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Recordando a Decker




PorLuis Suñén - Publicado el 17 Abril 2012

Recordando a Decker

Dice Norman Lebrecht en su blog que seguramente Franz Paul Decker –nacido en 1923- sea el decano de los directores de orquesta. Hay algún comentario referido a Stanislaw Skrowaczewski o Anton Coppola como merecedores de tal título pero tanto da, pues al traer Norman a colación al maestro alemán de nacimiento y canadiense de nacionalidad ha hecho que recordara algunas de sus cosas, difíciles de olvidar por una u otra razón. Los músicos que han trabajado con él –que se lo pregunten a los veteranos de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña- le han odiado primero y amado luego, probablemente una y otra cosa por la misma causa.

 

Recuerdo, de su primera época con aquella orquesta de la que fue titular, un concierto retransmitido por Radio Clásica –que entonces no se llamaba así- en el que al inicio de la Segunda de Brahms y tras marrar su entrada el primer trompa mandó parar al grito de “¡mierda!”. Y empezar de nuevo. Y cómo se puso en la entrevista del descanso cuando Monegal o Lluch –no tengo el dato a mano, sabe Dios dónde estará el tal dato- pronunció su nombre en imperfecto alemán. Era una furia que, según me comenta una amiga que trabajó con el y con la que se llevó estupendamente, fue suavizándose con el tiempo, sobre todo con aquellas personas en las que observaba una amabilidad que él no poseía y una inteligencia que le gustaba compartir.

 

Lo cierto es que rescató del naufragio a aquella orquesta –que había sido la de Toldrá y la de Ros-Marbà y no vivía entonces sus mejores horas- con cuya tradición concordaba en su amor a Wagner y, sobre todo, a Richard Strauss –llamó a sus hijas Arabella y Ariadne. Qué lástima que haya tan pocos discos con su firma. Uno, memorable también, en EMI, acompañando a Bruno Leonardo Gelber –otro heterodoxo, otro excéntrico, los dos a su manera, en el Primero de Brahms.

 

No olvidaré tampoco el concierto que dirigió a la OBC, muchos años después, siendo principal invitado o ya ni siquiera eso, en el Auditorio Nacional en Madrid, un programa Wagner en el que demostró toda su sabiduría. Una sabiduría que superaba a las circunstancias unas veces y que quedaba sometida por ellas otras, como sucede con frecuencia con esos artistas que han merecido un destino mejor. Y a ello hay que unir el conocimiento del oficio que revelaba con anécdotas como esa en la que contaba que, en Wiesbaden, cuando era joven, hubo de sustituir de urgencia al director previsto para una Carmen. Se fue al teatro con su partitura bajo el brazo sin saber que la soprano también se había puesto enferma y que, en el último momento,  habían cambiado de ópera: Lohengrin. Sólo se dio cuenta al dar la entrada y escuchar a los violines. No hubo problema, la sabía de memoria. Cosas de los maestros antiguos, de esos que no volverán. ¿A quién de los que hoy buscan el triunfo podemos imaginar como un Kapellmeister del mañana, honrado, capaz, musical, enamorado de su oficio y sin resentimiento porque la fortuna sólo le sonrió a medias?

Apreciado señor Suñén:
La pregunta con la que finaliza su post tiene esta respuesta: Eiji Oue, también extitular de la OBC, también "honrado, capaz, musical, enamorado de su oficio y sin resentimiento porque la fortuna sólo le sonrió a medias".
 
Atentamente,
 
Josep Grau