gusto Barocco, la estrenó (recordemos: no llegó a interpretarse en tiempos de Heinichen) el 20 de junio de 2015, en la sala de conciertos de la Musikhochschule Stuttgart. En ese mismo momento, fue también grabada, y el disco ha aparecido hace bien poco. Milagrosamente (luego explicaremos el porqué de lo de ‘milagrosamente’), Flavio Crispo se ha conservado en su integridad, salvo unas pequeñas partes, que seguramente son las que destrozó con sus manos el airado (o más bien, taimado) Senesino.

Flavio Crispo está repleta de arias hermosas, pero me ha llamado la atención especialmente una, que canta el bajo español (de León, para más señas) Ismael Arróniz, en su papel de emperador Constantino. No solo por su belleza me ha cautivado, sino por la paradoja que encierra. El aria en cuestión comienza así:

Bella pace, in più placide cure
volga i fieri pensieri di guerra.

Lo que traducido al español es:

Hermosa paz, convierta los pensamientos feroces de la guerra
en preocupaciones más tranquilas.

¿Por qué digo que es un milagro que se haya conservado Flavio Crispo y por qué digo que el aria Bella pace encierra en sí misma una paradoja? Pues porque Dresde ha sido una de las ciudades con las que más cruelmente se ha ensañado la Historia en los últimos 250 años.

Sajonia participó en la Guerra de los Siete años, al lado de Austria, Francia, Rusia, Suecia y España, y en contra de Hannover y de la Prusia de Federico II “el Grande”. El conflicto armado comenzó cuando este monarca, reconocido melómano (era un magnífico flautista, a decir de las crónicas), lanzó un ataque preventivo e invadió Sajonia en agosto de 1756. Los prusianos acabaron rápidamente con la débil oposición sajona, a fuerza de bombardear inmisericordemente Dresde durante varios días. Ardieron numerosos edificios, entre ellos varias bibliotecas que conservaban infinidad de partituras musicales.

Dresde era un centro cultural de primera magnitud y la música florecía a orillas del Elba ya desde los tiempos en los que Heinrich Schütz trabajo allí (fue nombrado maestro de capilla en 1617). En su ingenuidad, el gran compositor Johann Adolf Hasse pensó que Federico II de Prusia nunca le haría ningún daño a Dresde: el rey era amigo suyo y sabía que él residía en esta ciudad y que en ella guardaba sus partituras manuscritas, que tanto admiraba. Casi todas esas partituras ardieron en los bombardeos prusianos. E igual desgracia corrieron las partituras de otros grandes compositores que habían trabajado allí, como los mencionados Lotti y Heinichen, o como Giovanni Alberto Ristori.

Dresde se rehízo de la invasión prusiana. La ciudad se reconstruyó y las bibliotecas volvieron a acoger miles de partituras. Pero a Dresde le faltaba por vivir una catástrofe aún peor: en febrero de 1945, cuando Alemania ya había perdido irremisiblemente la II Guerra Mundial, los bombarderos aliados dejaron caer sin cesar, durante tres días y tres noches (del 13 al 15), cerca de 40.000 toneladas de bombas altamente explosivas. Aquella injustificada y vesánica tormenta de fuego (la guerra ya estaba sentenciada y, además, Dresde era una ciudad desmilitarizada) acabó con el centro histórico de la llamada ‘Florencia del Elba’ y con la vida de al menos 40.000 civiles alemanes indefensos, la mayoría de ellos refugiados (algunas fuentes elevan el número de muertos a medio millón, lo cual quintuplicaría las víctimas los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki). Aunque, ante tan pavorosas cifras, sea lo de menos, casi todas las partituras que se habían salvado de los bombardeos de Federico II de Prusia dos siglos antes fueron ahora pasto de las llamas.

Es imposible cuantificar los tesoros musicales que desaparecieron en Dresde en estos dos conflictos bélicos. Pero causa escalofríos pensar en ello. La partitura de Flavio Crispo es una de las pocas afortunadas que ha llegado hasta nosotros, quizá para que repiquetee sin cesar en nuestras conciencias el aria de Constantino: “Hermosa paz, convierta los pensamientos feroces de la guerra en preocupaciones más tranquilas”.

Nota 1.- El aria ‘Bella pace’, de la ópera ‘Flavio Crispo’ de Johann David Heinichen, interpetada por el bajo Ismael Arróniz y la orquesta Il Gusto Barocco, se puede escuchar aquí (pista 24):

Nota 2: La imagen que ilustra este artículo es una vedutta de la ciudad de Dresde pintada por  Bernardo Bellotto —también llamado Canaletto “el Joven”—, en los años inmediatamente anteriores al bombardeo prusiano.