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Ravel y Jankélevitch




PorSantiago Martín... - Publicado el 08 Junio 2010

Ravel y Jankélevitch

Un genio escribe sobre otro

Lo llaman Pancho Contreras. Y lo es. Es su inclinación, llevar la contraria. Incluso cuando parece que se trata de otra cosa. No siempre resulta enojoso. A menudo es saludable que te contraríen, aunque no siempre sepas soportarlo con elegancia.

Algo recelo cuando me habla de Ravel, de Vladimir Jankélevitch, el libro que acaba de publicar la Fundación Scherzo con Antonio Machado Libros. En nuestra colección Musicalia Scherzo. Me pregunta, entre otras cosas, por qué he traducido este libro cuando ya existe una traducción, aunque lejana. Le digo que la traducción aquella de Losada es de la primera edición de 1939, mientras que ésta es la tercera u última del propio Jankélevitch.

Me pregunta por el autor, y como buen raveliano espera a ver qué aporta nuestra edición. Calla y se prepara, diría yo.

Trato de explicarme, más o menos así.

Como usted sabe, le digo, conocemos a Vladimir Jankélevitch como el filósofo bergsoniano del imperativo moral. La libertad es base de la ética, y tanto la ética como la libertad protagonizan su pensamiento y la mayor parte de sus obras: La paradoxe de la morale, o los tres volúmenes del Traité des vertus. Es Jankélevitch el intelectual francés judío de origen ruso que reivindicó su carácter de judío sin por ello renunciar a sus otras muchas dimensiones.

Y hay una dimensión esencial en el pensamiento y la obra de este filósofo: la música. Jankélévitch es el autor de varios libros sobre Gabriel Fauré, de obras como Debussy et le mystère, La música y lo inefable, Liszt et la rhapsodie, La présence lointaine (Albéniz, Séverac, Mompou), La musique et les heures. Y, en especial, esta magistral monografía alrededor tanto del detalle como del conjunto de la aportación de Maurice Ravel a la historia del arte, siempre en la cercanía de sus contemporáneos y antecesores, desde Liszt y Chabrier hasta Séverac, Debussy, Fauré, Falla, Koechlin, Mompou o Jongen, entre otros muchos.  

Me pregunta Contreras si es buen libro para introducirse en Ravel.

No, le respondo, no es un libro de iniciación a Ravel. Es para quienes ya conocen a Ravel y les gusta, a los que conocen esa escuela (o escuelas) de Francia que ha dado nombres que crecieron con el tiempo, como Fauré, como Debussy, como Déodat de Séverac, como Chabrier; como Turina, que no era francés, sino español de Sevilla. O como el malogrado Lekeu, fallecido demasiado pronto. O como el maravilloso Ernest A. Chausson, que no alcanzó una edad avanzada. O Henri Duparc, de obra brevísima e insuperable. Satie, Ibert, Roussel... Mas también otros que fueron olvidados y que desde hace años surgen y resurgen porque el tiempo no ha podido con ellos, porque la posteridad es más justa que los purgatorios inmediatos, y al purgatorio le sigue la gloria: el belga Jongen, por ejemplo; Koechlin, por ejemplo; Pierné, Crass, Ropartz, Magnard. Todo ello sin distinciones entre los chicos de d’Indy y la Schola Cantorum y los del otro bando, el de Debussy y Ravel.

Me pregunta Contreras que cómo es el libro, en qué consiste. Y yo continúo con mi respuesta, aunque a estas alturas creo percibir en él una cierta socarronería.

La exposición de la obra de Ravel –continúo- se despliega en ejemplos y recorridos de la creatividad del propio compositor, y se entrevera con ejemplos ajenos, de contemporáneos, de antecedentes, de consecuencias posteriores. No hay biografía, eso se queda para los editores. Hay tres partes. La primera (La obra en su devenir) hace un recorrido por la obra de Ravel, una obra no muy amplia, siempre exquisita, más allá de lo magistral, y lo hace desde las primeras pruebas y ensayos hasta el prematura detención por la enfermedad, pasando por la temprana primera madurez y por los grandes títulos que todos conocemos: Gaspard de la Nuit, La hora española, Valses nobles y sentimentales, Dafnis y Cloe, Ma Mère l’Oye, Bolero, Le Tombeau de Couperin, La Valse, El niño y los sortilegios, los dos Concertos, el Trío, la Sonata en dúo… Y las canciones, las mélodies, pocas, insuperables.

La segunda parte, La Industria, se refiere a la técnica, a la habilidad, al saber hacer. Esto es, lo que en tiempos significaba industria en nuestro propio idioma. Ahí reaparecen las comparaciones, como si aquí Ravel abriera sus puertas para muchos invitados que le deben algo o a los que él algo debe. Y la tercera parte, Appassionato, se refiere a los contenidos no sólo técnicos, no sólo musicales, no sólo gramaticales, porque si no hay corazón, no hay música, no puede haberla, según cita de Chaikovski que encabeza este capítulo.

Y ahí cesa Jankélevitch, y entran los editores, entramos nosotros y la edición francesa. Una gran cronología, una selección de documentos (cartas, sobre todo), una autobiografía del propio Ravel recogida por Roland-Manuel. Por nuestra parte, nos hemos permitido trazar una nueva relación de obras de Ravel, y añadir una amplia, inagotable discografía. No es una discografía total, ya lo sé, pero no se aleja mucho de ello. Esta relación de registros fonográficos es algo más y algo menos que un desafío superado o que una incitación al consumo. Es el testimonio de los artistas, instituciones musicales y productores que se dedicaron desde muy pronto a grabar la obra de Ravel en soporte audio para su conocimiento inmediato, mas también para la comprensión de la posteridad. Los gustos, los enfoques cambian, la obra de Ravel permanece, una y diversa.

En fin, nosotros somos posteridad de aquello, cien años después de que Ravel estrenara su Gaspard. Ciento veinticuatro años después de su nacimiento. ¿Acaso no le dedicó la revista Scherzo, en su segundo año de vida, 1986, un dossier a Ravel por los 111 años de su feliz venida a este mundo?

Después de mi exposición, Pancho Contreras afirma, con contundencia, aunque disfrazándolo de pregunta:

Eso decir, que usted necesitaba traducir ese libro…

Bueno, no sé, trato de responder…

Aprovecha mi perplejidad para señalar dos o tres erratas (¡juegos forales!) y alguna que otra imperdonable falta de ortografía: raya en lo prodigioso. ¡Ay, vergogna!

Es decir, que Contreras sabía en qué consistía el libro. No aseguraré que lo haya leído, pero caramba…

Debería afearle su actitud, su marrullería, que va más allá de su afán de contradecir.

Me callo, acaso espero un elogio por esta traducción que he hecho.

Pero me quedo esperando. Contreras es así.