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San Francisco de Asís entero




PorLuis Suñén - Publicado el 22 July 2011

San Francisco de Asís entero

Dentro de la campaña de promoción del San Francisco de Asís de Messiaen que ha ofrecido el Teatro Real en el Madrid Arena hemos podido leer en el diario El País un artículo de Gerard Mortier que nos animaba, nos exhortaba más bien, a ver al poverello como un modelo a seguir en un mundo en el que mandan la ambición, el poder, el dinero o la prisa. Frente a ello, el amor a la naturaleza, la desposesión, la ayuda a los pobres o a los enfermos, un atisbo de rebeldía frente al sueldo de los futbolistas y una apelación  a los valores perdidos de la Revolución Francesa nos ponían en la senda marcada por el santo. Digamos de entrada que la ópera de Messiaen es una de las obras maestras de la música del siglo XX y que probablemente nadie se ha propuesto con mayor ahínco ni conseguido con mejores resultados plasmar en notas la relación del ser humano con Dios –la ida y la vuelta, la pregunta y la respuesta, la petición y el clamor-, una relación, se diría, y por qué no, también física. En efecto: ¿por qué no? En esa relación es precisamente donde la consideración de San Francisco de Asís como un modelo a seguir tal y como se exponía en el citado artículo se queda corta, no es suficiente aunque baste para tranquilizar nuestra conciencia ecológica o social sin que debamos ir más allá de una reflexión que no alcanzará a cambiar nuestra vida, de una limosna, de la cuota de una ONG. La cosa, la verdad del cuento, está en que hasta los que no militamos activamente en la iglesia católica pero hemos leído a los místicos, sabemos que el paso que da el de Asís –y muy pocos como él- es el de pedir ser como Cristo. Más aún: físicamente como Cristo crucificado, no sufrir mentalmente la desmoralización de un Dios hecho hombre al que se le humilla sino el dolor de un hombre que, siendo Dios, sufre atrozmente una tortura que le lleva a la muerte. Por encima de los pájaros, más allá de la nunca mejor dicha seráfica actitud frente a la naturaleza y su creador, lejos también de una pobreza durísima en su época y por eso difícilmente asumible en la nuestra, está ese querer sufrir en el cuerpo propio lo mismo que sufrió Jesús en la Cruz. Esa es la lección última de San Francisco, la que entenderán seguramente los que se hayan propuesto hacer lo mismo, lo que respetaremos admirados y conmovidos algunos otros y lo que negarán, considerándolo fruto de una neurosis aguda, seguramente muchos más. En la ópera de Messiaen hay dos momentos culminantes, uno de transición en el proceso ascético-místico del santo que es el encuentro con el leproso –con Cristo, naturalmente- y otro el de la aparición de los estigmas como respuesta del propio Cristo a quien quiere ser como él, a quien lo ama tanto. El San Francisco completo es, pues, ese. Y Messiaen –que no era un místico aunque fuera un ascético- nos lo da desde una emoción que traspasa cualquier juego de luces, cualquier cúpula que no sea el puro cielo estrellado.