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Un buen concertino es un tesoro




PorLuis Suñén - Publicado el 22 Mayo 2012

Un buen concertino es un tesoro

Charlando este fin de semana con Robert Moir, el vicepresidente de la Sinfónica de Pittsburgh, recordábamos los dos a Andrés Cárdenes, quien ha sido durante años –ahora es Noah Bendix-Balgley- el concertino de la orquesta, un testigo no precisamente mudo sino un artífice del por qué la formación que hoy dirige Manfred Honeck se ha convertido en una de las mejores de Estados Unidos –o sea, del mundo- en un caso de superación sólo comparable al de la Sinfónica de San Francisco. Las dos han hecho que las Big Five sean en realidad Big Seven e incluso se han puesto por delante de alguna de las míticas –Nueva York, Cleveland, Filadelfia, por ejemplo. Me contaba Bob que con gente como Cárdenes uno se da cuenta de verdad de lo importante que es un concertino para una orquesta. Y yo le comentaba, siempre un punto más frívolo que los profesionales de verdad, que lo primero que me impresionaba de Andrés era su aspecto, la enormidad de su físico, cubano grande y aparatoso que seguramente podía ser encantador pero que a las primeras de cambio metía miedo. Soy yo Manfred Honeck, le decía, y no sé si resisto su mirada en el primer ensayo. Dándole la vuelta al argumento, la verdad es que Cárdenes resistió a Maazel –un curioso episodio en la orquesta que cuenta con mucha gracia Norman Lebrecht en El mito del maestro-, siguió con Jansons, pasó el rubicón del extraño triunvirato que sucedió al letón –Janowski, Davis, Tortelier- y aún tuvo tiempo de ver cómo su orquesta recuperaba todo el esplendor del pasado con este Honeck del que –lo confieso- no todos nos fiábamos.

 

El tiempo pasa, siempre es bueno para una orquesta renovarse en puesto tan duro como el de concertino y a Andrés le gusta también dirigir, y la enseñanza –el fue discípulo de Gingold, nada menos-, y probablemente hacer un poquito de tranquila carrera local. El caso es que la conversación fue, a partir de ahí, sobre la importancia del concertino –recordé cuando Josep Pons me comentaba acerca de cómo ha de tirar de la orquesta “con la fuerza justa”. Son cosas que el común de los mortales no vemos pero que un maestro adivina a las primeras de cambio. Y la confianza, y el saber que ahí está para lo que haga falta. Uno recuerda a algunos muy grandes como Hugh Bean o Bela Dekany en las orquestas inglesas, Glenn Dicterow en Nueva York, los berlineses de Karajan –Spierer, Brandis- en Viena el hermano de Honeck, Alexander Barantschik en San Francisco. Y en España tres verdaderamente buenos: Massimo Spadano en la OSG, Mauro Rossi en la ONE y James Dahlgren en la Real Filharmonía de Galicia. Un buen concertino –las orquestas que no lo tienen lo saben y sus directores y sus gerentes mucho más- es un tesoro. Igual alguien es capaz de convencer al bueno de Andrés de que se venga una temporadita para acá.