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Liszt: la vida




PorLuis Suñén - Publicado el 29 Noviembre 2011

Liszt: la vida

Termina el año Liszt, que ha coincidido con el segundo año Mahler y por eso tal vez se ha quedado un poco a medias. Por eso y porque quizá no le hemos sabido sacar todo el jugo posible a ese personaje para el que el amor, la música y la religión ocuparon su vida uno diría que sin estorbarse, en buena medida porque se trataba de un ser humano que se veía a sí mismo completamente libre. Podía escandalizar a media Europa huyendo con Marie d’Agout y al mismo tiempo sentirse hijo del cristianismo que predicaba Lamennais. Tontear con la Wittgenstein y recibir las órdenes menores. Eso sí, le tocó lidiar con un yerno –Wagner, no Von Büllow- que ya le sacaba los cuartos antes de entrar en la familia y que, una vez dentro, le hizo poco caso. Tampoco le hizo demasiado su hija Cosima pero es fácil pensar lo complicadas que podían ser las relaciones con un padre como ese. Liszt fue una de las grandes figuras de la cultura europea de su época, un triunfador, un ídolo cuya fama y cuya persona atravesaban las fronteras, menos cerradas desde siempre de lo que hoy pudiéramos pensar. Estuvo en España, donde triunfó en las salas de conciertos y en la calle –vivió sus días madrileños en el palacio de Vistahermosa- y, sobre todo, fue un creador original, hondo cuando quiso y otras veces menos por la misma razón, seductor, caviloso, literario, que se asomó al futuro por una rendija en sus últimos años y lo vio como fue.