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Lo nuevo y lo viejo




PorLuis Suñén - Publicado el 20 September 2010

Lo nuevo y lo viejo

Tenía pendiente de escuchar la grabación de las sinfonías de Schumann dirigidas por David Zinman a la Orquesta de la Tonhalle de Zurich (Arte Nova). Los anteriores discos de orquesta y director me habían gustado mucho en el caso de las sinfonías de Beethoven o de las obras para orquesta de Richard Strauss y menos en el de las sinfonías de Mahler. Sus conciertos para piano y orquesta de Beethoven con Yefin Brofman, simplemente magníficos por el planteamiento tan inteligente, tan claro, tan levemente romántico desde la virtualidad de su clasicismo. Y, además, Bronfman –ese grandísimo pianista de quien no hay que olvidar cosas como sus conciertos de Bartók con Salonen- está espléndido. Unas versiones estas beethovenianas de los americanos –Bronfman nació en Rusia pero se nacionalizó israelí primero y estadounidense luego- a comparar con las de Uchida y Sanderling y si se quiere con las de Perahia y Haitink –igualmente sensacionales las dos- y buscar los caminos que ha seguido esta música en los últimos tiempos.
Pero volvamos a Schumann. La pertinencia del análisis, el orden expositivo, la claridad de las ideas, lo ideal del peso por así decir físico pero también retórico de la versión de Zinman me han parecido ejemplares. A mí y a una parte de la crítica con la que coincido en poner en valor algún nombre capaz de insertarse en la tradición desde las nuevas ideas, desde eso que llamamos lectura generacional y que se explica tan fácilmente referida a los clásicos como tan fácilmente se rechaza a menudo por parte de quienes se consideran a sí mismos guardianes de la tradición escuchadora u oyente, crítica también, no faltaba más. Algún nombre decía. Pues, por ejemplo, Paavo Järvi y su extraordinario Beethoven, el más revelador desde Harnoncourt. Una revelación que no eclipsa otros logros, no tema nadie. Decir que el Beethoven de Järvi es magnífico, es una nueva referencia en el siglo XXI, no significa decir que el de Barenboim no fuera extraordinario. Cómo no lo va a ser si se trata de un gran músico y de uno de los que más verdaderamente se entregan a la esencia de su trabajo, se comprometen con su tarea. Zinman, Järvi, Vanska –cuyo Beethoven en disco no es tan bueno como el de los otros dos-, tratan de instalar entre nosotros lecturas profundamente honradas, pero además fruto de un trabajo de indagación igualmente admirable. Son, en ese Beethoven suyo, los antípodas de Karajan, claro que sí, pero que nos gusten no significa que le neguemos a Karajan toda su importancia beethoveniana –sobre todo en su primer ciclo con la Philharmonia- y que no nos pueda gustar de otro modo, hoy menos y quizá mañana más o como antes o como siempre.
Opine cada cual como le parezca y sírvannos los del cualquier tiempo pasado fue mejor para que no se nos suba el pavo a los que, aun peinando canas, nos parece que debemos releer constantemente y no ser cicateros con nuestra época. Zinman no es precisamente un niño, desde luego, pero su Schumann es el de una revelación no por tardía menos intensa. Quizá alguno de mis lectores escuchara la Renana dirigida por Ros-Marbà en marzo a la Real Filharmonía en Bilbao, en Musika-Música, otra revelación, fruto del conocimiento, del saber, de la inteligencia y del oficio. Y ojo con Schumann, músico engañoso donde los haya, aparentemente sin espina dorsal.
Volveremos a hablar del asunto.