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Hacerlo todo




PorLuis Suñén - Publicado el 09 Diciembre 2010

Hacerlo todo

Un crítico de ordinario un poco furibundo como Christophe Huss –me recuerda a veces esa tendencia que triunfó entre nosotros hace años, la de la obligatoriedad de comprar o el aborrecimiento íntimo según cuadre- se refiere en la edición en francés –hecha desde Canadá- de la web classicstoday a esa obligación que parecen asumir algunos directores de orquesta de querer hacerlo todo, como si su talento, su inteligencia o las diversas derivaciones de su criterio les capacitara para entender primero y conducir después cualquier obra de cualquier periodo de la historia de la música. Bueno, quizá eso sea exagerar pero ya saben ustedes a qué se refiere Huss y en qué, les anticipo, podemos estar de acuerdo: Karajan anteayer, Barenboim ayer y Gergiev ahora. No es lo mismo que los honrados kapellmeister que debían hacer aprender a sus orquestas aquello que su público quería escuchar y sin dinero para andar contratando especialistas. No, no se trata de esa labor benemérita. Se trata, más bien del deseo de hacerlo todo desde el convencimiento que nadie mejor que yo para decirle a mi orquesta lo que tiene que tocar y cómo y, desde luego, nadie mejor tampoco para vender discos en época de crisis. No he escuchado el Ravel que dirige Gergiev a la Sinfónica de Londres en grabación aparecida en su propio sello –y que Huss pone a caldo- pero me imagino por dónde irán los tiros y más en maestro tan dotado de talento como atareado en exceso. Gergiev surgió como una especie de superhombre decidido a salvar la vida musical rusa con la ayuda inestimable –y así ha sido- de su amigo Putin. Luego holló suelos más lejanos y se atrevió con repertorios más amplios y quien fuera magnífico traductor de la ópera rusa se hizo mahleriano menos afortunado, firmó un gran Parsifal, un Shostakovich irregular, todo de la mano de una orquesta que, versátil como pocas, queda a veces demasiado a remolque de las intenciones y los resultados de un maestro que parece apostar más por el ruido y la furia que por la calma y la reflexión. Y conste que a quien esto firma siempre le había parecido uno de los nombres con mayores posibilidades de heredar el cetro de los más grandes –quizá también a la propia Sinfónica de Londres aun deslumbrada por el oro de Moscú. Hoy lo dudo más mientras alguno de los que entonces iban en su compañía como maestros de futuro tampoco acaban de emocionarme del todo.