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Entre pintas de `Ascension´ y las partículas del Dios Shorter




PorPablo Sanz - Publicado el 08 July 2012

Entre pintas de `Ascension´ y las partículas del Dios Shorter

Decíamos ayer: hay quien piensa que el Getxo Jazz es el hermano pequeño de los festivales vascos, pero hace tiempo que demostró su mayoría de edad. El primer día de su recién concluido festival uno entró en la sede sus jam sessions, el Piper´s Irish Pub de Algorta, y lo que recibió fue el aullido improvisado y elevado que John Coltrane plasmó en su obra maestra Ascension, un latigazo musical para todos los públicos… menos los pequeños. La anécdota luego adquirió rango de categoría con la visita, precisamente, del saxofonista y jazzista más coltraniano del momento, Wayne Shorter, un artista conectado a una vitalidad y espiritualidad asombrosamente únicas.

El que fuera hombre de Art Blakey, Miles Davis y Weather Report firmó otro recital para la memoria más excelsa de este festival. Más allá de sus audacias musicales, lo que sigue sorprendiendo en este exclusivo monarca del jazz actual son sus ganas de evolucionar, de buscar, se seguir preguntándose. Es historia viva del jazz, una leyenda con todos los elogios y reconocimientos, pero como los buenos creadores nunca baja la guardia creativa. Resulta increíble la vitalidad de este hombre que se plantea su arte como un desafío constante, como un vivir en un momento eterno. Cuando se refiere a su música habla de Stephen Hawking y sus agujeros negros, del bosón de Higgs y del cubismo de Picasso. Testimonios de un artista que vive entre los divino y lo terrenal. Le ayudan en sus ecuaciones jazzísticas cómplices con igual poderío creativo, el pianista Danilo Pérez, el contrabajista John Patitucci y, en esta ocasión, el baterista Jorge Rossy, que sustituía al miembro titular del cuarteto, Brian Blade. ¡Menuda banda! La voz colectiva por encima de cualquier individualidad, incluida la del jefe; toda una prolongación viva de una de las mejores enseñanzas de Miles Davis: la obra manda sobre todo lo demás.

La actuación entera fue un calambre emocional continuo, por lo que no extrañó que la noche acabara desfondada: allí no cabía ni un sentimento ni una idea más. Así pues, el Getxo Jazz, queda claro, no es el hermano pequeño de los festivales vascos, ni tan siquiera es un punto de partida en el tradicional periplo jazzístico veraniego del norte, sino un viaje en sí mismo. Y veladas como la que regaló Shorter lo confirman, siendo una metáfora de todas las intenciones y conclusiones del certamen: nadie hace más con menos.

En cuanto a su reputado concurso de grupos europeos, el primer premio recayó en la formación alemana Tobías Meinhart Quintet, seguida del conjunto austríaco Piotr Pawlak Jazztet, que se hizo con la plata. Asimismo, el premio al mejor solista fue a parar a manos del saxofonista de la banda ganadora, Tobias Meinhart.